Isla de Pascua, Chile. 07/07/2025 (Más) – En la cima de un volcán inactivo, una cantera antigua guarda cientos de figuras talladas en piedra que parecen mirar al vacío. Entre ellas camina Maria Tuki, descendiente directa de quienes tallaron estas monumentales estatuas humanas conocidas como moái, íconos de la cultura rapanui y símbolo de una civilización que floreció en uno de los lugares más aislados del planeta: la isla de Pascua, o Rapa Nui, a 3 mil 500 kilómetros de la costa chilena.
En su recorrido por el cráter Rano Raraku, Tuki observa cómo estas figuras —que una vez fueron símbolos de conexión con los ancestros y el cosmos— se deterioran lentamente. “Mi padre me dijo que los moái volverían al océano algún día”, recuerda. Su padre, fallecido en 2020, fue un reconocido escultor contemporáneo de moái. La predicción parece volverse realidad.
Talladas principalmente entre los siglos XI y XVII, estas estatuas de toba volcánica —una roca blanda formada por ceniza comprimida— muestran signos avanzados de erosión. Más de mil moái permanecen en distintas etapas de construcción o erigidos en sus plataformas ceremoniales (ahu), la mayoría de ellas mirando al mar. Pero el paso del tiempo, el cambio climático, los incendios, el guano de las aves y hasta el contacto de animales han acelerado su desgaste.
El daño es evidente: grietas finas, cavidades, manchas de líquenes y pérdida de volumen. Un incendio en octubre de 2022 calcinó alrededor de 80 moái en Rano Raraku. El daño fue calificado por autoridades como “irreparable”. Según la Unesco, los moái están entre los sitios patrimoniales más amenazados por el cambio climático. El aumento del nivel del mar y el oleaje extremo ponen en peligro las estatuas costeras, que representan más del 90 % de los monolitos en pie.
Daniela Meza Marchant, conservadora principal del Parque Nacional Rapa Nui —gestionado por la comunidad indígena Ma’u Henua—, afirma que el deterioro se ha acelerado en las últimas cinco décadas. Las lluvias son ahora más intensas pero esporádicas, erosionando más rápidamente la piedra porosa.
El grupo Ma’u Henua, en colaboración con expertos de la Universidad de Florencia y la Unesco, ha comenzado trabajos para salvar al menos cinco de los moái más dañados por el fuego. Las acciones incluyen la aplicación de soluciones químicas que limpian el hollín y fortalecen la piedra, el uso de cubiertas para protegerlos de la humedad y escaneos 3D con drones para monitorear su desgaste.
Estas intervenciones se inspiran en experiencias pasadas. En la década de 1970, el arqueólogo William Mulloy lideró proyectos de restauración. En los 90, los moái de Tongariki —derribados por un tsunami en 1960— fueron reconstruidos. Sin embargo, no todos los intentos fueron exitosos. En 1986, investigadores alemanes dañaron estatuas al hacer moldes de silicona que alteraron su color y desprendieron capas de piedra.
Para evitar errores y ganar autonomía, Ma’u Henua busca establecer un protocolo de conservación que permita actuar sin requerir permisos para cada intervención. “Cada agujero, cada pequeño mantenimiento, requería un permiso especial”, explica Ariki Tepano Martin, presidente del grupo. El nuevo proyecto busca que los cinco moái restaurados sirvan como modelo para futuras intervenciones.
Sin embargo, no todos los rapanui comparten el objetivo de salvar los moái a toda costa. Algunos creen que su deterioro forma parte del ciclo natural de la piedra y que deben regresar a la hanua, la tierra. “Muchos creen que los moái deberían ser enterrados y desaparecer”, dice Dale Simpson Jr., arqueólogo de la Universidad de Illinois.
Otros argumentan que deben preservarse por su valor cultural, espiritual y económico. “Su preservación no es solo deseable, sino absolutamente imperativa”, asegura Claudio Cristino-Ferrando, arqueólogo de la Universidad de Chile. “Los moái no son solo rocas antiguas, son testigos de la llegada de los ancestros polinesios a la isla”.
Tuki y su esposo, ambos dedicados al turismo, admiten que algunos lugareños consideran que ciertas estatuas podrían estar mejor protegidas en museos. La famosa estatua Hoa Hakananai’a, por ejemplo, fue llevada al Museo Británico en 1868. Aunque muchos exigen su repatriación, otros creen que está más segura allí, custodiada por tecnología y protegida de los embates del clima.
Más allá del debate entre conservación y retorno a la tierra, Ma’u Henua apuesta por mantener viva la tradición escultórica. Frente al aeropuerto de Rapa Nui, algunos moái modernos —tallados por el padre de Tuki— dan la bienvenida a los visitantes. Otros han sido enviados a Chile continental, España y Japón como embajadores culturales.
“No se trata solo de proteger los moái; los protegemos para garantizar la preservación de nuestro pueblo en esta isla”, afirma Tepano Martin. “Nuestra cultura sigue viva. Y podemos preservar la tradición de nuestros antepasados creando algo nuevo”.
En Rapa Nui, la piedra respira historia. Pero también plantea preguntas urgentes sobre identidad, memoria y futuro. ¿Salvar los moái o dejar que cumplan su ciclo natural? La respuesta, como ellos mismos, está tallada en la roca y en el tiempo.
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