Escrutinio
Rodrigo Morales M.
Hay un país en donde un mandatario ganó las elecciones con el 53% de la votación. Sin duda, un margen cómodo para llevar a buen puerto sus intenciones en términos de políticas públicas. Sin embargo, lo primero que hizo fue restringir o limitar la libertad de expresión. Su primer embate fue dificultar o entorpecer la deliberación pública: degradar el debate y potenciar la polarización. Después consiguió formular y aprobar una nueva Constitución.
Acto seguido, reformuló la integración del máximo órgano de deliberación del Poder Judicial (lo que aquí conocemos como la Suprema Corte) para alinearlo a los intereses del Poder Ejecutivo. Pero, además, anuló los mecanismos de rendición de cuentas. Desapareció la transparencia como requisito para la asignación de recursos públicos.
En ese país hubo una reelección en la que el mismo mandatario, años después, obtuvo el 45% de la votación y se hizo, por las reformas electorales previas, de las dos terceras partes del parlamento. Casualmente, también redujo el número de escaños en el Poder Legislativo: si antes había 398, hoy hay 199. Huelga decir que en ese país el aislamiento o desinterés por lo que ocurre en el mundo lo han alejado de los foros de deliberación multilaterales a los que debiera asistir.
Hay que señalar también que a ese país la comunidad internacional le ha aplicado sanciones económicas(congelamiento de fondos) por incumplir estándares en materia de combate a la corrupción, desatender el Estado de derecho y mantener opacidad. Ha habido también señalamientos sistemáticos sobre el deterioro en la infraestructura básica, la calidad en la educación y la exclusión en la salud pública.
Pues bien, en ese país se llevaron a cabo elecciones el pasado domingo, y el resultado es emblemático: quien ganó fue capaz de superar todos los obstáculos institucionales, articular el desánimo social, ampliar incluso su agenda personal para hacerla empática con un electorado más amplio y, con ello, derrotar al mandatario autoritario.
Es alguien que proviene, en principio, de la misma matriz ideológica de aquel a quien derrotó. Los conservadores le ganaron a los radicales de derecha. En ese país, lo que acaba de ocurrir es que triunfó una agenda sin instrumentos, sin partido. Lo que ganó fue el hartazgo social, más allá de las etiquetas.
Lo más original del proceso político de ese país es que lo que articula la entusiasta participación del electorado fue la recuperación de la agenda de derechos, de la pertenencia internacional y de la dignidad personal. De nuevo: las etiquetas de antes no sirven.
En aquel país, lo que ocurrió mediante el resultado electoral es un rescate institucional para hacer viable la pluralidad. El país en el que está ocurriendo una promisoria reconstrucción de la convivencia democrática es Hungría. En México, el guion guarda muchas similitudes. Pero hay lecciones: la captura institucional tiene límites, la participación ciudadana tiene alcances prometedores y el sentido común tiene esperanza.
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