Por Horacio Cárdenas Zardoni
Cada que ocurre una masacre es lo mismo. La gente queda espantada de lo sucedido, lamentándose del nivel de degradación que ha alcanzado una sociedad que se precia de todas las virtudes democráticas por un lado, y morales por el otro, y que sin embargo a la primera oportunidad de demostrar lo que somos, no la perdemos ni la desperdiciamos, al contrario, la aprovechamos al máximo.
La diferencia entre esta masacre, la última, bueno, no la última en ocurrir, la última que ha recibido la atención de los medios de comunicación y de los explotadores de las emociones, la del rancho Izaguirre en la comunidad de La Estanzuela en Jalisco, es que apela más al terror sicológico, que a los hechos e imágenes reales, que desafortunadamente, esto sí, han terminado por parecernos cotidianas y cansarnos.
Porque ¿Qué es lo que realmente nos presentaron las autoridades y los reporteros que pudieron ingresar al sitio?, un montón de zapatos, alrededor de 200 pares, aunque algunos sugirieron que pudieran ser hasta 400, con lo que la contabilidad de las posibles víctimas en el sitio, pudiera ubicarse en esa cifra, más los que llegaron y se fueron por su propio pie, menos los que se llevaron sin quitarles el calzado, porque tampoco está corroborado al 100%, como probablemente tampoco lo esté jamás, que esa operación ‘industrial’ funcionó como sistema cerrado todo el tiempo, más bien al contrario, se puede pensar en que así como la hallaron, estaba lejos de ser perfecta, como no lo eran ni siquiera los campos de exterminio de la Alemania Nazi, los restos humanos calcinados que salían de los hornos crematorios todavía había que pulverizarlos, para ahora sí, enterrarlos.
Hace algunos años, cuando se dieron a conocer las imágenes de los setenta y dos, o setenta y tres migrantes que fueron ejecutados en una bodega en el municipio de San Fernando, en el estado de Tamaulipas, lo que llamó la atención y nos llenó de sano horror, fue que estaban los cuerpos cosidos a balazos, tirados junto al muro contra el que los obligaron a colocarse. Eso nos pareció horrible, junto con la cifra, que en su momento constituyó un récord que pensamos sería imposible de superar, y mire lo que son las cosas, no solo lo rompimos por la mínima diferencia, como dicen los comentaristas deportivos, sino que lo doblamos y hasta lo triplicamos, estableciendo un techo que, igual que la vez pasada, nos parecerá prácticamente imposible de superar.
Por supuesto vuelan las acusaciones. El fiscal general Alejandro Gertz, probablemente el más ineficiente que jamás ha pasado por ese puesto cuando todavía era procuraduría, señaló la desidia y complicidad de las policías estatal y municipal, eso antes que balconearan los medios que por lo menos había habido un par de intervenciones del gobierno federal en el mismo predio, y ni siquiera fueron para darle una escarbada, ver qué era todo eso acumulado, y demás. La orden terminante: no será la fiscalía de Jalisco la que investigará ni la masacre, ni la operación, ni los movimientos del Cartel Jalisco Nueva Generación, al que se le atribuye todo el entuerto, sino a la mismísima Fiscalía General de la República… que para variar no averiguará maldita la cosa, y aunque lo hiciera, la parte de encontrar a los perpetradores, nunca se sabrá ni el número, ni los nombres de las víctimas, menos se comunicará a sus familiares lo ocurrido, y ni pensar en la restitución del daño, ¿pues a quienes?
Cosa horrible al margen, recordamos hace unos cinco años, el gobierno de Zacatecas estaba demostrando su intención de acabar con la pésima fama que le han dado los Monreal de que es un estado que tolera y patrocina el crimen organizado. En el enésimo hallazgo de una fosa clandestina, encontrado para variar por los heroicos grupos de buscadores, no por las autoridades, que no se ensucian las botas de piel exótica por nada ni por nadie, habían encontrado una enorme cantidad de huesos, todavía completos, allá no se toman la molestia de quemarlos con ácido o con fuego, así enterrados nomás. Bueno, pues para ahorrar tiempo, usted sabe lo costoso y tardado de los procedimientos de los técnicos de servicios periciales, el ministerio público a cargo había ordenado meter trascabos… y sí, estaban sacando huesos a pasto, y acomodándolos en pilas, acá la tierra, acá los huesos ¿y de quien era este fémur y de quien esta escápula?, no pues a saber, allí terminó cualquier posibilidad de extraer el ADN de cuerpos completos todavía armados, y nadie pensaría en que los sacaran de 200 huesos de cada cuerpo. Caso cerrado, política cerrada, y vuelta a lo mismo.
Sí, los comentaristas hablan de lo feo que es la normalización de la violencia, como si fuera un fenómeno que ha ocurrido ante nuestra vista. Más bien habría que decir que nacimos, vivimos y moriremos entre una violencia normalizada, porque así es como es este país, que a veces está más a flor de los noticieros, y a veces nada más está en el ambiente, y eventualmente, alguno de nosotros o yo, terminamos como víctimas de la tal violencia.
Pero no se trata de darle el trato hipócrita de siempre, López Obrador riéndose en su mañanera de las masacres, y Sheinbaum calificando esta de Jalisco de terrible, que desde luego que lo es, pero no más que las anteriores ni más que las siguientes. Pero mientras no aceptemos el hecho de que este, y no otro es el mundo en el que nos tocó vivir, al que contribuimos con nuestra desidia y nuestra temerosa hipocresía, no se estará dando un solo paso a que cambie el estado de cosas. México va de horror en horror, en espera de un horror final que se dilata en llegar.
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