Por Francisco Ortiz Pinchetti
Nos vuelven a sorprender: qué ejercicio de democracia interna nos regala la autollamada Cuarta Transformación. Qué galería de sorpresas donde el pueblo siempre coincide milimétricamente con los caprichos de la cúpula. Y ante tal muestra de transparencia, tenía que saltar la chispa: el Partido del Trabajo decidió armar el berrinche porque descubrió lo que todo México ya sabía: que los dados estaban cargados y que en el reparto del botín los aliados salieron con cara de what.
Resulta ciertamente irónico ver a los jerarcas petistas rasgarse las vestiduras y acusar a Morena de jugar sucio. El mismo partido que lleva décadas bajo el dominio familiar de Alberto «Beto» Anaya —cuyos negocios con los Centros de Desarrollo Infantil terminaron salpicados de cuestionamientos financieros— descubriendo de pronto las mieles del autoritarismo y los dedazos.
¡Ladrón que roba a ladrón…!, reza el refrán popular, aunque en este caso la bronca no es por principios éticos, sino por la escasez de cargos plurinominales, presupuestos garantizados y gubernaturas aseguradas.
Esta simulación autoritaria tiene una larga escuela probada en procesos previos. Las candidaturas de Morena para los comicios de 2021 —en el que se renovaron 15 gubernaturas, la Cámara de Diputados, congresos locales y alcaldías— se definieron a través del método de “encuestas internas”, bajo la coordinación de la Comisión Nacional de Elecciones. Aquel proceso dejó al descubierto los puntos críticos del sistema: una dirigencia que estableció ejercicios demoscópicos opacos para medir una supuesta honestidad, centralizando la facultad absoluta de depurar y filtrar finalistas a pesar de registros masivos. El resultado fue un cúmulo de inconformidades, acusaciones de imposición, y rupturas emblemáticas como las de Guerrero y Michoacán, mientras las candidaturas comunes con el PT y el Verde se plancharon mediante negociaciones cupulares para repartir cuotas de poder.
Ese mismo modelo se replicó en el proceso de 2024, que incluyó la renovación de la Presidencia de la República, el Congreso y nueve gubernaturas estatales. Por un lado, la encuesta madre para la Presidencia se estructuró bajo la tutela de la Comisión de Encuestas y ejercicios espejo privados, concluyendo con la designación de Claudia Sheinbaum en medio de una fractura: el reclamo público de Marcelo Ebrard, quien denunció un fraude monumental en la elección interna y exigió la reposición del proceso ante anomalías sistemáticas, acarreo e intervención oficial, antes de optar por aceptar su permanencia en el bloque.
En la definición de las nueve gubernaturas de ese mismo año, por otro lado, los resultados de los sondeos estatales terminaron subordinados al criterio de paridad de género ajustado por la cúpula, obligando a punteros varones que habían ganado las encuestas —como Ricardo Sheffield en Guanajuato o Ignacio Mier en Puebla— a ceder las posiciones, desatando disputas internas que demostraron que la simulación demoscópica sólo sirve para legitimar decisiones tomadas desde las altas esferas.
Vale mencionar que para perfeccionar el arte de burlar la Ley, Morena ha institucionalizado un eufemismo maestro: en lugar de nombrar candidatos a las gubernaturas —figura estrictamente limitada por los tiempos electorales—, designa formalmente “coordinadores de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional». Con esta etiqueta se disfraza el proselitismo anticipado, permitiendo a los suspirantes recorrer sus entidades hacer gastos sin ningún control y posicionar su imagen al margen de la norma.
Lo más fascinante de esta farsa es que la oposición, incapaz de competir o frenar la maniobra en los tribunales, optó por la salida más cómoda: imitar la fórmula al pie de la letra para ungir a sus propios «coordinadores» bajo denominaciones igual de rimbombantes. Cuando el adversario se limita a calcar la trampa, la política se reduce a una cínica carrera por ver quién inventa el mejor rodeo para violar la Ley.
Y es que así opera la comedia de enredos de la 4T. Venden la falacia de que las candidaturas se deciden mediante encuestas científicas, cuando la realidad operativa funciona con la precisión de una taquería priista. Los coordinadores aparecen palomeados por oficinas secretas que apuntan a Palacio Nacional, mientras las mesas técnicas prometidas en los acuerdos de coalición se quedan esperando en el limbo administrativo.
Este sainete tiene, sin embargo, el destino predecible de las bodas convenidas por interés presupuestal. Tras el pataleo y los desplegados estridentes, acabarán por seguir juntos una vez que los chantajes del PT queden satisfechos, como ha ocurrido en su historia de sobrevivencia parasitaria.
El PT no da paso sin huarache. Su trayectoria está construida sobre ese modelo de negocio: el chantaje político como divisa de supervivencia. Amenazan con fracturar el bloque, patalean en desplegados, recuerdan su fidelidad a la izquierda y exigen encuestas espejo, todo para aceptar las migajas presupuestales que les arrojen. Saben perfectamente que, abandonados a su suerte en las urnas, no ganarían ni la rifa de un boleto del metro, de modo que su rebelión es el clásico zapateo previo al reparto de cuotas.
En la cúspide de este pulso, la advertencia lanzada por la bancada petista en San Lázaro —»No los podremos hacer ganar, pero sí los podemos hacer perder en 12 estados»— desnuda la verdadera naturaleza de su lealtad táctica: un matrimonio de conveniencia sostenido por la amenaza mutua y la extorsión política, muy lejos de la afinidad ideológica que pregonan.
Mientras tanto, en las conferencias matutinas se despacha una dosis diaria de sofismas, donde el dedazo se disfraza con la retórica de que los vicios del pasado se extinguieron por decreto. Y, claro, la congruencia brilla por su ausencia, los convenios se ignoran con gracia y el bloque gobernante demuestra que heredó las mañas del régimen al que tanto criticaban, pero perfeccionadas con un toque más cínico. Las ocurrencias cotidianas sólo sirven para maquillar una realidad: la simulación es la regla, la opacidad es el método y el negocio del chantaje siempre encuentra… su tarifa. Válgame.
De la libre-ta
DOBLETES. Al final, mientras se apresuran reformas para prohibir la doble nacionalidad en las boletas bajo el purismo patriótico de ocasión, el verdadero expediente que urge restringir es el de la doble moral: esa que permite exigir lealtad ideológica en tribuna mientras se negocian cuotas bajo la mesa. Vaya.
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