Por Enrique Abasolo
Dado que la mitad de ustedes anda de vacaciones y la mitad restante sólo está yendo a la oficina a hacerse guey (digo, a hacer guardia), seguiremos con las críticas y reseñas de cine y TV.
“Oppenheimer” es una cinta obligada si usted se hace llamar amante del cine (o aunque sólo reconozca que son amigos con derechos), sobre todo si usted como yo considera que las películas de superhéroes, junto con la revolución cgi, vino a dar al traste con el arte de contar historias a través de fotogramas. Y no sólo eso, sino que el grueso de la audiencia parece haberse infantilizado en estos últimos años, al grado de haber homologado el gusto y sentido de la apreciación de los padres con la madurez intelectual y emocional de sus hijos.
Que “Oppenheimer” es una obra “pesada” o “difícil” es una total mentira. Lo que pasa es que hacía tanto tiempo que no destinábamos tres horas de nuestra atención a un producto eminentemente adulto que, luego de verla, hasta sentimos que es tiempo ya de pensar en nuestra Afore.

Y en efecto, no podíamos esperar del realizador Christopher Nolan una narración lineal y convencional (de hecho, las “biopics” rara vez son lineales, so riesgo de resultar tremendos bodrios).
Aunque tratándose del aclamado director británico, responsable de la trilogía del “Caballero Oscuro”, “Inception”, “Interstellar” y la infumable “Tenet”, tenía que dotar a su obra de cierta grandilocuencia, que es lo que le ha granjeado fanáticos que encuentran gratificación no en sus filmes, sino en sentirse muy inteligentes porque “los entienden”.
A mí la filmografía de Nolan se me hace que está OK, pero tampoco le quemo incienso, no porque le falten méritos, sino porque no es el estilo de películas con el que yo me identifico. Mientras que a don Chris le gusta buscar historias que le sirvan como excusa para sorprendernos con un impresionante despliegue de producción (se encuentra en un punto de su carrera que le permite exigirle al estudio que desarrolle tecnología IMAX en blanco y negro, exclusivamente para algunas secuencias de “Oppenheimer”); yo, por el contrario, quiero que me asombren sin tantos artificios y un poco más de escritura.
Pero vamos, que “Oppenheimer” es una obra bien balanceada en ese sentido, pues se basa en el libro “American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer”, un mamotreto de 700 páginas que disecciona la vida y obra del llamado “Padre de la Bomba Atómica”. Así que no es mucha pirotecnia y poca sustancia; al contrario, algunos se quejan de que el gran clímax, la gran detonación atómica con que se corona el Proyecto Manhattan, liderado por Oppenheimer, y que puso a los EEUU en posición de concluir la Segunda Guerra Mundial, palidece junto a la tercera hora de película que aún resta.

Pero ya le repito, no es para nada aburrida. Todo lo contrario: Hay diversos giros en la trama principal y las subtramas lo bastante relevantes como para mantenernos interesados hasta el último minuto, sin mencionar que estamos ante el mejor elenco que hayamos visto en una década.
Las buenas biopics no van del nacimiento a la muerte, sino que versan alrededor del momento crucial en una vida. Así “Oppenheimer” surca por el sinfín de dilemas éticos, de índole personal y científica; políticos y finalmente humanísticos que llevaron al protagonista a dicho momento, pues en cierto momento la disyuntiva implicaba la posible combustión de toda la atmósfera terrestre y la completa aniquilación de la vida en el planeta. Sabemos a posteriori que ello no pasó, pero el dilema era real y había que sopesarlo como científico, como soldado de una nación en guerra y como el portador del máximo poder destructivo jamás concebido por hombres o dioses. Reitero: el dilema era real.
Le auguro y deseo a “Oppenheimer” la mejor de las suertes en la aún lejana temporada de premios y premiaciones, anticipo una ya muy postergada nominación para su protagonista, Cillian Murphy (de quien me vengo enterando luego de 15 años que su nombre se pronuncia “Kilian”); y quizás una estatuilla, en la categoría de reparto, para Robert Downey, ya que se la deben desde “Chaplin (1992).
Pero además de lo histriónico y lo argumental, estamos ante una obra muy sólida en sus aspectos técnicos (el audio y el sonido son fantásticos), que no se apoya en recursos digitales (incluso su gran explosión es un efecto práctico y no un pegote de postproducción); está filmada de manera analógica, en celuloide y no con bits informáticos. Es cine real, por lo tanto, se ve real, se siente real. ¡Véala ya!
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El verdadero Oppenheimer se convenció y convenció a quien fuera necesario de la necesidad de construir una bomba atómica y ponerla al servicio de la causa de los EEUU. ¿Por qué? ¿Por qué era un ente diabólico acaso, que soñaba con ver al mundo en llamas? ¡No! Porque la descomposición del átomo con su increíble potencial energético era ya conocimiento científico del dominio de todas las naciones, y su aplicación bélica era inminente, y si no lo hacía realidad el líder de las Fuerzas Aliadas, era sólo cuestión de tiempo para que Hitler y Co. lo llevaran a cabo.
No había elección, era algo que necesitaba hacerse sí o sí, en la esperanza (ilusa si usted quiere) de no tener que utilizarla jamás. Era una carrera por desarrollar la bomba antes que el enemigo, e incluso antes que otras naciones aliadas como la URSS.
“Tenemos una carta a nuestro favor”, reflexiona en un momento Oppenheimer: “La ‘ciencia judía’”.
Y es que Hitler, en su estúpida cruzada por la ‘pureza étnica’ y su menosprecio por todo lo judío, dejó ir a los mejores físicos alemanes y desdeñó las teorías de Albert Einstein, que fueron las que posibilitaron a la humanidad el acceso a la inconmensurable energía oculta del átomo. Ello benefició muchísimo la causa de EEUU, que tuvo lista la bomba para poner fin definitivo al conflicto con los eventos de Hiroshima y Nagasaki.
El tío Adolph, ya le digo, fue increíblemente estúpido, hizo de sus prejuicios credo y ello le costó el no contar (para nuestra fortuna) con el arma más poderosa en la historia del mundo.
El gran error del führer fue pensar que la ciencia, que el conocimiento, posee una identidad (“ciencia judía”, dijo él, a manera de denuesto). Pero lo cierto es que la ciencia, la tecnología no tienen nacionalidad, raza, apegos, ni ideologías. Es simplemente conocimiento y lo aprovecha el que lo posee. Así de simple.
Entre todas las desgracias que nos ha asestado la 4T, está la monserga de que la ciencia tradicional es un constructo “eurocéntrico”. Es decir, cosa del hombre blanco y de los países imperialistas y que hay que volver los ojos hacia el conocimiento ancestral. Lo cual es un gran embuste, pues si dicho conocimiento fuera tal, ya habría pasado por el tamiz del método científico y en dado caso, sería parte ya del propio acervo científico.
Pero no lo es, la “sabiduría tradicional” es apenas un conjunto de creencias, rituales y costumbres de valor cultural, más no pragmático, con el que ahora el gobierno busca suplir tanto a la medicina formal como a ciertos contenidos elementales de la educación básica, como las matemáticas, que se ven desplazados por nociones ancestrales de nuestros pueblos indígenas.
Una de las características del conocimiento científico es que es absoluto y si la raíz cuadrada de 9 es 3, o la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, es válido para asiáticos, países árabes, comunistas, gringos y pueblos prehispánicos por igual; es igual para ricos que para desposeídos; es lo mismo para los de derecha y los de izquierda.
Y no, no hay una ciencia blanca, capitalista, liberal y otra ancestral, originaria, tradicional, autóctona, “nuestra”. Es una sola y es universal.
Despojar a una generación de niños de los principios más básicos del conocimiento por una política identitaria nos puede costar como a la Alemania de Hitler el perder la guerra: La guerra contra el rezago, contra la ignorancia, contra la pobreza y el subdesarrollo.
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