La serie «El cártel de los sapos» influyó en la dinámica interna del Cártel de Sinaloa, incitando traiciones y colaboraciones con la DEA que han debilitado al grupo. Se destacan las capturas de líderes importantes como «El Chapo» Guzmán y «El Mayo» Zambada, y se sugiere que algunas de estas detenciones fueron producto de negociaciones con el FBI
Por Julián Andrade
Hace algunos años, Caracol Televisión transmitió “El cártel de los sapos”, que es la recreación de la autodestrucción del grupo criminal del Norte del Valle en Colombia.
La historia la escribió Andrés López “Florecita”, quien estuvo metido en el traqueteo y pasó un tiempo en prisión, donde encontró una vocación de guionista de buena pluma y calidad.
La trama se centra en la serie de delaciones que alentó la DEA y que terminaron en enfrentamientos entre los distintos jefes del clan que sobrevivieron a la caída de los hermanos Rodríguez Orejuela y al encumbramiento de un personaje por demás violento, Wilson Valera “Jabón”.
Los incentivos para los bandidos eran fundamentalmente dos: salvar la vida y pagar condenas cortas en Estados Unidos, a partir de acuerdos de colaboración con las autoridades, que les permitieran conservar recursos.
Esto viene a cuento porque en el Cártel de Sinaloa quizá estén experimentando una etapa similar a la de Los Sapos, donde las traiciones irán moldeando el futuro de esa organización.
Sus dos jefes más importantes están en prisión: Joaquín “El Chapo” Guzmán e Ismael “El Mayo” Zambada. A ellos hay que sumar a Ovidio y a Joaquín Guzmán López, y antes de ellos a Vicente Zambada Niebla y Jesús Reynaldo “El Rey” Zambada, hijo y hermano de “El Mayo”.
El propio “Chapo” Guzmán estaba convencido de que la serie colombiana tenía financiamiento de la DEA, ya que metía “malas ideas” a los maleantes sobre la factibilidad de convertirse en colaboradores de la agencia antidrogas a cambio de ciertos márgenes de impunidad. Sus temores, por lo visto, fueron acertados en lo que respecta a su organización.
Visto en perspectiva, se trata de un proceso de larga duración, en el que han participado autoridades mexicanas y agencias de seguridad de Estados Unidos como la DEA y el FBI.
Esto no quiere decir que se terminó con la organización sinaloense, ni mucho menos, ya que es una de las estructuras criminales más poderosas, pero sí les está causando mella una serie de contratipos que iniciaron antes de las capturas y las fugas de “El Chapo” Guzmán.
La inquietud, por demás razonable, de analistas de seguridad, es qué derivará de las más recientes capturas, en el entendido de que en el caso de Joaquín Guzmán López se trató de una entrega, producto de una negociación con el FBI en la que también se acordaron ciertos beneficios para Ovidio Guzmán López.
El misterio que persiste es cómo fue que “El Mayo” Zambada terminó en el mismo operativo y si iba como participante en la rendición o como una suerte de ofrenda para quienes llevaban persiguiéndolo por décadas.
El esclarecimiento de la captura no solo tiene la finalidad de la comprensión de lo ocurrido, sino que puede significar que arrecie la pugna entre grupos, o que sea una especie de retirada de algunas de las familias que han coordinado el negocio.
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