Lic. Marco Campos Mena
Por desgracia, se ha vuelto muy común el que veamos como los adolescentes y niños enfrenten problemas que anteriormente eran endémicos de la población adulta, estrés, ansiedad, crisis emocionales, depresión, entre otros.
“Se calcula que el 3,6% de los adolescentes de 10 a 14 años y el 4,6% de los de 15 a 19 años padece un trastorno de ansiedad. También se calcula que el 1,1% de los adolescentes de 10 a 14 años y el 2,8% de los de 15 a 19 años padecen depresión.” (OMS 2021)
A mi parecer, esas cifras podrían ajustarse en un estudio más a fondo con diferentes tipos de herramientas de medición y considerando lo que se llega a sentir y no se demuestra, estaríamos hablando de una enfermedad silenciosa que poco a poco va afectando a un segmento de la población vulnerable a un mundo tan dinámico.
Es de considerarse también que enfrentamos una crisis para la cual no estamos preparados, incluso peor que la del fentanilo que es de la que más se habla, me refiero a la adicción a los dispositivos electrónicos y a las redes sociales.
Usted puede ver de primera mano los resultados de estas adicciones y sus consecuencias en los niños en videos que puede encontrar fácilmente en internet.
Es muy impactante ver como los infantes a edades muy tempranas desarrollan cuadros de ansiedad similares al síndrome de abstinencia cuando no están en contacto con un dispositivo celular, del mismo modo se puede apreciar cierta apatía por el mundo real y como siguen ejecutando movimientos automáticos como si tuvieran el celular en sus manos, lo cual es una clara señal de falta de atención e indiferencia provocada por la sobreestimulación provocada por los colores chillantes que suelen usarse para hacer más atractivo el contenido digital.
Si los niños ya son un tema de atención temprana, no podemos dejar de lado la primera etapa de adolescencia, de los 10 a los 14 años, misma en la que hemos sido testigos del incremento de suicidios por rabietas o por seguir contenido que les incita a ello en la red.
Para entender mejor y evitar el sesgo es necesario tener claro que es el estrés, la ansiedad, la angustia y posteriormente la ansiedad anticipatoria o miedo al futuro.
El estrés es una respuesta inespecífica del organismo ante una diversidad de exigencias. Se trata de un proceso adaptativo y de emergencia, siendo imprescindible para la supervivencia de la persona; éste no se considera una emoción en sí mismo, sino que es el agente generador de las emociones.
Según el Diccionario de la Real Academia Española (vigésima primera edición), el término ansiedad proviene del latín anxietas, refiriendo un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo, y suponiendo una de las sensaciones más frecuentes del ser humano, siendo esta una emoción complicada y displacentera que se manifiesta mediante una tensión emocional acompañada de un correlato somático (Ayuso, 1988; Bulbena, 1986).
En general, el término ansiedad alude a la combinación de distintas manifestaciones físicas y mentales que no son atribuibles a peligros reales, sino que se manifiestan ya sea en forma de crisis o bien como un estado persistente y difuso, pudiendo llegar al pánico; no obstante, pueden estar presentes otras características neuróticas tales como síntomas obsesivos o histéricos que no dominan el cuadro clínico.
La angustia es la emoción más universalmente experimentada por el ser humano, tiene un efecto de inmovilización y conduce al sobrecogimiento en innumerables ocasiones; se define como una emoción compleja, difusa y desagradable que conlleva serias repercusiones psíquicas y orgánicas en el sujeto; la angustia es visceral, obstructiva y aparece cuando un individuo se siente amenazado por algo (Ayuso, 1988). Es un sentimiento vinculado a situaciones de desesperación, donde la característica principal es la pérdida de la capacidad de actuar voluntaria y libremente por parte del sujeto, es decir, la capacidad de dirigir sus actos.
Los adolescentes actualmente no enfrentan los mismos peligros reales, inminentes y que ponen en peligro su vida con en el pasado remoto de la humanidad, sin embargo, es su cerebro el que a través de la percepción de lo que ve e interpreta en la red considera que se encuentra frente a un peligro real, lo cual detona el estrés.
Desde una perspectiva biológica, el estrés tiene cambios inmediatos en el cuerpo humano. Al ser una reacción de huida/ pelea, el corazón incrementa su frecuencia para hacer llegar mayor irrigación sanguínea a las extremidades a fin de dar más fuerza y velocidad a estas, pero a su vez la reduce de algunos procesos normales del cuerpo, tales como la digestión, y es por ello que los estados de estrés constante producen dolores de estómago, ulceras, mal funcionamiento del hígado, riñones, dolores de cabeza, etcétera.
Imagine ahora lo que atraviesa por la mente de un adolescente, que en esa etapa se encuentra experimentando para conocerse a su mismo y poder definir su personalidad, cuando las redes juegan en su contra por una foto o un video en el que se muestra algún hecho que perjudica la percepción que los demás tiene de él.
El poder anteponerse a ello le requerirá un gran esfuerzo y un trabajo de introspección, que recomiendo sea acompañado de un profesional, para poder encontrar nuevamente un sentido a su búsqueda personal para auto definirse.
Si en el pasado esto no era tan común, se debe a que no había dispositivos con los cuales capturar cada segundo de nuestras vidas ni redes sociales donde exponerlos.
Vea la cantidad de burlas de las que fueron objeto las personas que fueron a ver la película Barbie por llevar atuendos o por sus posteriores críticas.
Estamos en un mundo en el que resulta mucho más fácil estar expuestos y muchas personas aún así optan por exponerse a sí mismas por un poco de atención y tener vistas o likes.
Son estas mismas redes sociales las que crean expectativas en todos sentidos, quizás el de la pertenencia sea uno de los más peligrosos por el dinamismo con el que se mueven las tendencias, pero también se crean expectativas por comparación.
Muchos de los denominados “influencers” son personas con un status económico acomodado que les permite vender contenido del denominado estilo de vida, pero es precisamente eso lo que causa en la mayor parte de quienes los siguen un estado de inconformidad consigo mismos.
Al compararse, tanto niños, adolescentes y adultos, realizan una comparativa entre la vida del influencer y la de ellos mismos, lo que les puede llevar a tener una caída en su autoestima por no estar al mismo nivel o incluso frustración al ver que a una edad más temprana han logrado más que ellos por más que se han esforzado.
Del mismo modo, el ver lo que hay en las redes sociales se convierte en un punto de comparación para todos, siendo que se debería saber que muchas veces sólo se muestra la imagen que se quiere tener sin importar que esta esté alejada a la realidad que viven.
Derivado de esto llegamos a un punto muy importante a tratar, ¿Qué es lo que les depara el mañana?
Ese pensamiento puede ser uno de los más peligrosos, pues, al no tener una situación resuelta y tener una expectativa alterada por las redes sociales, muchas personas pueden llegar a desarrollar ansiedad por lo que esperan que “debería” ser el mundo y eso les conduce a la depresión al no lograr lo que esperan.
Si a esto le sumamos la cantidad de noticias pesimistas a las que estamos siendo expuestos constantemente, tenemos un problema mucho más grande de lo que pensamos originalmente.
Entre todos esos problemas encontramos el calentamiento global, las crisis ambientales, la crisis económica, las crisis de violencia, la inflación, las nuevas carreras y lo costosas que son, la guerra, las enfermedades, etcétera.
Por un lado se llegan los pensamientos de que aspirar al estilo de vida de los influencers tal vez no sea posible, pero hay un pensamiento más fuerte en esto y es el que no saben siquiera si podrán mantener el estilo de vida que tienen hasta el momento o si caerán por tantas condiciones adversas a su alrededor.
Es en estos casos en los que se puede presentar la ansiedad anticipatoria que a pesar de que no es un trastorno específico, se debe diferenciar de la ansiedad generalizada por los cuadros que presenta, entre ellos, los pensamientos catastróficos, la dificultad para concentrarse, problemas para manejar los estados de ánimo, pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban, nerviosismo e inquietud, tensión muscular y dolor, náuseas y pérdida de apetito y problemas para dormir.
Todo esto impide que una persona pueda desarrollarse normalmente tanto en su vida laborar como personal y social.
Es preocupante ver que estos cuadros se han vuelto cada vez más frecuentes antes de los 20 años y más preocupante verlos en rangos de 1o a 12 años por la sobre estimulación de la que son objeto, ahora los niños se preocupan por cosas que no deberían de conocer a su corta edad.
Este problema, el miedo al futuro, tiene un mayor impacto del que podríamos pensar porque la mayoría de los niños ya tienen acceso a un celular desde edades muy tempranas y por la falta de supervisión pueden estar viendo contenido no apto para su edad, así como también ideologías radicales que pueden corromper sus mentes y hacerlos tener conductas más agresivas o autodestructivas.
Mientras no existan mayores regulaciones, corresponde a los padres de familia el tener una mayor atención sobre los menores para controlar aquello a lo que tienen acceso y a los docentes para detectar al primer indicio algún posible caso de ansiedad o de cambios de conducta que puedan afectar también a sus compañeros.
¿Qué estamos dispuestos a hacer hoy para tener un mejor mañana? Si detecta algún caso o necesita mayor información, no dude en contactar a un profesional de la salud mental, la terapia no es ningún tabú, es un acompañamiento profesional para enfrentar los retos de un mundo tan dinámico y un entorno tan sobre estimulado y debe ser tomada en serio tanto como cuando se va al médico por algún problema de salud físico. Referencias:
Organización Mundial de la Salud. (2021) Salud mental del adolescente. Recuperado de:
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health#:~:text=Se%20calcula%20que%20el%203,a%2019%20años%20padecen%20depresión.
Ayuso, J. L. (1988). Trastornos de angustia. Barcelona: Ediciones Martínez Roca.
Bulbena, A. (1986). Psicopatología de la psicomotricidad. In J. Vallejo (Ed.), Introducción a la psicopatología y la psiquiatría (pp. 236- 255). Barcelona: Salvat. Sierra, Ortega, Zubeidat. (2003) Ansiedad, angustia y estrés: tres conceptos a diferenciar. Revista Mal-estar E Subjetividade, vol. 3, núm. 1. Fortaleza Brasil
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