Por Leopoldo Maldonado
Después de más de una década defendiendo la libertad de expresión desde ARTICLE 19, en los próximos días asumiré la responsabilidad de encabezar la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Organización de las Naciones Unidas. Lo hago con una mezcla de gratitud, humildad y preocupación.
Gratitud por todo lo aprendido de periodistas, personas defensoras, colectivos de víctimas y comunidades que, incluso en los contextos más adversos, siguen creyendo que la palabra puede abrir camino donde la violencia pretende imponer silencio. Humildad porque ningún cargo sustituye la enorme tarea colectiva que supone defender un derecho tan esencial. Preocupación porque llego a una de las épocas más complejas que ha enfrentado la libertad de expresión en las últimas décadas.
Durante mucho tiempo las amenazas parecían relativamente fáciles de identificar. La censura previa, las leyes mordaza, los gobiernos que encarcelaban periodistas, las agresiones físicas y asesinatos. Nada de eso ha erradicado.
En muchos países el periodismo continúa costando la vida. Quienes investigan corrupción, crimen organizado o abusos del poder siguen enfrentando amenazas, desplazamientos y asesinatos. La violencia contra la prensa sigue siendo uno de los mayores fracasos de nuestras democracias.
Pero hoy el desafío es todavía más complejo. Vivimos en un ecosistema informativo donde la conversación pública depende crecientemente de un reducido número de plataformas digitales capaces de decidir, mediante algoritmos opacos, qué contenidos amplifican, cuáles invisibilizan y cuáles convierten en irrelevantes. Nunca tantas personas tuvieron acceso a producir información y nunca tan pocas empresas concentraron tanta capacidad para organizar el debate público.
La inteligencia artificial profundiza esa paradoja. Puede democratizar el conocimiento y ampliar el acceso a la información. Pero también puede convertirse en una herramienta extraordinaria para fabricar desinformación, manipular audiencias, vigilar personas o justificar nuevas formas de censura bajo el argumento de combatir sus abusos.
Defender la libertad de expresión ya no consiste solamente en impedir que un gobierno cierre un periódico. También implica preguntarnos quién controla la infraestructura digital sobre la que hoy descansa buena parte de nuestras democracias.
Frente a ese panorama global, México seguirá ocupando un lugar permanente en mis preocupaciones. No sólo porque continúa siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. También porque la violencia ha terminado por convivir con una forma igualmente corrosiva de normalización. Nos hemos acostumbrado demasiado rápido a que desaparezcan y asesinen a periodistas, personas buscadoras, defensoras de derechos humanos o estigmaticen públicamente a quienes cuestionan al poder.
Me preocupa un país donde la crítica suele responderse con descalificaciones antes que con argumentos. Motivo de atención son los lineamientos de protección a los derechos de audiencias y la posibilidad de que el gobierno decida qué es verdadero o falso. Es motivo de alerta que la conversación pública se polarice hasta el punto de obligarnos a elegir entre lealtades políticas y principios democráticos, como si ambas cosas fueran incompatibles.
Pero hay una preocupación aún más profunda. Me preocupa que terminemos aceptando como inevitable aquello que precisamente debería indignarnos. Que las agresiones contra periodistas dejen de ocupar titulares, las familias buscadoras sigan recorriendo el país casi en solitario y que la desinformación sustituya deliberadamente a los hechos. En suma, que el ruido termine por desplazar a la verdad.
La libertad de expresión nunca ha consistido únicamente en proteger el derecho de alguien a hablar. Siempre ha sido el derecho de todas las personas a vivir en sociedades donde la verdad pueda abrirse paso frente al abuso del poder. Eso fue lo que aprendí acompañando a periodistas que siguieron investigando después de sobrevivir a un atentado. Lo aprendí de quienes entendieron que nombrar la realidad también es una forma de defender la dignidad humana.
Gracias a Artículo 19 por tanto, estoy seguro que seguirá siendo un referente en la lucha por la libertad de expresión y la democracia. Gracias a quienes, todos estos años, depositaron su confianza en nuestro trabajo, por tanta generosidad y apertura de colegas periodistas, y por la amistad de tantos y tantas colegas defensoras de derechos humanos y organizaciones que nos han permitido compartir inquietudes y luchas. Nos seguiremos viendo en un contexto que plantea retos, y por lo mismo, oportunidades.
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