Milpa Alta, 09/01/2025 (Más / IA).- Desde las profundidades de la mixteca poblana hasta las laderas rurales de Milpa Alta, un grupo de mujeres indígenas desplazadas ha tejido una historia de resistencia, colectividad y transformación a través de la tierra.
La colectiva Mujeres de la tierra, mujeres de la periferia, fundada en plena pandemia por cuatro hermanas y ahora integrada por nueve mujeres, ha encontrado en el maíz, la colectividad y el intercambio de saberes una forma de autonomía económica y sanación personal frente a la violencia estructural y de género.
La historia de esta colectiva comenzó el 15 de junio de 2020, cuando las hermanas huyeron de Santa Inés Ahuatempan, Puebla, forzadas por las violencias que enfrentaban en su comunidad.
En Milpa Alta, entre la naturaleza y el bullicio de la Ciudad de México, se organizaron para cultivar su propio maíz y elaborar alimentos, vendiendo desde tlacoyos hasta tortillas. Este esfuerzo nació de la urgencia económica y de la necesidad de reconstruir sus vidas lejos del peligro. “Nosotras somos responsables del 90% de lo que se está sirviendo a la mesa”, subraya Chío, una de las fundadoras.

El trabajo de estas mujeres ha trascendido la venta de alimentos. En diciembre de 2024, iniciaron la “escuelita de la tierra”, un proyecto itinerante de transmisión de saberes que busca rescatar conocimientos ancestrales sobre la alimentación, las lenguas maternas, el tejido y la conexión con la tierra. Este espacio, aún en desarrollo, será un lugar para aprender, compartir y entretejer redes de apoyo. “Eso es lo que principalmente podemos ofrecer: el acompañamiento, la escucha y el entretejido de redes”, explica Chío, quien lidera este esfuerzo con amor y convicción.
El proyecto ha logrado consolidarse gracias al financiamiento del programa Feminist Opportunities Now (FON), gestionado por la Agencia Francesa de Desarrollo. Con este apoyo, las integrantes han podido construir un espacio para cocinar, adquirir equipo básico y, próximamente, establecer un terreno propio de 800 metros para la escuelita. Este lugar será un símbolo tangible de resistencia y autonomía para mujeres desplazadas que, como ellas, buscan reescribir su historia.
La colectividad, sin embargo, no está exenta de desafíos. Además de las dificultades económicas, cada integrante enfrenta procesos personales de sanación tras vivir distintos tipos de violencia. Gris, una de las hermanas fundadoras y madre de tres hijos, señala que la organización le permitió encontrar independencia económica y fuerza personal tras una relación violenta. “Me las vi duras porque la pareja con la que yo vivía era alcohólico. Siempre le he buscado por donde sea para sacar adelante a mis hijos”, relata.

En el terreno donde cultivan maíz criollo, las mujeres encuentran más que sustento; encuentran sanación. En medio de los surcos de maíz azul y colorado, trabajan con sus propias manos para garantizar que los alimentos que producen sean saludables y respetuosos con el medio ambiente. El maíz, libre de pesticidas y transgénicos, es una herencia cultural y una herramienta de resistencia. “Amamos estar aquí, tocar la tierra, los rayos del sol que queman, y la lluvia; en tiempos de lluvia también nos encontramos aquí”, expresa Alma, mientras describe el proceso de cultivo que les enseñaron sus abuelos.
A lo largo de su camino, Mujeres de la tierra, mujeres de la periferia ha construido alianzas con otras colectivas como Poposteando Ando y Akire Huauhtli, que contribuyen a proyectos de preservación de lenguas maternas y técnicas tradicionales como el telar de cintura. También han utilizado las redes sociales para difundir su trabajo y visibilizar las condiciones de las mujeres campesinas y de la periferia.
Aunque el camino ha sido difícil, la colectividad les ha brindado herramientas legales, psicológicas y de autocuidado que les permiten enfrentar sus propios procesos y apoyar a otras mujeres. “Hay mujeres que no son indiferentes a lo que les ocurre a otras, que abrazan, no sueltan y están dispuestas a poner un granito de arena para que las demás salgan”, reflexiona Gris.
Hoy, con la escuelita de la tierra en marcha y la cosecha de maíz como un símbolo de su lucha, estas mujeres construyen un futuro donde la autonomía y la colectividad sean una alternativa viable frente a la violencia y el desplazamiento. “El maíz nos salvó desde muy chiquitas”, concluye Alma, mientras sostiene una mazorca como recordatorio de la fortaleza que han encontrado en la tierra y en su hermandad.
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