Escrutinio
Rodrigo Morales M.
La semana pasada la Cámara de Diputados culminó el proceso para la designación de tres consejerías electorales en el INE. Es el último eslabón de adecuaciones normativas para encarar las elecciones por venir. Vale la pena hacer un repaso.
Cuando el debate eran las reglas (plan A, B, C, etc.) las propuestas oficialistas tenían un común denominador: el mandato del supremo (supuestamente el pueblo) era que las elecciones fueran más baratas y que representaran menos la pluralidad. Ese plan fue poco exitoso con los aliados del oficialismo y se suplió por una austeridad que parece poco funcional: reducir partidas presupuestales a congresos y cabildos. La revancha sin soportes.
Las premisas del oficialismo ignoraron sistemáticamente los verdaderos dilemas que encara nuestro entramado electoral: la cercanía de la delincuencia organizada con las urnas y el cotidiano desacato de los actores políticos de las sanciones y normas que los regulan. En cuanto a las reglas, no solo se dejó de resolver lo sustantivo, sino que se complicó lo adjetivo.
Ahora que la deliberación era la conformación del arbitraje (quién aplica las normas), lamentablemente se insistió en el mismo método: habitar un espacio formal alejado de la transparencia, sobrepoblado de sospechas (exámenes con calificaciones muy por encima de la norma esperable) y excluyendo de la deliberación a quienes fueran ajenos al “movimiento”.
De nuevo hay un alejamiento del diagnóstico generado por la academia, la comunidad internacional y, permítaseme, el sentido común: lo que había que reforzar en la nueva integración del Consejo General del INE eran garantías de imparcialidad. El oficialismo optó, por lo contrario: un proceso opaco, sin consultas con las oposiciones y premiando perfiles muy cercanos al actor que hay que regular y eventualmente sancionar. No solo no se solucionaron las dudas, se acrecentaron las certezas de la parcialidad de la nueva autoridad.
Estamos en el peor de los mundos, las reglas no recogen ni reconocen los agravios de las oposiciones, y quienes ahora tienen que arbitrar los conflictos solo gozan del beneplácito de los que ganaron la contienda.
Agrego otro componente histórico, pero que creo puede ayudar a entender los dilemas por venir. La llamada herradura de la democracia sintetizaba una nueva manera de hacer política en nuestro país en la que todas las voces eran escuchadas, los consensos se premiaban y el diálogo era el método de trabajo. Hoy la reacción de la presidencia del INE confirma la lejanía con ese modelo deliberativo: frente al nombramiento de los tres nuevos consejeros, destituye y nombra a dos altos funcionarios prescindiendo de lo que opinen los integrantes del Consejo General.
Además de la indolencia por la colegialidad hay una indiferencia por las consecuencias. Todas las mediciones internacionales señalan el retroceso sistemático que tenemos en todos y cada uno de los indicadores que miden solvencia democrática. La evidencia empírica señala que reglas sin consenso y árbitros sin soporte mayoritario no generan evidencia creíble en los resultados electorales. Y, a pesar de esas evidencias, México parece encaminarse a un conflicto político anunciado.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
