Nuevas maneras de practicar las mañas de siempre

ENRIQUE ABASOLO

Las autoridades y legislaturas se han devanado los sesos durante décadas tratando de establecer reglas claras pero sobre todo funcionales, para la expresión democrática por antonomasia: las contiendas electorales.

    Ya ponen un candado aquí, una restricción acá, un tope de gastos acullá. Muchas veces de lo que se ha tratado es de eliminar esa brecha entre funcionarios y ciudadanos que le da a los primeros una desleal ventaja por encontrarse en una posición de poder y con un amplio presupuesto del cual disponer para su promoción, so pretexto de estar cumpliendo con los deberes de su cargo (¡patrañas!).

    Se han llegado a extremos ridículos, como el prohibir a los ciudadanos en general el manifestar públicamente sus deseos de contender en tal o cual elección durante un periodo previo establecido, en el cual nadie puede expresar sus intenciones electorales, so pena de ver perjudicados sus derechos para participar en dicha contienda.

    Es absurdo porque ello atenta contra un derecho superior y constitucional, que es la libre expresión. La intención sin duda era buena, atemperar los ánimos de los calenturientos precoces (principalmente los que ya ocupan un puesto pùblico) que comienzan a hacerse promoción a veces con años de antelación, lo que sin duda tiene méritos para considerarse perjudicial para la democracia y el principio de equidad que se supone debe imperar en unas elecciones.

    El problema es que no siempre tenemos a la gente más brillante tomando las decisiones que a todos atañen y se les hace fácil promulgar leyes y reglamentos sin analizar siquiera si dicha ley se contrapone a una ley superior (me refiero la ley constitucional, no de la Ley de Diosite) o suprime un derecho incancelable, como ya dijimos.

    Una medida que sin embargo siempre aplaudí, fue el prohibir a los gobernantes promocionar sus acciones con el uso de su nombre y rostro en la publicidad oficial. Ésto no pudo llegarnos en mejor momento a los coahuilenses, pues ocurrió durante el sexenio de Humberto “el cholo” Moreira, quien le imprimió su hórrida jeta a cuantos productos regaló durante su administración, y vaya que “el Gobierno de la Gente”, como se denominaba esta nefasta administración , manejaba un catálogo de productos más grande que el de Amazon, desde un lápiz hasta una computadora, desde una taza hasta medicamentos, útiles escolares, agua embotellada y todas esas linduras que seguiremos pagando por multiplicado durante los siguientes 50 años, y todo, absolutamente llevaba estampada la “feis” más “ojéis” de Moreira “Valdéis”.

    Los topes de gastos de campaña se implementaron antes y en teoría se trataba de impedir que el partido oficial (cualquiera que estuviese en el poder y buscando repetir funciones) dispusiera del erario como la caja chica de su campaña. ¡Qué bien!

    Pero, los topes eran diferenciados, es decir, distintos para cada partido y determinados por el porcentaje de votación obtenida en su última contienda. 

Así, el partido que más votos obtenía en determinada elección,  recibía un mayor margen de gasto para su siguiente contienda.

Como era inevitable, solía ser invariablemente el PRI, partido que tradicionalmente acapara todas las posiciones de poder en el Estado, el mismo que tenía posibilidades de gastar más retroalimentando su posibilidad de perpetuarse en el poder como de hecho ocurrió y ocurre.

Pero todos los partidos se dieron su maña para saltarse dichos topes y gastar tanto en su elección como les permitiera el presupuesto asignado, más las aportaciones (voluntarias o cautivas) y lo que le arañasen a las arcas.

Se supone que la autoridad contabiliza todo lo que contribuye a hacer proselitismo, desde una “calca” hasta la presentación de Grupo Pesado en el cierre de campaña. Pero se sorprendería de saber cuántos gastos no son verificables, ni siquiera perceptibles. En fin.

Podríamos tener, no obstante el mejor reglamento electoral de la galaxia y nuestros políticos, con el colmillo que se cargan, encontrarían la manera de burlarlo; hallarían los recovecos legaloides para sortear cualquier impedimento para sus afanes proselitistas.

Hace tiempo se puso de moda un recurso infalible para que un precadidato se vaya caldeando un poco, posicionándose antes de los tiempos establecidos, ya sea porque quiere sacarle la ventaja a sus competidores o bien, porque está tan atrás en las preferencias, que en vez de arrancar con unos pocos puntos de porcentaje, lo hace con un handicap negativo:

Todo lo que hay que hacer es crear una sociedad sin fines de lucro, una fundación, una ONG, una AC. Llámele como usted quiera, es lo de menos y por supuesto, la vocación de esta alianza también es intrascendente.

Una vez inscrita su asociación en el lugar donde se registran todas las asociaciones, es decir, una vez que está legalmente reconocida, el precandidato asume la presidencia, dirección o jefatura de esta organización patito y convoca a los medios a una rueda de prensa, donde comienza a hablar de sus principios, ideales, de su lucha y de esta nueva etapa como activista (¡Ajá, sí, tú! ¡Ándale!).

La asociación comienza a hacer publicidad con la carota y el nombre del político suspirante porque técnicamente no es ilegal. Está promoviendo su movimiento, su “asociación civil”.

Sobra decir que la tal asociación utiliza en su propaganda los colores, las fuentes tipográficas, las palabras y otros elementos que redundarán con el manual gráfico de la campaña. O sea, que es pre-campaña burda, vil y descarada que se realiza con cíclica frecuencia y sobre la cual nadie -como dijo Maussan- hace nada.

Aprovechando además el vacío legal que hay en materia de promoción por internet y redes sociales, los “calefactos” por MORENA para la candidatura a la Gubernatura coahuilense, Ricardo Mejía Berdeja y Luis Fernando Salazar, están descosidos vomitando publicidad sin ningún tipo de recato o restricción; al menos a mí me aparecen materialmente cada vez que abro el Facebook, así que le están inyectando con todo o es que el maldito algoritmo mentado me odia a mí en lo particular. Me inclino a pensar que es lo primero.

Pero la cosa no para en el ámbito digital, también los espacios urbanos están siendo invadidos con la publicidad de estas “causas civiles” (guiño, guiño). La promoción de Mejía Berdeja la firma una presunta “Ciudadanía Libre de Coahuila”, mientras que Salazar utilizó una variante de la misma chapuza: Se inventó una publicación, una revista, que se publicita y ¿quién cree que aparece en la portada? ¡Qué coincidencia! ¡No me lo puedo creer! ¡No me digas que LFS! 

Pues sí, por supuesto, el ex panista ahora líder de “la izquierda más progre”, ‘Luisfer’ Salazar (¡Te dije que no me dijeras, goey!).

¿Espantarme yo? Para nada. Ya le digo: Décadas de priato nos acostumbraron a éstas y otras chapucerías mucho más arteras y descaradas y en honor a la verdad, ese cadáver azulado que es el PAN también se las solía gastar de ésta y otras maneras.

¿Pero qué no se supone que la 4T es un movimiento renovador enemigo de la corrupción y de las viejas mañas “del pasado”? ¿Por qué recurre entonces a las mismas tácticas de la Mafia del Poder, cuando el Presidente se ufana en insistir que “no somos iguales”?

Las preguntas son meramente retóricas, ya que por supuesto nadie sería capaz de darles una respuesta o justificación medianamente racional sin caer en contradicciones o perder la cara producto de la vergüenza y el bochorno.

Resulta hasta una insignificancia para los atropellos y arbitrariedades a las que nos hemos acostumbrado. No deberíamos consentir estos jueguitos por un mero sentido de la decencia, pero la verdad es que la ciudadanía ya hasta lo tiene asimilado como parte del folclore político.

Pero los primeros en abstenerse deberían ser los que enarbolan una bandera de transformación, aunque ya sé que alegar congruencia a estas alturas es hasta risible de mi parte.

Es pertinente preguntar dónde está el árbitro político, la autoridad electoral, a la que tampoco parecen preocuparle estas artimañas, quizás porque en el pasado se las ha tenido que obviar al partido que gobierna esta comarca y ni modo de comenzar a ponerse duros precisamente ahora. Pero pues, qué cómodo cruzarse de brazos y alegar inerme, en total indefensión, pese a ser una autoridad con un presupuesto multimillonario.

El Instituto Electoral brilla tanto por su ausencia que es pertinente preguntarse si todavía existe.

Como es pertinente preguntarse también dónde está la supuesta superioridad moral con que AMLO, su partido y su movimiento, aseguraban que podrían transformar a este País.


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