Ciudad de México, 4 dic. A lo largo de la historia han existido miles de mujeres con altas capacidades intelectuales y potencial extraordinario, pero muchas permanecieron invisibles o desconocidas. Aunque solo en el ámbito científico hay 17 mujeres que han recibido el Premio Nobel, pocas personas pueden nombrar a más de dos o tres.
Las altas capacidades, definidas por Javier Tourón y Steven Pfeiffer como un conjunto de características cognitivas, motivacionales, creativas y personales que permiten un rendimiento superior, están presentes entre un 10 % y un 15 % de la población, y alrededor del 2 % corresponde a superdotados.
Sin embargo, desde niñas, muchas mujeres aprendieron a ocultar su talento para encajar y evitar ser etiquetadas como sabelotodo, bajando sus calificaciones e incluso fingiendo intereses que no eran realmente los suyos.
El portal de El País expuso que mientras los niños superdotados suelen ser vistos con curiosidad o admiración, a las niñas se les exige discreción, simpatía y conformidad, lo que contribuye a que pasen desapercibidas hasta la adultez.
Se tiende a vincular el alto rendimiento académico con áreas masculinizadas como ciencia y matemáticas, mientras que los talentos femeninos tienden a expresarse en ámbitos sociales, creativos o lingüísticos que reciben menor valoración. El resultado es que muchas mujeres llegan a evaluarse por altas capacidades solo después de detectar rasgos similares en sus hijos, buscando respuestas a una vida marcada por interrogantes, soledad e incomprensión.
En consulta, especialistas observan que la mayoría de las mujeres que se evalúan lo hacen tras la identificación de un hijo con altas capacidades. Al ver paralelismos, deciden dar el paso.
No pocas rompen en llanto al recibir el diagnóstico, porque les ofrece respuestas a décadas de sentirse diferentes, hiperexigentes, perfeccionistas o necesitadas de estímulos intelectuales constantes. Muchas han aprendido a negar sus intereses desde niñas para no destacar en el aula y encajar socialmente, lo que provoca deterioro emocional acumulado.
Con frecuencia, las mujeres están más implicadas en la educación de sus hijos, lo que facilita el proceso de conciencia personal a través del acompañamiento escolar.
El problema comienza en la escuela: la falta de identificación temprana afecta más a niñas que a niños. Las niñas se portan bien y no siempre muestran calificaciones extraordinarias, lo que retrasa su detección.
Cuando intentan adaptarse a un entorno que no las estimula, pueden desarrollar síntomas psicosomáticos como dolores de cabeza, gastritis, afecciones de piel o ansiedad silenciosa.
Estas señales rara vez se expresan en conductas disruptivas, a diferencia de muchos niños, que manifiestan incomodidad a través de rebeldía, distracción o problemas de conducta que fomentan evaluaciones tempranas. Así, las familias buscan ayuda primero para los varones, dejando a muchas niñas sin diagnóstico durante años.
La invisibilidad no es casual: cuando las mujeres son finalmente diagnosticadas en la vida adulta, buscan resignificar su historia, comprender su diferencia y liberarse de culpas.
Algunas se preguntan para qué sirve saberlo a estas alturas, y la respuesta está en entender la propia trayectoria vital desde el autoconocimiento, sanar heridas y reconstruir autoestima.
El desafío ahora es acompañarlas para que no traten de encajar en moldes ajenos, sino que aprendan a valorar su potencial intelectual sin disculpas ni miedo a destacar.
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