Miami, Florida, 31 de julio de 2025 (Más). – La voz de Pedro Lorenzo Concepción se escucha débil, desgastada, como si se diluyera entre los pantanos de los Everglades donde se levanta Alligator Alcatraz, el centro de detención migratoria más temido del sur de Estados Unidos. Desde su litera baja, en una celda compartida con 31 hombres más, Pedro cumple hoy nueve días en huelga de hambre.
“Me siento débil, con mucha acidez”, dice por teléfono, auxiliado por sus compañeros para abrir una botella de agua. Hace cuatro días colapsó y fue llevado al hospital, pero su esposa, Daimarys Hernández, se enteró por la llamada de una tercera persona. Recorrió hospitales de Miami buscando noticias, sin éxito. Nadie admitía haberlo atendido, hasta que descubrió que había estado tres días esposado en el Hospital de Kendall, negándose a comer, incluso cuando le ofrecieron jugo “a escondidas”.
Pedro firmó un documento para dejar constancia de que no desea recibir atención médica. “Yo estoy luchando por mi familia y por todos los cubanos, y debo estar donde está mi gente, pasando el mismo trabajo que están pasando ellos”, afirma.
Pedro llegó a Estados Unidos en balsa, tras varios intentos, en 2006. Tiene dos hijos con Daimarys, su esposa desde hace casi 20 años. Su pasado incluye condenas por cuidar una casa con cultivos de marihuana y por servir de chofer a personas implicadas en delitos. Pagó su condena, pero el ICE lo mantuvo bajo vigilancia. El 8 de julio, como cada mes, acudió a su cita en la oficina del ICE en Miramar. No volvió a salir.
“Mi amor, te amo, me quedo aquí, cuídate mucho”, le dijo a Daimarys por teléfono, antes de ser trasladado a Alligator Alcatraz, un centro que las autoridades estatales erigieron en apenas ocho días, entre pantanos, alambradas y remolques metálicos. Se levanta sobre tierras reclamadas por la tribu Miccosukee, sin respeto a normas ambientales ni derechos ancestrales.
La prisión tiene capacidad para 5,000 detenidos, y representa la cara más dura de la política migratoria de Ron DeSantis y su aliado, Donald Trump. Se autodefine como un “centro de procesamiento rápido”, pero la realidad es otra: largas detenciones, aislamiento y falta de información.
Vivir en el limbo

Pedro no sabe qué pasará con él. “El ICE es quien decide por mi vida. Ya yo no soy dueño de nada. Ellos deciden si vivo o si muero”, dice con la voz entrecortada. “No hago nada con salir para la calle y seguir viviendo en esta incertidumbre, de si me recogen el año que viene. Están jugando con la vida de la gente”.
En su celda se ha desmayado dos veces. Duermen con las luces encendidas todo el día. Se bañan solo tres veces por semana. La comida es escasa, la privacidad nula. Según relata, el lugar carece de higiene: recientemente se desbordaron los inodoros y los reclusos pasaron horas rodeados de excremento seco. Nadie les explica su situación legal ni el tiempo de detención estimado.
El martes, un oficial lo llevó a la enfermería al ver sus labios pálidos y su presión arterial baja. Después volvió a su celda. “Estoy donde te dije que me iban a traer”, le dijo a su esposa cuando lo ubicaron en el centro. Era su peor miedo: Alligator Alcatraz.
Mientras tanto, Daimarys trata de sostener la vida afuera. Atiende clientes como manicurista mientras esconde las lágrimas. “En un minuto se te derrumba la vida”, dice. Le cuesta explicarles a sus hijos por qué su padre ya no está en casa. “Es difícil decirles que él está haciendo las cosas bien y que aun así está pagando”.
Pedro no tiene ánimo para hablar con nadie más que con ella. Cuando su hijo lo escuchó al teléfono y le preguntó por qué no estaba comiendo, Pedro no pudo responder. Le pidió a Daimarys que tomara el auricular.
“Me duele el estómago, me duele todo el cuerpo, pero más me duele no saber qué será de mi vida”, dice Pedro. “Ya no puedo seguir viviendo así”.
El caso de Pedro Lorenzo no es el único en un sistema migratorio que, bajo la promesa de control, ha derivado en condiciones inhumanas para miles de personas. Su huelga de hambre, como él lo plantea, no es por escapar, sino por hacerse escuchar en un país que, según dice, lo dejó de oír hace mucho.
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