Previo a su captura, el presidente venezolano estuvo cada vez más encerrado en su núcleo de poder y reacio a pactar su salida. Su caída abre paso a una incierta transición política mientras enfrenta cargos por narcotráfico y violaciones a los derechos humanos en Estados Unidos
Redacción Más
Nicolás Maduro fue capturado este sábado junto a su esposa, Cilia Flores, por fuerzas militares de Estados Unidos, en una operación relámpago que selló el fin de su gobierno tras casi 13 años de mandato. La acción militar, calificada como quirúrgica y concentrada en objetivos clave del aparato chavista, marca el punto culminante de una ofensiva internacional que deja atrás una etapa de autoritarismo, aislamiento diplomático y control absoluto del poder en Venezuela.
Según información publicada por el portal El País, la administración de Donald Trump confirmó que Maduro fue detenido y trasladado fuera del país, en una acción que, según fuentes cercanas al mandatario venezolano, se produjo sin su consentimiento. Maduro se habría negado hasta el último momento a considerar cualquier tipo de salida pactada o negociación que implicara abandonar el poder, y su círculo más cercano mantuvo esa misma postura de resistencia.
La decisión de capturarlo se produjo tras meses de tensiones, amenazas públicas de Washington y un despliegue militar progresivo frente a las costas venezolanas que el chavismo consideraba una provocación directa.

El ataque estadounidense se llevó a cabo de madrugada y afectó al menos cinco puntos estratégicos en los estados de Caracas, Aragua y Miranda. Las imágenes de explosiones, columnas de humo y pánico ciudadano se viralizaron en redes sociales, mientras en las primeras horas no se conocía aún el destino de Maduro. “Bombardearon unos cinco puntos: en Caracas, en Aragua y en Miranda”, relató un alto mando chavista en declaraciones telefónicas recogidas por El País, manteniendo la calma antes de que se confirmara el arresto del mandatario.
En los días previos a la operación, Maduro, de 63 años, había dado instrucciones claras a su entorno: resistir a toda costa. Consideraba que cualquier intento de salida negociada era una rendición inaceptable. Su captura evidencia el aislamiento extremo en el que se encontraba. Aunque compartía el poder con figuras de influencia como Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez o Jorge Rodríguez, las decisiones de gobierno estaban centralizadas en su figura. El régimen operaba bajo una lógica vertical y autoritaria en la que cualquier expresión de duda era considerada traición. “Dudar es traición”, rezaba una frase popularizada en los cuarteles y adoptada por la cúpula chavista.
Jorge Rodríguez intentó establecer puentes con la administración estadounidense mediante el diplomático Richard Grenell, enviado especial de la Casa Blanca, pero todos los intentos de diálogo fracasaron. Washington nunca aceptó condiciones que incluyeran mantener a Maduro en el poder. A la par, el presidente venezolano reforzaba su seguridad con ayuda cubana, cambiaba constantemente de ubicación y usaba distintos teléfonos para evitar ser rastreado. Aun así, continuaba apareciendo en actos públicos y en sus habituales transmisiones, incluso cantando en inglés rudimentario frases como “No war, yes peace”.

El círculo íntimo del mandatario estaba compuesto por figuras de total confianza como Cilia Flores, Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López. Desde este núcleo emanaban las directrices de un Estado que vigilaba y controlaba a todos sus actores. Quienes se desviaban del guion oficial eran detenidos o purgados. Tras las elecciones presidenciales de julio de 2024 –denunciadas como fraudulentas por la comunidad internacional– Maduro ordenó la destitución y arresto de altos funcionarios del aparato de inteligencia y emprendió una serie de inspecciones militares en busca de posibles focos de rebelión.
Incluso personas cercanas al régimen, como el entonces ministro de Industria y Producción Nacional, Pedro Tellechea, fueron arrestadas tras perder la confianza del mandatario. El miedo se había instalado incluso en las más altas esferas del poder, donde nadie podía sentirse seguro. Las reuniones del presidente con su cúpula estaban marcadas por una obediencia absoluta. “Es alguien que deja claro al resto quién está al mando. Un líder autoritario”, relató a El País un testigo cercano a esos encuentros.
Pese a las advertencias de actores internacionales, entre ellos presidentes de izquierda latinoamericanos que exploraban salidas diplomáticas, el entorno de Maduro nunca se atrevió a sugerirle una retirada voluntaria. Cualquier intento en esa dirección podía ser interpretado como traición. Esa lealtad inquebrantable también alcanzó a Cilia Flores, su esposa y principal consejera política, quien será juzgada en Estados Unidos por delitos similares a los que enfrenta Maduro: narcotráfico, corrupción y violaciones a los derechos humanos.
La historia de Maduro contrasta con la de su mentor, Hugo Chávez. A diferencia del líder carismático que encabezó un golpe de Estado y luego fue elegido democráticamente, Maduro heredó el poder de manera directa tras la muerte de Chávez en 2013, sin haber construido una base propia ni un relato épico. Su trayectoria provenía del sindicalismo y su ascenso fue fruto de la voluntad de un Chávez moribundo, que lo ungió como sucesor en 2012. Desde entonces, su gobierno fue caracterizado por elecciones amañadas, persecución a la disidencia, hiperinflación, crisis humanitaria y una migración masiva sin precedentes.
En las últimas elecciones presidenciales, celebradas en julio de 2024, el chavismo perpetró un fraude ampliamente documentado. La oposición, liderada por María Corina Machado y representada en la contienda por Edmundo González, obtuvo la mayoría de votos según actas verificadas por observadores internacionales. Sin embargo, Maduro se negó a reconocer su derrota. La ofensiva militar de Estados Unidos fue, en parte, respuesta a esa negativa, tras intentos fallidos de establecer una transición pacífica a través de negociaciones en Qatar reveladas por El País.
El aislamiento diplomático de Maduro se reflejaba incluso en sus relaciones personales. Ministros extranjeros, cónsules y mandatarios aliados veían frustrados sus intentos de contacto, y en muchos casos, eran bloqueados por los operadores del régimen si insistían. Maduro vivía en una burbuja, controlada estrictamente por los hermanos Rodríguez, a quienes había delegado el control de todas las comunicaciones.
El fin de su mandato no ocurrió por una derrota electoral reconocida, ni por un levantamiento interno, sino por la intervención directa de una potencia extranjera. Su caída pone fin a más de una década de gobierno autocrático y abre un nuevo escenario político para Venezuela. Ahora, tanto él como Cilia Flores enfrentarán a la justicia estadounidense en Nueva York, mientras el país comienza a transitar un proceso de transición incierto, pero cargado de expectativas tras años de crisis y represión.
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