28/07/2026
Por Heriberto Medina
De gigante de acero a capital cero
Lo de Alonso Ancira y Altos Hornos de México es también una historia de amor al más puro estilo de una canción ranchera. Es ese clásico melodrama musical en el que el protagonista le dice a su amada: “Si no eres mía, no serás de nadie”.
Justo eso es lo que parece estar ocurriendo con la siderúrgica. Ancira, después de un idilio que superó los 30 años, ya sabe lo que significa tenerla y después perderla; por ello, da la impresión de que prefiere verla morir antes que entregarla a otro.
La acerera, cual bella mujer monclovense, vivió sus mejores tiempos e, incluso ya en su madurez, con su propietario en desgracia, seguía resultando atractiva para muchos inversionistas dispuestos a entregarle su fortuna. Sin embargo, su captor nunca estuvo dispuesto a dejarla ir. Hoy, ya muy deteriorada, despierta muy poco interés entre potenciales compradores, salvo el propio Alonso Ancira.
La decisión del empresario no parece pasar por el tamiz de la razón, sino por el de las vísceras. Al menos así lo reflejan los datos duros de la compañía, que ha visto disminuir su valor de manera alarmante.
De acuerdo con el Reporte Anual 2018 de AHMSA (Estados Financieros Consolidados Auditados), disponible en el portal de Relación con Inversionistas de la empresa, en 2018, cuando recién llegaba al poder Andrés Manuel López Obrador, sus activos estaban valuados en 64 mil 824 millones de pesos, mientras que el valor neto de la firma superaba los 19 mil millones de pesos.
Al año siguiente, en noviembre de 2019, cinco meses después de la detención de Alonso Ancira, Ternium, consorcio encabezado por Máximo Vedoya, mostró interés en adquirir la empresa; sin embargo, la operación nunca llegó a concretarse.
Si la compañía se hubiera vendido entre 2019 y principios de 2020, Ancira habría podido cubrir los 216 millones 664 mil 40 dólares que posteriormente exigió el Gobierno federal para dejarlo en libertad. Además, le habría quedado capital suficiente para retirarse en paz y la región Centro de Coahuila no habría perdido su principal motor económico ni su mayor fuente de empleo.
Pero el hubiera no existe, así que el proceso siguió su curso. Para el tercer cuatrimestre de 2020, el valor neto de la siderúrgica ya era negativo, con -2 mil 949 millones de pesos. Aun en esas condiciones, resultó atractiva para Julio Villarreal Guajardo, propietario de Villacero, quien formalizó una propuesta y, aparentemente, cerró un acuerdo al grado de ofrecer una conferencia de prensa en Monclova, donde incluso apareció ante los medios con una gorra de los Acereros de Monclova, el emblemático equipo de béisbol de la ciudad.
Pero ni la conferencia ni la gorra bastaron para concretar la operación. Alonso Ancira, como dicen los viejos corridos, se habría rajado como los meros machos y se negó a dejar en libertad a su amada.
A partir de ese momento, el deterioro de la joya industrial de la región Centro de Coahuila fue tal que, para 2024, ya no reportaba valor alguno para sus accionistas. Posteriormente fue declarada en quiebra e inició una pendiente descendente, como si se deslizara por un tobogán.
La pérdida de valor también quedó reflejada en sus activos. En 2018 se estimaban en 64 mil 824 millones de pesos; para 2020 ascendían a 49 mil 272 millones; en 2022 se valuaban en cerca de 40 mil millones y, para este 2026, de acuerdo con las cifras manejadas dentro del propio proceso judicial, ya no superaban los 26 mil millones de pesos. Es decir, al retener el control del consorcio, Ancira permitió que sus activos perdieran cerca de 40 mil millones de pesos.
Mientras los activos apenas alcanzan los 26 mil millones de pesos, las deudas del grupo son calculadas en alrededor de 61 mil millones. En otras palabras, debe mucho más de lo que posee. Incluso con la subasta en marcha y suponiendo que concluya exitosamente, el dinero obtenido no alcanzaría para cubrir a todos los acreedores. La gran pregunta es: ¿quién saldrá bailando?, es decir, ¿quién no recibirá un solo peso?
Lo ocurrido con Altos Hornos de México es una verdadera lástima. Su historia es también la historia de Monclova. El consorcio no nació con Alonso Ancira: fue fundado por Harold Pape y posteriormente pasó a manos del Gobierno. Ningún empresario tenía derecho a mantenerlo como rehén, sacrificando no solo el valor de la siderúrgica, sino también la economía de toda una región. La falta de sensatez de un solo hombre provocó que pasara de ser un gigante de acero a tener un capital igual a cero.
De manera paralela, a lo largo de los últimos años, mientras el valor de la empresa caía a números rojos, sus activos disminuían y sus pasivos crecían, también se construyó una narrativa según la cual existía un enorme interés de inversionistas nacionales y extranjeros por adquirirla.
Las versiones fueron de lo más diversas: desde historias descabelladas que aseguraban que la tribu kikapú estaba interesada en comprar la compañía, hasta supuestos inversionistas argentinos, japoneses e incluso la posibilidad de que el Gobierno federal volviera a estatizar la acerera.
Con el paso del tiempo, buena parte de esa narrativa parece haber resultado falsa. No soy experto, pero cuesta trabajo creer que alguien en su sano juicio esté dispuesto a adquirir una empresa abandonada y saqueada; que además quiera invertir miles de millones de pesos para reactivarla. En términos coloquiales, sería alguien lo suficientemente ingenuo como para meterle dinero bueno al malo y, prácticamente, estar dispuesto a perder su capital.
Hoy, en un acto que raya en la crueldad, se le sigue contando a la gente de Monclova la historia de que la siderúrgica será vendida, que los trabajadores serán liquidados conforme a la ley y que la empresa volverá a operar. Todo indica que eso no va a suceder.
Ya es tiempo de abandonar las narrativas y, en un acto de misericordia, decirles la verdad a los coahuilenses que habitan en la región Centro.
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