El arresto de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marca un hito en la búsqueda de justicia por los crímenes cometidos durante su régimen. Trasladado a Nueva York, enfrentará cargos por narcoterrorismo y crímenes transnacionales, mientras siguen activas investigaciones en la Corte Penal Internacional por delitos de lesa humanidad
Redacción Más
Nicolás Maduro fue capturado esta madrugada junto a su esposa, Cilia Flores, en una operación militar ejecutada por fuerzas de élite de Estados Unidos, y ambos fueron trasladados a Nueva York, donde enfrentarán cargos por graves delitos internacionales.
Según las autoridades del Distrito Sur de Nueva York, el exmandatario será juzgado por conspiración para cometer narcoterrorismo, tráfico internacional de cocaína y posesión de armas de guerra. Las acusaciones lo vinculan directamente con el llamado Cártel de los Soles, una organización criminal transnacional liderada, según Estados Unidos, por las más altas esferas del régimen chavista.
La información fue publicada por el portal Infobae, que también destacó que esta captura no es el único frente judicial que enfrenta el exgobernante. Desde hace años, Maduro ha estado en el centro de investigaciones internacionales por crímenes de lesa humanidad, particularmente en la Corte Penal Internacional (CPI), que mantiene abierta una causa formal desde 2018, bajo el nombre de Situación Venezuela I. La investigación abarca crímenes cometidos desde al menos 2014, y se apoya en numerosos informes, testimonios y documentación oficial que evidencian un patrón sistemático de represión estatal contra opositores y críticos del chavismo.
La Fiscalía de la CPI, en voz de su entonces fiscal jefe Karim Khan, concluyó que existe una base razonable para creer que se han cometido crímenes de lesa humanidad en Venezuela, afirmando que se trata de hechos graves y que exigen investigación y enjuiciamiento. Khan también cuestionó la capacidad del sistema judicial venezolano para abordar estos crímenes, negando que exista un esfuerzo genuino de parte del Estado por impartir justicia.
Las evidencias reunidas por la CPI incluyen persecuciones políticas, detenciones arbitrarias, torturas, violencia sexual y desapariciones forzadas, la mayoría cometidas por agentes del Estado y grupos armados progubernamentales, con participación o aprobación directa de altos funcionarios del régimen.
Según la Fiscalía de la CPI, desde al menos abril de 2017, miles de personas fueron perseguidas por motivos políticos, arrestadas sin base legal y sometidas a torturas físicas y psicológicas, incluida la violencia sexual. Las víctimas relataron palizas, asfixia, descargas eléctricas, casi ahogamientos y otros métodos de tortura prolongada, ejecutados principalmente por organismos como la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) y el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN).



En marzo de 2024, la Sala de Apelaciones de la CPI ratificó la legalidad y continuidad de la investigación, desestimando los argumentos del gobierno venezolano para frenarla. El fiscal Khan subrayó que Caracas no ha demostrado voluntad real para investigar estos crímenes ni ha colaborado con la política de complementariedad positiva que buscaba mejorar su sistema judicial.
Ante la falta de avances, en diciembre de 2025, la Asamblea Nacional del régimen intentó revocar la adhesión de Venezuela al Estatuto de Roma para evadir la jurisdicción de la Corte, pero expertos internacionales aclararon que ese retiro no impide la investigación de los crímenes ya cometidos.
Los patrones de abuso y represión han sido confirmados por múltiples organizaciones internacionales, entre ellas la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR), Human Rights Watch, Amnistía Internacional, y la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela. Estas entidades han documentado más de 2,000 detenciones arbitrarias tras las elecciones presidenciales de julio de 2024, además del uso generalizado de tortura, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y violencia sexual.

El informe más reciente de la Misión de la ONU, presentado por su entonces presidenta Marta Valiñas, concluyó que el Estado venezolano utiliza sus servicios de inteligencia para reprimir la disidencia, mediante tácticas que recuerdan a las dictaduras del Cono Sur de los años 70. Entre los métodos identificados se incluyen posiciones forzadas como “la crucifixión”, el uso del dispositivo llamado “el pulpo” para inmovilizar cuerpos, así como asfixias con bolsas plásticas, golpizas, descargas eléctricas aplicadas en genitales y amenazas de muerte o de violación hacia las víctimas o sus familias. También se reportaron condiciones inhumanas como reclusión en celdas a temperaturas extremas, desnudez forzada y encadenamiento prolongado.
Uno de los informes más lapidarios fue presentado por la exalta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, quien desde 2019 denunció el uso sistemático de la violencia por parte del Estado venezolano. “Documentamos numerosas violaciones y abusos de derechos humanos perpetrados por las fuerzas de seguridad y colectivos armados, incluyendo el uso excesivo de la fuerza, asesinatos, detenciones arbitrarias, torturas y malos tratos”, afirmó Bachelet en su último informe. Además, se reportaron casos específicos de violencia sexual de género, dirigidos a mujeres y niñas bajo custodia estatal.
En 2022, la Misión de la ONU documentó 122 casos de torturas y violencia sexual cometidas desde 2014 por agentes de inteligencia del chavismo. El informe destacó la creación de centros clandestinos de detención y la aplicación sistemática de tortura como política de Estado. Las conclusiones de la Misión fueron claras: “La recurrencia de estas prácticas revela la existencia de un patrón de represión sistemática”.
Las ejecuciones extrajudiciales también forman parte de las acusaciones. El informe conjunto de Provea y el Centro Gumilla de 2023 documentó 824 muertes a manos de las fuerzas de seguridad en un solo año, reflejando lo que denominaron “la institucionalización deliberada de la violencia estatal como método de control social”. Rafael Uzcátegui, ex director de Provea, advirtió que las cifras de ejecuciones extrajudiciales muestran claramente que la violencia estatal es una herramienta sistemática del régimen.

Aunque la captura de Nicolás Maduro fue ejecutada por el gobierno de Estados Unidos en un operativo independiente a las investigaciones internacionales, su arresto abre una nueva etapa en la búsqueda de justicia por parte de las víctimas del chavismo. La sociedad venezolana ha recurrido durante años a los canales institucionales del derecho internacional para denunciar los crímenes cometidos, en medio de una crisis humanitaria sin precedentes y una represión sistemática que dejó miles de víctimas.
Ahora, con Maduro detenido y en manos de la justicia estadounidense, se abre la posibilidad de que finalmente se enfrenten las responsabilidades penales que durante años fueron eludidas por el poder político. Las víctimas, organizaciones de derechos humanos y la comunidad internacional seguirán presionando para que los responsables rindan cuentas, en tribunales nacionales e internacionales, por los crímenes cometidos en nombre de un proyecto político que dejó tras de sí un país desangrado y marcado por el dolor.
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