Los Ángeles, California, 26 sep (EFE).- Susan Sarandon llega a los 80 años más libre y activa que nunca. Lejos de jubilarse, la oscarizada actriz planta cara a los mitos de la eterna juventud en Hollywood y estrena década dispuesta a seguir rompiendo los cánones de una industria que penaliza el paso del tiempo en las mujeres.
En un mundo que a menudo exige a las mujeres que se vuelvan invisibles o silenciosas a medida que cumplen años, ella, poderosa y contundente, ha sabido plantarse con firmeza ante las cámaras.
Con una vitalidad desbordante, Sarandon destaca tanto por su prolífica carrera cinematográfica como por su inquebrantable activismo social y político, y tal ha sido su implicación que se ha convertido en todo una referencia de autenticidad y coherencia.
Nacida Susan Abigail Tomalin el 4 de octubre de 1946 en el seno de una familia numerosa neoyorquina, Susan, la mayor de nueve hermanos, nunca tuvo en sus planes dedicarse a la interpretación. Fue el destino, sumado a su temprano matrimonio con el actor Chris Sarandon —de quien conservaría su apellido artístico—, lo que la condujo de manera fortuita a las audiciones de la película Joe (1970). Aquel debut imprevisto reveló de inmediato su gran valía: una mirada magnética de ojos inmensos y expresivos, capaz de sumar vulnerabilidad e inteligencia a la vez.
Durante la década de los setenta, periodo de profunda ruptura en la industria, su magnetismo físico y su frescura interpretativa la transformaron en la viva imagen de una generación deseosa de romper con los viejos códigos de la época dorada de Hollywood.

A lo largo de su trayectoria fue asumiendo riesgos calculados y elecciones valientes, alejadas de la complacencia. Con su participación en la cinta musical de culto The Rocky Horror Picture Show (1975), interpretando a la ingenua Janet Weiss en medio de un torbellino de liberación sexual y rock, ya demostró una absoluta falta de prejuicios estéticos y sociales. Impuso un estilo propio donde la inteligencia del personaje era el motor imprescindible.
Posteriormente, el cineasta Louis Malle capturó su madurez sofisticada en títulos como Pretty Baby (1978) y Atlantic City (1980), ésta una obra maestra que le otorgó su primera nominación al Óscar y la situó en el mapa de las grandes actrices del panorama internacional.
Mientras que la industria del entretenimiento tendía a apartar e invisibilizar a las mujeres a medida que cumplen años, la carrera de Sarandon experimentó una anomalía a la inversa: sus mejores y más complejos papeles dramáticos llegaron cuando superó la barrera de los cuarenta. Fue el caso de Thelma & Louise (1991), la mítica road movie dirigida por Ridley Scott donde la encarnación del papel de Louise Miller no fue la de una fugitiva accidental, sino toda una subversión donde una mujer le arrebataba al hombre el monopolio histórico de la aventura y la libertad en la carretera.
Sarandon no ejecutaba simplemente un papel de “mujer fuerte”, sino que proyectaba la autoridad de quien domina la cámara a través de la lucidez y el desencanto. La química con Geena Davis y el trágico vuelo final hacia el Gran Cañón transformaron el film en todo un fenómeno cultural. La cinta demostró que el público ansiaba ver en la pantalla a mujeres complejas, imperfectas y dueñas absolutas de su propio destino.
La década de los noventa fue su época dorada. Enlazó nominaciones consecutivas al Óscar por trabajos titánicos y radicalmente opuestos: desde el dolor desgarrador de una madre coraje en El aceite de la vida (1992) hasta la tenacidad inquebrantable de una abogada de clase obrera en El cliente (1994).
El Óscar a la Mejor Actriz le llegó por Pena de muerte (Dead Man Walking, 1995) bajo la dirección de su entonces pareja, Tim Robbins, donde ofreció una interpretación contenida pero profundamente humana de la monja Helen Prejean.

Actriz y activista
Resulta imposible disociar a la actriz de la gran pantalla de la activista. A diferencia de otras estrellas que prefieren gestionar su imagen pública desde la comodidad de la neutralidad, ella siempre entendió su fama como una plataforma de responsabilidad social.
Su implicación ha abarcado desde sus tempranas protestas contra la guerra de Vietnam y la visibilización de los enfermos de VIH en la gala de los Óscar de 1993, hasta sus detenciones policiales en Nueva York por manifestarse pacíficamente a favor de los derechos civiles y los trabajadores inmigrantes.
A la actriz no le ha importado nunca el coste de sus exposiciones públicas. De hecho, en los últimos años, su firme postura política le ha valido la pérdida de contratos en proyectos comerciales de gran envergadura.
Su activismo continuo contra el racismo, el cambio climático y la desigualdad económica la conectan con ese grupo de artistas comprometidos que entienden que el arte y la sociedad no pueden ir por separado. Su salida de la agencia UTA tras sus recientes posicionamientos sobre el conflicto en Gaza es solo el ejemplo reciente de una trayectoria marcada por la confrontación con el statu quo.
Sarandon no ha dudado en posicionarse políticamente cuando así lo ha considerado. Apoyó al senador demócrata Bernie Sanders y, en 2018, por ejemplo, fue detenida junto a cientos de mujeres en una protesta contra las políticas migratorias del presidente Trump.
Su filmografía, que incluye desde éxitos como Quédate a mi lado (1998) hasta su magistral encarnación de Bette Davis en la serie televisiva Feud (2017), demuestra una versatilidad extraordinaria que no conoce fronteras de formato, género ni edad.
En la actualidad la artista permanece en activo, demostrando una capacidad inigualable para dotar de seriedad y autoridad interpretativa a todo proyecto que llega a sus manos.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
