Por Zitamar Arellano Trueba
Saltillo, Coahuila, 22/06/26 (Más).- Mientras numerosas librerías tradicionales de Saltillo cerraron después de décadas de actividad, Rodríguez Libros –la pequeña librería de libros usados y viejos de la calle Guillermo Purcell– se prepara para cumplir 30 años de existencia el próximo 15 de julio, con un acervo que pasó de 2 mil a 100 mil libros en todo este tiempo.
Fundada en 1996 por Rufino Rodríguez, la librería nació con apenas 2 mil ejemplares y hoy resguarda más de 100 mil libros en un local de 65 metros cuadrados, convertido con el tiempo en punto de encuentro para lectores, estudiantes, investigadores, coleccionistas y autores que buscan obras agotadas o difíciles de conseguir.
Rodríguez abrió el negocio poco antes de jubilarse, después de años de trabajar como vendedor viajero para editoriales como Limusa y Siglo XXI. En sus recorridos por ciudades como Ciudad Juárez y Guadalajara conoció librerías de segunda mano, hizo amistad con libreros y aprendió el oficio que más tarde replicaría en Saltillo.
“Cuando ya me jubilé dije: algo tengo que hacer”, recuerda. El primer lote de libros lo compró a un amigo que cerraría una pequeña librería de segunda mano para mudarse a Monclova. También adquirió parte de la estantería y un escritorio. Aunque inició con dos socios, al poco tiempo ellos se retiraron y le dejaron el negocio a quien, según le dijeron, tenía el “feeling” para los libros.
Tres décadas después, Rodríguez Libros se mantiene en pie en una ciudad donde desaparecieron librerías famosas y antiguas como Martínez, Zaragoza, Cristal y Selecta. Rufino atribuye parte de ese cierre a la competencia de las editoriales, que comenzaron a vender libros escolares directamente a las escuelas, dejando fuera a las librerías tradicionales. A ello suma el bajo hábito de lectura en México y el desplazamiento de materiales impresos por copias digitales o lecturas en pantalla.

Rodríguez Libros es uno de seis negocios del mismo giro regularmente posicionados en Saltillo que cursan sin competir con las pocas librerías que quedan en la ciudad como Librakos, Sanborns y las pequeñas secciones en algunas tiendas departamentales.
La paradoja, dice, es que el cierre de las librerías de línea terminó fortaleciendo en cierta medida a las librerías de usados porque en ellas todavía es posible encontrar libros agotados, ediciones antiguas, colecciones, textos universitarios, obras literarias, materiales religiosos, libros de derecho, medicina, cálculo, física, química, filosofía, historia y publicaciones locales.
En sus estantes han pasado libros del siglo XVIII, obras firmadas por autores reconocidos y bibliotecas personales que, de no haber llegado ahí, habrían terminado en el reciclaje.
Rodríguez recuerda con tristeza casos de colecciones valiosas que se perdieron porque las familias no sabían qué hacer con ellas tras la muerte de sus propietarios.
“En el mejor de los casos vienen a un negocio como este; en el peor, van al reciclaje”, lamenta.
La librería también funciona como una especie de archivo informal de la memoria editorial de Coahuila. En sus anaqueles hay libros de autores locales y publicaciones que muchas veces ya no se consiguen en ningún otro lado. Incluso, algunos escritores han regresado a buscar sus propias obras cuando se les agotan los ejemplares.
El público que llega a Rodríguez Libros es diverso. Hay lectores mayores, estudiantes de derecho, matemáticas, literatura o filosofía, coleccionistas que buscan series específicas y visitantes que simplemente entran a navegar entre los pasillos. Rufino prefiere dejarlos explorar, pero también orienta a quien necesita ayuda para encontrar un tema o un autor.
El negocio, admite, no es de grandes ganancias, pero ha logrado sostenerse. “Sale para la renta, la luz, el internet”, dice. Hay días bajos, especialmente en temporadas de graduaciones u otros gastos familiares, pero también jornadas en las que tres buenos clientes bastan para sacar el día.


Para Rufino, una de las mayores satisfacciones de estos 30 años no está sólo en vender libros, sino en la gente que ha conocido a través de ellos: lectores, maestros, escritores, excursionistas, investigadores y personas con intereses comunes que han convertido la librería en un espacio de conversación.
Además de librero, Rodríguez es aficionado al monte, a la escritura y a la búsqueda de vestigios antiguos. Conserva libretas donde toma apuntes de sus salidas y de sus observaciones, que luego convierte en artículos. Esa vida paralela también se mezcla con la librería, donde los libros no sólo se compran y se venden, sino que abren conversaciones y amistades.
Aunque el 15 de julio Rodríguez Libros llegará a tres décadas de actividad, su fundador no planea una celebración pública. Dice que no es afecto a los festejos grandes. Lo dirá, acaso, a sus colegas libreros y a los clientes de confianza. La librería ya entró a sus 30 años.
En una ciudad con más de un millón de habitantes, universidades públicas y privadas, y cada vez menos librerías tradicionales, Rodríguez Libros permanece como uno de esos pequeños negocios que sobreviven por constancia, oficio y una clientela fiel que todavía busca en el papel algo que no siempre aparece en las pantallas.
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