Por Francisco Ortiz Pinchetti
Los automovilistas de la Ciudad de México y la zona metropolitana lo padecemos a diario. Moverse por la capital en auto es lo más cercano a adentrarse en el infierno. Trayectos que en teoría tomarían unos cuantos minutos terminan convertidos en pesadillas de varias horas. La verdad es simple: los coches ya no caben en nuestras avenidas ni en las famosas «vías rápidas» —ese eufemismo tan socorrido.
Sentarse al volante en esta ciudad destruye la salud y el bolsillo a partes iguales. Avanzar paso a vuelta de rueda somete a cualquiera a un estrés constante: cuidar el impacto, esquivar el frenazo del de adelante, soportar el ruido infernal y ver cómo se va el tiempo. La medicina urbana lo tiene bastante claro: hipertensión, colitis, insomnio y estados graves de ansiedad.
Y a la par del desgaste físico, el coche paga su propia cuota. Arrancar y frenar miles de veces devora balatas, embragues y llantas. Dejar el motor encendido sin avanzar un sólo metro gasta gasolina a lo tonto, transformando el presupuesto familiar en un tiradero de dinero.
Luego está el desastre ambiental. Millones de escapes al ralentí convierten la cuenca del Valle de México en una auténtica olla de contaminantes. El combustible mal quemado dispara las emisiones de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y partículas finas (PM2.5 y PM10). Por si fuera poco, la fricción del rodamiento suelta toneladas de microplásticos, sin contar los residuos tóxicos de aceites y lubricantes.
Ojo: para millones de personas, usar el auto no es un lujo. A menudo es la única alternativa ante la falta de transporte digno y eficiente.
Eso no es lo peor, por supuesto: si para un automovilista la rutina es insoportable, para quien viaja en un autobús o en una micro destartalada el trayecto se vuelve un suplicio de horas, agravado en las zonas populares por la constante amenaza de un asalto. Subirse al colectivo es pagar una doble condena, pero tampoco arregla nada: el sistema está completamente desbordado.
El Metro, corazón de la movilidad en la urbe, arrastra un deterioro histórico por falta de presupuesto y mantenimiento. Los hechos hablan por si solos: ahí está el colapso de la Línea 12 en mayo de 2021, el incendio del Centro de Control Delicias en enero de ese mismo año, la tragedia en la Línea 3 en enero de 2023 o los cotidianos chispazos y humaredas en Pantitlán, Copilco y Chabacano.
Esta situación no cayó del cielo. La parálisis vial de la capital tiene explicación… y nombres propios. Durante décadas, los gobiernos locales —manejados por la «izquierda» desde 1997— privilegiaron el vehículo privado y arrinconaron la inversión en transporte colectivo. Hubo un tramo de casi tres lustros donde no se tendió un sólo kilómetro de Metro; en cambio, sobraron presupuesto e inauguraciones para nuevos pasos a desnivel y segundos pisos… pensados para los autos.
El abandono, además, no hizo más que profundizarse en los últimos sexenios. Entre discursos verdes y promesas de movilidad sustentable, las gestiones de Claudia Sheinbaum y Clara Brugada le dieron la espalda al problema de fondo. Mientras otras metrópolis del mundo —de Madrid a Seúl o Shanghái— sumaron cientos de kilómetros de tren subterráneo para sacar coches de la circulación, la red del Metro capitalino se quedó pasmada, sin líneas nuevas ni extensiones de fondo. Apenas han metido parches y manitas de gato que no compiten con el ritmo de deterioro del sistema.
Por si faltara algo, ahí sigue la necedad de aplicar restricciones vehiculares que no sirven. Diversos estudios académicos han demostrado que el programa Hoy No Circula fracasó: ni redujo la contaminación ni mejoró el tráfico. Al contrario: empujó a miles de familias a comprar un segundo o tercer coche —casi siempre viejito, barato y más contaminante— para burlar el día de veto. El remedio, como suele pasar, salió más caro que la enfermedad.
Las cifras del Inegi y del Registro Automotriz no mienten. En la CdMx y su área conurbada circulan más de 5.5 millones de autos particulares, a los que hay que sumar 1.6 millones de motos que aparecieron para cubrir el hueco del transporte público. La flota creció violentamente por encima de lo que el asfalto puede aguantar.
El impacto real de este modelo enfocado en el auto lo retrató el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en conjunto con Dat’s Why y la AMTM, dentro del estudio Costo del Tráfico. El dato asusta: la congestión en el Valle de México cuesta 81 mil 700 millones de pesos al año, nada menos que el 40 por ciento de lo que pierde todo el país por el mismo problema. La capital compite ya en el ranking global de las ciudades más colapsadas del mundo, al tú por tú con Bogotá, Manila o Estambul en índices como TomTom e INRIX.
El informe señala que cada habitante pierde en promedio 211 horas anuales atorado en el tráfico. Estamos hablando de casi nueve días enteros de vida regalados a la nada. El costo financiero individual supera los 10 mil 700 pesos al año.
Esto cualquiera lo comprueba a diario. Salir, por ejemplo, en hora pico de Lindavista, en el norte, para intentar llegar a Portales o a Coapa, en el sur, toma fácilmente entre dos horas, y dos horas y media. Un trayecto que, si fuera fluido, no debería rebasar los 35 o 40 minutos se convierte en una tortura lenta a lo largo de Insurgentes, calzada de Tlalpan o el Anillo Periférico.
Lo más indignante de todo esto es que la factura del caos la terminan pagando los de abajo, los jodidos. Aunque el transporte público mueve al 40 por ciento de las personas en la zona metropolitana, sus usuarios absorben el 55.4 por ciento del costo económico del tráfico. Cuando las avenidas se atoran, se frena por igual el coche del particular que el camión o la pesera sin carril exclusivo. Resultado: quien viaja en transporte colectivo pierde 140 horas al año en el embotellamiento, contra 94 horas de quien va en su propio auto. Primero los pobres… pero para pagar la cuenta de la inmovilidad.
Esta crisis se cobra también en vidas humanas. El Inegi registra cerca de 300 muertos al año y más de mil 900 heridos graves por accidentes viales en la capital, donde las motocicletas ya representan el 40 por ciento de las víctimas fatales.
Apostarle al carro provocó el clásico fenómeno de demanda inducida: a más pavimento, más vehículos. El saldo de años posponiendo el Metro es una ciudad trabada, donde los hogares más pobres dejan hasta el 20 por ciento de su sueldo y cuatro horas diarias nada más para ir y venir del trabajo. Pese al eslogan de «por el bien de todos, primero los pobres», la política de movilidad de Morena ha priorizado las vialidades para los autos y ha dejado al garete el transporte masivo. La «vía rápida» terminó siendo un chiste malo… y el retrato perfecto de la desigualdad en la ciudad. Válgame.
DE LA LIBRE-TA
FUNCIONARIA EJEMPLAR. Me gustó la firmesa con la que Guadalupe Taddei defendió la autonomía del INE. Me enorgulleció su lealtad a una de las instituciones fundamentales de nuestra democracia. Me conmovió su entereza para enfrentar el injusto escándalo en su contra. Méritos de sobra tiene la consejera presidenta para ser arropada, defendida por el oficialismo morenista. Por supuesto.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
