La posibilidad de que sistemas avanzados de inteligencia artificial superen las capacidades humanas y escapen a su control ha reavivado las advertencias sobre riesgos existenciales asociados con esta tecnología. Jacob Coxon, exinvestigador de Anthropic, considera que un escenario extremo podría derivar incluso en la desaparición de la humanidad dentro de 5 a 10 años
Madrid, España, 12/09/26 (Más).- La humanidad podría enfrentar un escenario de extinción en un plazo de entre 5 y 10 años si el desarrollo de sistemas avanzados de inteligencia artificial continúa sin controles suficientes, de acuerdo con las advertencias planteadas por especialistas del sector tecnológico, entre ellos Jacob Coxon, un matemático de 27 años que decidió abandonar su puesto en Anthropic ante los riesgos que considera asociados con esta tecnología.
En un artículo publicado por El País, el escritor Jorge F. Hernández retoma las declaraciones de Coxon y expone las preocupaciones generadas por la posibilidad de que los sistemas de inteligencia artificial alcancen capacidades superiores a las humanas y puedan actuar de maneras que sus propios desarrolladores sean incapaces de controlar.
La advertencia ha cobrado relevancia debido a que no se limita a posibles afectaciones laborales, educativas o informativas, sino que plantea consecuencias potencialmente catastróficas para la supervivencia humana.
Coxon, quien trabajaba en Anthropic, una de las compañías dedicadas al desarrollo de modelos avanzados de inteligencia artificial, renunció a su puesto y utilizó las redes sociales para advertir públicamente sobre los peligros que percibe en el crecimiento acelerado de estas herramientas.
Según los planteamientos recogidos por Hernández, el matemático considera posible que una inteligencia artificial fuera de control contribuya a provocar la desaparición de la humanidad antes de que concluya la próxima década.
La preocupación es todavía mayor porque otros especialistas relacionados con el desarrollo de esta tecnología han reconocido la existencia de riesgos graves y han pedido establecer límites antes de que los sistemas adquieran capacidades difíciles de supervisar.
Mientras Coxon plantea un horizonte inferior a una década para un escenario extremo, otras voces citadas en torno al debate sobre inteligencia artificial han llegado a contemplar plazos menores a cinco años para que pudieran presentarse amenazas de dimensiones extraordinarias.

El escenario planteado por los especialistas no necesariamente corresponde a una invasión de robots armados o a imágenes propias de películas de ciencia ficción.
Uno de los riesgos considerados más factibles estaría relacionado con la capacidad de sistemas informáticos cada vez más avanzados para ejecutar tareas de manera autónoma, comunicarse, emitir instrucciones, utilizar herramientas digitales, manipular grandes cantidades de información y desarrollar estrategias sin intervención humana constante.
Entre las posibilidades más preocupantes se encuentra el eventual uso de una inteligencia artificial avanzada para vulnerar sistemas de alta seguridad, incluidos los pertenecientes a instalaciones científicas o laboratorios.
En un escenario extremo, un sistema con suficientes capacidades podría intervenir en procesos relacionados con agentes biológicos, contribuir al diseño o modificación de un virus y facilitar mecanismos para su propagación, con consecuencias potencialmente superiores a las registradas durante la pandemia de covid.
La advertencia se relaciona también con la rapidez con la que evolucionan estos sistemas. La preocupación no consiste únicamente en que las máquinas puedan reproducir conocimientos desarrollados por seres humanos, sino en que eventualmente alcancen una capacidad para mejorar procesos, automatizar decisiones y realizar actividades intelectuales con una velocidad que dificulte establecer mecanismos de supervisión.
De continuar esa aceleración sin medidas de seguridad adecuadas, sostienen quienes advierten sobre estos riesgos, los seres humanos podrían perder progresivamente la capacidad de mantener bajo control algunas de las herramientas que ellos mismos desarrollaron.
Otro componente del problema es la enorme cantidad de información que las personas colocan diariamente en internet: fotografías, textos, datos personales, preferencias, ubicaciones y otros registros alimentan un ecosistema digital del que también se nutren los sistemas automatizados.
Hernández señala que los propios usuarios participan de ese proceso al compartir datos cuya circulación posteriormente resulta difícil de controlar, situación que incrementa las posibilidades de suplantación, manipulación de imágenes, reproducción de textos y otros usos no autorizados.
Las advertencias sobre una eventual catástrofe causada por la inteligencia artificial forman parte de un debate más amplio dentro de la industria tecnológica.
Frente a quienes consideran que estos sistemas pueden acelerar descubrimientos científicos, mejorar la medicina, aumentar la productividad y resolver problemas complejos, existen investigadores que sostienen que esas ventajas deben acompañarse de mecanismos estrictos de seguridad, supervisión y regulación para impedir que una herramienta de enorme capacidad termine operando contra los intereses humanos.
La renuncia de Coxon adquirió especial relevancia porque proviene de un investigador que trabajó directamente en una de las empresas protagonistas de la carrera mundial por desarrollar inteligencia artificial avanzada. Su decisión colocó nuevamente sobre la mesa una cuestión que desde hace años divide a especialistas: hasta qué punto resulta responsable continuar incrementando las capacidades de los modelos sin contar previamente con garantías de que permanecerán alineados con decisiones y objetivos humanos.
Ante estas advertencias, la discusión ya no gira solamente alrededor de las ventajas cotidianas de utilizar inteligencia artificial para escribir textos, buscar información, analizar documentos o generar imágenes. El punto central es determinar si existe la capacidad técnica, política y regulatoria para establecer límites antes de que surjan sistemas cuyas decisiones puedan resultar imposibles de detener.
La predicción de una eventual extinción en 5 o 10 años representa uno de los escenarios más extremos del debate, pero sus defensores consideran que la magnitud de las posibles consecuencias obliga a tomar el riesgo con seriedad antes de que resulte demasiado tarde.
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