Por Leslie Zamora
Saltillo, Coahuila, 06/05/2026 (Más).- Cuarenta y dos años después de haber cruzado carreteras, dormido bajo lonas, curado ampollas y enterrado a uno de sus compañeros en medio de una lucha estudiantil, el arquitecto Jaime Cleofas Martínez Veloz vuelve a abrir una de las heridas políticas más profundas en la historia de Coahuila.
Lo hizo a través de una serie de publicaciones titulada “30 días que despertaron a Coahuila”, donde, día por día, construye la marcha universitaria de 1984 que partió desde Saltillo rumbo a la Ciudad de México en protesta por lo que él y cientos de estudiantes consideraron un fraude en la elección del rector Rectoría de la Universidad Autónoma de Coahuila.
En entrevista, El Jimmy no habla como político, habla como quien sigue caminando aquella carretera: su voz va y viene entre recuerdos, nombres, fechas y escenas que parecían seguir vivas en su memoria.
Antes de entrar de lleno a la marcha, regresa un poco atrás en el tiempo y explica que el movimiento de 1984 no nació por generación espontánea, sino como consecuencia de años de organización universitaria iniciados desde la lucha por la autonomía de la Universidad, en 1973.
Recuerda que en aquel tiempo existía un ambiente político distinto y reconoce que el entonces gobernador, Eulalio Gutiérrez Treviño, permitió que avanzara el reconocimiento constitucional de la autonomía universitaria, algo que, dijo, evitó que el conflicto se desbordara en ese momento.
A partir de ahí, explica, comenzó la construcción del Estatuto Universitario que estableció elecciones mediante voto libre, directo y secreto. Sin embargo afirma que, con el paso de los años, el control político comenzó a concentrarse nuevamente dentro de la Universidad durante la dirección del rector Óscar Villegas Rico.
En ese contexto, Martínez Veloz recuerda cómo decidió competir por la Rectoría junto con Armando Fuentes Aguirre, “Catón”, ambos enfrentando a la estructura universitaria que respaldaba a Valeriano Valdés Valdés como sucesor oficialista.
Mientras hablaba, narra no solo la campaña, sino el ambiente de tensión que se vivía dentro de la Universidad. Relata que tanto él como Catón enfrentaron obstáculos constantes para realizar actos proselitistas y señala que desde Rectoría existía una operación política para impedir que pudieran competir en igualdad de condiciones.
“No nos dejaban entrar a Catón y a mí a las escuelas, teníamos que hacer prácticamente mítines afuera”, explica.
Después se refiere uno de los episodios que, asegura, reflejaban el nivel de confrontación de aquellos días: “Un día mi carro lo destrozaron los porros ahí en el (Café) Viena y al compañero que lo traía lo mandaron al hospital”.
Su relato avanza entre denuncias de uso de recursos universitarios en favor del candidato oficial, reparto de propaganda y artículos promocionales financiados presuntamente desde Rectoría, desaparición de votos y maniobras políticas dentro del Consejo Universitario.
Incluso recuerda que mandó imprimir y repartir miles de ejemplares del Estatuto Universitario para que estudiantes y docentes conocieran las reglas democráticas que, según él, estaban siendo ignoradas. “Hicimos 49 brigadas a las siete de la mañana y distribuimos el Estatuto en todas las escuelas de la Universidad”, explica.
También asegura que durante la jornada electoral hubo irregularidades graves: “No dejaron votar a gente, metieron boletas a las urnas y malgastaron recursos de la Universidad”, afirma.
Martínez Veloz recuerda que la inconformidad creció con rapidez después de que se anunciaron los resultados oficiales, los cuales daban la victoria al candidato respaldado por la estructura universitaria. Esa misma tarde, él y Catón sostuvieron una reunión y acordaron desconocer públicamente la elección.
“Eso fue un fraude”, cuenta que dijeron en conferencia de prensa frente al edificio de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Coahuila.
A partir de entonces comenzaron las movilizaciones. Primero fueron marchas masivas en Saltillo, protestas frente a Palacio de Gobierno y reuniones para buscar interlocución con autoridades estatales y federales. Sin embargo, según narra, las respuestas nunca llegaron.
“Fuimos a Gobernación y ni siquiera nos atendieron”, dice.
Fue entonces cuando nació la idea que terminaría marcando a toda una generación: caminar desde Saltillo hasta la Ciudad de México.



Martínez Veloz recuerda que salió prácticamente con lo indispensable: una muda de ropa, una toalla y un viejo Datsun. Pensaba que la presión pública obligaría a negociar en pocos días, pero la marcha siguió avanzando sin que el gobierno respondiera. “Yo pensaba que saliendo de Saltillo nos iban a llamar para negociar, pero no. Ni nos pelaron”, rememora.
En sus publicaciones describe carreteras interminables, madrugadas congelantes, temperaturas de hasta 40 grados, estudiantes con los pies llenos de ampollas y brigadas improvisadas para recolectar dinero entre automovilistas y habitantes de las comunidades por donde pasaban.
Recuerda que el movimiento sobrevivía gracias a las colectas, las madres de familia y las colonias populares que ayudaban con comida y víveres.
Pero el momento más duro llegó en San Luis Potosí: mientras llevaba a un compañero lesionado al hospital, recibió la noticia de que Juan Fernando Gallegos Monsiváis, conocido como “Kalimán”, había sido asesinado durante la marcha.
“Me dijeron: ‘Mataron a Kalimán’… hablé al Semefo… y cuando me confirmaron que estaba muerto se me vino el mundo encima”, recuerda.
La muerte del profesor universitario cambió el rumbo del movimiento. El sepelio en Saltillo reunió a cientos de personas, detonó la toma de Rectoría y provocó que muchas familias pidieran a sus hijos abandonar la marcha por miedo a nuevos ataques. Aun así, el contingente decidió continuar.



Martínez Veloz sostiene que fue a partir de ese momento cuando el Gobierno del Estado comenzó a dimensionar la magnitud política y social del conflicto y finalmente abrió una vía de negociación que derivó en la salida de Valeriano Valdés Valdés y en un acuerdo político para desactivar la crisis universitaria.
Sin embargo, uno de los momentos más reveladores llegó cuando la conversación trascurrió del pasado al presente.
Después de hablar durante varios minutos sobre el despertar político de Coahuila en 1984, vino la pregunta directa:
– Si el estado despertó hace más de 40 años, ¿por qué hoy muchos siguen votando por el Partido Revolucionario Institucional? ¿Se volvió a dormir Coahuila? –se le pregunta. Jaime suelta una risa nerviosa, baja la voz e hizo una pausa. Por momentos parece esquivar el cuestionamiento.
– No… yo le voy a decir una cosa… también hay que construir rutas –responde, antes de cambiar el enfoque de la conversación.
Luego agrega: “Yo no veo que en Coahuila estén las cosas tan mal como en otros estados”.
Aunque evita responsabilizar directamente al PRI por la realidad política actual del estado, sí habló de la necesidad de transformar la vida pública de Coahuila mediante un nuevo acuerdo social y critica la falta de participación activa dentro de la Universidad.
“La Universidad debe tener una actitud más crítica frente a la realidad”, expresa, “los universitarios han estado muy enclaustrados”.

Hacia el final de la conversación, el arquitecto vuelve al origen de todo: la memoria.
Dice que sus publicaciones no buscan colocarse nuevamente en la política, sino recuperar la historia de compañeros que caminaron, organizaron brigadas, cocinaron para la marcha o incluso murieron durante el movimiento y que, según él, fueron borrados de la historia oficial.
“Estoy recuperando a compañeros que ya murieron, que dieron su vida, que caminaron, que lucharon y que no aparecen en la historia oficial”, sostiene.
Y mientras los capítulos siguen apareciendo uno por uno en redes sociales, Jaime Cleofas Martínez Veloz parece seguir haciendo lo mismo que hace 42 años: caminar. Aunque ahora lo haga con recuerdos y palabras.
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