Por Enrique Abasolo
De todas las guerras que actualmente se libran en el mundo, hay una lo bastante pequeña como para no acaparar los titulares de los medios noticiosos, pero lo suficientemente grave para que nos importe y nos afecte.
De esta guerra que va ya para seis años, la causa justa acaba de anotarse una importante victoria. Empero, el enemigo, de una verdadera naturaleza malsana, lejos de retirarse derrotado, se lanzó ya en una nueva campaña contra la agotada pero estoica resistencia.
Celebramos hace unos días que por fin la justicia había emitido un fallo definitivo en favor de las garantías individuales, del derecho a la libre expresión y de una de una de las plumas más privilegiadas y probas de la letra impresa en nuestro país: El intelectual, académico y periodista, Sergio Aguayo Quezada.
El enemigo es (por si nunca se enteró o no lo recuerda), para deshonra de Coahuila y su capital, el docente tóxico, el profe bailarín, “the master of disaster”, el gestor de la catástrofe y autor de la Megadeuda, el exgobernador Humberto Moreira Valdés.
Sólo como antecedente para los más despistados: Hace más de un lustro que Moreira I. la emprendió contra Aguayo Quezada por los poco favorecedores comentarios vertidos en un artículo.
De acuerdo con el querellante, las opiniones emitidas en un artículo periodístico por el también promotor del derecho y la democracia, mancillaban el honor del ex líder del CEN del PRI.
Moreira exigió a Aguayo Quezada 10 millones de pesos como indemnización (y es que cualquiera se siente mejor con nuevos diez millones de pesos en la bolsa, aunque lo hayan lastimado diciéndole sus verdades).
Y aunque para gente como Moreira Valdés y otros que han desfilado por el servicio público, diez millones de pesos es sólo una cantidad simbólica, para la gente honesta como el doctor Aguayo Quezada es un dolor de cabeza el tan sólo imaginar la forma de reunir dicha cantidad para pagársela a un vivales, como castigo por haber emitido una de las opiniones más autorizadas que se puedan encontrar en la prensa nacional.
Bien, el estira y afloja, como ya le digo, se prolongó durante casi seis años. Hubo momentos en que corruptas autoridades emitieron dictámenes que favorecían a la causa del ex Gobernador, pero en su momento se demostró que dichos jueces tenían conflictos de interés con el demandante, lo que los volvía poco confiables.
También hubo días en que parecía que por fin el analista y escritor se libraría por fin de esta monserga, pero la batería jurídica del mequetrefe volvía a la carga una y otra vez.
Las instancias poco a poco se fueron agotando hasta llegar al máximo tribunal mexicano. La Suprema Corte de Justicia de la Nación canceló la semana pasada la sanción y el doctor Aguayo no tendrá que pagar la reparación de un supuesto daño a una improbable moral.
Pero no se trata de que celebremos este fallo porque don Sergio Aguayo nos caiga bien y Humberto Moreira nos caiga como patada en los testículos. Lo realmente relevante, como el mismo analista dice, es que constituye una victoria en nombre del ejercicio periodístico y la libertad de expresión que, en estos particulares momentos, es doblemente apreciada.
Aunado a la intimidación que el gremio periodístico pueda sufrir por acción de bandas delictivas, cárteles y crimen organizado en general, debemos hoy sumarle la actitud del Gobierno Federal, concretamente la de su titular, el Presidente López Obrador, quien descalifica, denuesta y exhibe ilegalmente a cualquier voz crítica en los medios de comunicación, porque cree sinceramente que es una buena idea que un gobierno le indique al pueblo cuáles medios son dignos de crédito.
Los extrañamientos como bien sabemos, llegaron desde el otro lado del océano, no de una pandilla de países colonizadores como figura en la narrativa presidencial, sino del parlamento de una confederación de estados que son nuestros colegas y socios comerciales, pero como sabemos también, los llamados a la razón fueron desechados con el mayor de los desprecios.
Agreguémosle además a este yermo panorama para la libre expresión, la habitual codependencia de los medios por la publicidad oficial. Queda al final del día un margen muy, muy estrecho para el ejercicio periodístico, y el gran perdedor es el lector, es decir, la sociedad, que se empequeñece más y más frente a un poder que no tiene voluntad de ser revisado, examinado, ni llamado a rendir cuentas.
Vocación la hay. No le quepa la menor duda de esto. Desde el momento de que hay gente dispuesta a perder la vida con tal de llegar al fondo de una verdad, más allá de las versiones oficiales.
Lo que no hay por desgracia son garantías y encima, ahora, un reportero, investigador, periodista, ‘opinador’ tiene que cuidarse, no de la pulcritud de su trabajo (que con acreditar la veracidad de la información que se maneja debería bastar para gozar de inmunidad ante cualquier represalia), sino de que quienes se ven ‘afectados’ o incomodados con su trabajo no amanezcan un día con ganas de escarmentarlos y para ello instiguen a medio México en su contra o bien, decidan interponer una multimillonaria demanda por reparar daños imaginarios a morales inexistentes.
PD.
Más nos tardamos en levantar las copas para brindar por la victoria del Doctor Aguayo que el maligno Humberto Moreira en volver a la carga, con una nueva denuncia por el perjuicio que le ocasionó una investigación hecha por el analista político.
No está a discusión la veracidad de lo consignado en el trabajo de Aguayo Quezada, sólo la manera en que se vio afectada la vida del infame sujeto retratado.
Urge encontrar mecanismos para que el trabajo periodístico encuentre vía libre y sus autores no sean objeto de acoso de quienes se empoderaron gracias a la función y al dinero públicos.
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