Ciudad de México, septiembre 4.– En México, las madres buscadoras han aprendido a leer los signos que deja la naturaleza en su lucha por encontrar a sus hijos desaparecidos. Con una mirada afinada por el dolor y la necesidad, saben interpretar lo que dicen los árboles, la tierra y la vegetación: un tronco ennegrecido puede señalar el rastro de una ejecución, un cambio en la continuidad de la maleza puede delatar una fosa clandestina. La química postmortem de los cuerpos violentados, distinta a la de quienes mueren por causas naturales, deja huellas específicas que estas mujeres han aprendido a reconocer. “Ay, si los árboles hablaran”, le dijeron a la escritora Alma Delia Murillo durante sus jornadas de acompañamiento.
De acuerdo con un reportaje de BBC Mundo, este aprendizaje vital y doloroso es uno de los ejes centrales de Raíz que no desaparece, la nueva novela de Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979). La autora convivió con madres buscadoras, compartió con ellas la pala en los terrenos de búsqueda, revisó expedientes y recogió testimonios, para narrar no solo la violencia, sino también la manera en que la naturaleza se convierte en aliada y en vocera de la verdad frente al silencio de las autoridades.
Una tragedia contemporánea
La novela parte de una de las mayores crisis humanitarias de México: desde 2007, más de 130 mil personas han desaparecido en el país, entre ellas miles de menores de edad. Murillo mezcla crónica y ficción para dar vida a personajes como Ada, una madre que busca a su hijo mientras lucha con la pérdida de su propia memoria. “Quiero que este libro nos permita imaginar cómo es la vida de esas mamás, qué sueñan, cómo buscan; quiero despertar empatía, y si es necesario llorar, que lloremos, porque ese llanto nos humaniza”, declaró la autora.
La crudeza del tema atraviesa cada página. Frases como “La brutalidad a la que se ha entregado este país lo está dinamitando todo” o “Decir México es decir un país de desaparecidos” expresan la rabia que la propia escritora reconoce como motor de su pluma. Cuando terminó la novela en noviembre de 2024, el número de desaparecidos era uno; diez meses después, la cifra ya había aumentado en casi 10 mil. “Es un exterminio”, denuncia.
Hallazgos dolorosos y la impunidad constante
Murillo recuerda que en marzo de este año se descubrió en Jalisco una fosa clandestina con miles de prendas, zapatos y mochilas. Una página web fue habilitada para que las familias identificaran objetos personales. “Es algo muy doloroso”, comenta. Para ella, escribir implica no esquivar el horror: las marchas, la impunidad, la desesperación de quienes buscan. Y lo más terrible, subraya, es que se trata de un fenómeno permanente: “Esta es una novela que se podría seguir escribiendo ad infinitum, ad nauseam, porque uno se queda sin lenguaje para expresar lo que pasa”.
México, dice, es un país inclasificable, con un ethos atravesado por la muerte desde los tiempos prehispánicos. La escritora incluso incorpora códices en su novela para reflejar esa dualidad: un país vital, festivo, pero montado sobre una fosa eterna. “Cuando acompañé a las madres en las búsquedas, salíamos de cada sitio como drogadas por el dolor, pero luego subíamos a la camioneta y alguien decía: ‘pon música, que esto está muy triste’. Y claro, la música no era Bach, sino algo que te hace querer bailar”.
El papel de la naturaleza y la memoria
La elección de dar voz a lo vegetal no fue casual. Murillo explica que los árboles se mimetizan con el entorno, tienen memoria del peligro, se cierran para protegerse e incluso pueden desplazar sus raíces como si caminaran. A partir de este lenguaje botánico, la escritora sugiere que los bosques podrían convertirse en testigos claves de las desapariciones. “En México, un árbol o la tierra tienen más vocación de verdad que el sistema judicial”, sostiene. Y se pregunta si llegará el día en que los árboles digan con contundencia: “Aquí hay cuerpos”, de manera que su voz no pueda ser ignorada en expedientes oficiales.

El fracaso del Estado y la narrativa de exclusión
La autora también reflexiona sobre la responsabilidad del Estado mexicano. Afirma que su gran fracaso es no encontrar a los desaparecidos y que en realidad solo “administra la violencia”. Los últimos tres sexenios, desde Felipe Calderón hasta Andrés Manuel López Obrador, han agravado la crisis. Aunque en el pasado las desapariciones se percibían como un fenómeno marginal y asociado a la clase trabajadora, hoy alcanzan a funcionarios de alto nivel. Este año, en Ciudad de México, dos colaboradores de la jefa de Gobierno fueron asesinados, y se han descubierto fosas en Tlalpan, el Ajusco y Álvaro Obregón.
La narrativa oficial ha sido tramposa, insiste, porque atribuye a las víctimas vínculos con actividades ilícitas. Esto refleja el racismo y clasismo de la sociedad mexicana. Mientras tanto, la comunidad internacional mira más al narcotráfico que al crimen de lesa humanidad que representan las desapariciones. “La impunidad, la desinformación y el ocultamiento son insondables”, subraya Murillo.
Niños, sueños y cartas
Uno de los aspectos más dolorosos es la desaparición de menores de edad. Miles de ellos han sido secuestrados para trabajos forzados, engañados con falsas ofertas de empleo o entrenados como sicarios. Se calcula que unas 200 mil personas son explotadas por el narcotráfico contra su voluntad.
En medio de este horror, los sueños y las cartas aparecen como respiros de esperanza. Muchas madres sueñan con sus hijos, reciben en sueños mensajes que les indican pistas de localización o simplemente palabras de consuelo: “Ya no llores, mamá”. Algunas incluso llevan estos testimonios a la fiscalía, aunque sean motivo de burlas. Las cartas también mantienen vivo el vínculo: en ellas relatan escenas cotidianas, como comer chicharrón en salsa verde o celebrar que un sobrino pasó de grado escolar.
La memoria como resistencia
El personaje de Ada encarna una paradoja: quiere preservar la memoria de su hijo, pero ella misma empieza a perder la suya. Esta situación refleja lo que Murillo vivió con madres que, tras años de lucha, desarrollaron episodios de pérdida de memoria, posiblemente como respuesta neurológica al dolor, tal como lo describe el neurocientífico Gabor Maté en su libro Cuando el cuerpo dice no.
Murillo concluye que la memoria debe ser preservada colectivamente: en libros, en zonas de memoria como el Bosque de Chapultepec, en cada marcha y en cada carta. Porque la vida, como los árboles, guarda huellas de lo que no debe desaparecer.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
