Goiânia, Brasil, 24/10/26 (Más).- Una pequeña cápsula que emitía un resplandor azul intenso despertó la curiosidad de familiares, amigos y vecinos que acudieron a un desguace para contemplar el extraño objeto. Algunos llegaron a sostener fragmentos brillantes entre sus manos y otros se llevaron pequeñas porciones a sus hogares, sin imaginar que estaban manipulando cesio-137, un material altamente radiactivo que provocaría el peor accidente de radiación registrado en Brasil, ocurrido en 1987, con cuatro personas fallecidas y miles de habitantes sometidos a pruebas de contaminación.
De acuerdo con un reportaje de la BBC, el objeto había llegado a manos de Devair Ferreira, propietario de un desguace en Goiânia, después de que dos personas dedicadas a recolectar materiales entre la basura lo encontraran en una clínica médica abandonada. Fascinado por su luminosidad, Ferreira conservó la cápsula a pesar de que su hermano Odesson le recomendó desecharla porque la consideraba inútil. Incluso pensó en transformar aquel material brillante en una piedra para un anillo destinado a su esposa.
La apariencia del material resultaba tan atractiva que quienes lo observaban no sospechaban del peligro. Uno de los testimonios recogidos describe: “Había una pequeña abertura en una parte del dispositivo que emitía una luz muy hipnotizante y muy atractiva…”. Devair terminaría refiriéndose a aquella fascinación como el resplandor de la muerte, una expresión que resumía las consecuencias de haber manipulado una sustancia cuya peligrosidad desconocía.
Aproximadamente una semana después de que la cápsula comenzara a circular entre familiares y conocidos, decenas de personas presentaron síntomas de una enfermedad que nadie conseguía explicar. Un amigo cercano de la familia sospechó que los padecimientos podían estar relacionados con el extraño cilindro, por lo que María Gabriela, esposa de Devair, decidió trasladarlo a un centro médico.
El dispositivo permaneció sobre una silla en el patio del establecimiento durante el resto del día y la noche, hasta que un médico consiguió un detector de radiación. Las primeras mediciones fueron tan elevadas que creyó que el aparato estaba descompuesto, pero un segundo instrumento confirmó los resultados y permitió establecer la gravedad de la situación.
Poco después, Odesson recibió una advertencia de su hermano: “Busca ayuda. El material que tocaste en la casa es radiactivo”. Para entonces, según su testimonio, 56 integrantes de su familia extensa habían estado expuestos. El recuerdo del desastre nuclear de Chernóbil, ocurrido apenas un año antes, aumentó su temor. “Cuando oímos las palabras ‘material radiactivo’, pensé: ‘Ya está, estamos todos en serios problemas, todos estamos a punto de morir’”.
Entre las víctimas estuvo Leide, una niña de seis años, sobrina de Odesson, que había jugado con un fragmento de cesio-137 después de que su padre lo llevara a casa dentro de una caja de cerillas. Para mostrarle su luminosidad, apagó las luces y permitió que la pequeña observara el material. Más tarde, sin saber que sus manos estaban contaminadas, la niña tomó un huevo durante la cena y se lo comió.
Leide falleció aproximadamente un mes después de haber estado expuesta, el mismo día en que murió su tía María Gabriela. Otros dos jóvenes que trabajaban en el desguace también perdieron la vida como consecuencia de la exposición radiactiva, mientras las autoridades iniciaban una operación de gran escala para identificar a las personas contaminadas.

Más de 100 mil residentes de Goiânia fueron convocados al Estadio Olímpico para someterse a revisiones. Los procedimientos incluían limpieza con líquidos descontaminantes, cepillos y agua, además de la destrucción de prendas de vestir. A los afectados también se les recomendaba consumir abundantes líquidos. Odesson recordó que incluso le dijeron que podía beber cerveza, consejo que siguió sin saber que su orina podía contaminar los lugares donde acudiera al baño.
El sobreviviente relató que, después de visitar el establecimiento de un amigo, las autoridades terminaron demoliendo el sanitario del bar debido a la contaminación. Su propia vivienda también resultó afectada y fue parcialmente destruida, por lo que, tras recibir atención médica, tuvo que regresar a un refugio.
Las consecuencias del accidente no se limitaron a los problemas físicos. Odesson fue hospitalizado y mantenido en aislamiento, mientras su esposa únicamente podía comunicarse con él desde la calle. El temor a la radiación provocó que vecinos y conocidos evitaran cualquier contacto con la familia, incluso después de que los médicos determinaran que no representaba un peligro de contaminación.

La discriminación llegó a situaciones cotidianas. Odesson recordó que, al terminar una bebida en un bar, el propietario recogió su vaso utilizando una servilleta y lo arrojó a la basura. También relató que algunas personas descendían de los autobuses cuando reconocían a su esposa. El estigma se convirtió así en otra de las consecuencias duraderas del desastre.
Ante el impacto del accidente, el gobierno brasileño impulsó una campaña de solidaridad con Goiânia, difundida por radio y televisión bajo el lema “Eu amo Goiânia”. También se modificaron disposiciones relacionadas con el seguimiento, la vigilancia y la eliminación de materiales radiactivos, tanto en Brasil como en otros países.
Sin embargo, los sobrevivientes continuaron enfrentando dificultades de salud, reclamos de indemnización y rechazo social durante años. Odesson decidió abandonar su trabajo como conductor de autobús para dedicarse a la defensa de las personas afectadas, una actividad que lo llevó a presidir la Asociación de Víctimas y a promover medidas para impedir que una tragedia semejante volviera a ocurrir.
Casi cuatro décadas después, Odesson, ahora con más de 70 años, trabaja en sus memorias sobre el accidente que transformó su vida. Reside en una pequeña granja situada a 220 kilómetros de Goiânia, donde encontró tranquilidad entre animales y naturaleza, aunque mantiene presente la responsabilidad de recordar lo sucedido.
“Debemos luchar por la gente y asegurarnos de que esto no vuelva a ocurrir jamás en ningún lugar del mundo. Nadie, en ningún sitio, debería tener que pasar por lo que nosotros vivimos”, expresó el sobreviviente, quien después de haber temido por su vida afirma haber encontrado la paz.
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