Apuntes para el insomnio
Manuel Fragoso
Ni en sus más exagerados sueños húmedos, los gobernantes de cualquier país ciudad o municipio imaginaron que llegarían a tener el control total de las masas por medio de cámaras de video en vivo.
En la novela titulada 1984 del genial George Orwell, realizada entre 1947 y 1948 y publicada el 8 de junio de 1949, Owen nos habla de la intromisión del estado en la vida del ciudadano común. Dicha novela introdujo los conceptos del omnipresente y Gran Hermano vigilante con fines represivos.
Muchos analistas detectan ciertos paralelismos entre la sociedad actual y el mundo ficticio de Owen, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en una sociedad orwelliana, o sea “una sociedad donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva para la represión política y social”.
Hay ciudades como Aguascalientes, Puebla, Guadalajara y ciudad de México que cuentan con un equipo de vigilancia por cámaras urbanas, pero no hay –al menos que se sepa- investigaciones serías que informen si ha sido benéfico para la ciudadanía tener ese tipo de vigilancia. Se podría aducir que una red de cámaras en las calles de la ciudad y otros espacios públicos aumenta las probabilidades de atrapar a delincuentes en video, pero a la vez genera una serie de situaciones que hay que examinar cuidadosamente.
En Londres se cuenta con un extensivo y sofisticado sistema de vigilancia, que combina más de siete millones de cámaras, retenes y lectores de placas para monitorear la ciudad. Es hoy uno de los sistemas de vigilancia más avanzados en el mundo pues permite rastrear a cualquier persona que entre, salga o camine por la ciudad. Más, sin embargo, los residentes dudan de la efectividad de este sistema pues en 2008, “solo se resolvió un crimen por cada 1,000 cámaras”, en la actualidad dichas cámaras están distribuidas en toda Gran Bretaña y tuvieron un costo para la ciudadanía de 800 millones de dólares. Con todo ello, en 2024, el 40% de los delitos registrados en Inglaterra y Gales quedaron sin resolver.
En los últimos cuatro años, según el grupo de libertades civiles Big Brother Watch, Nueva York es vigilada por más de 18,000 cámaras de seguridad que son monitoreadas las 24 horas del día por la policía. Esto tiene un costo para los ciudadanos de más de 350 millones de dólares. Chicago tiene 36 mil y 22 mil de sus federaciones, la ciudad de Orlando tiene el mejor programa de reconocimiento facial con Amazon Web.
Mientras tanto en nuestra ciudad, según la página del C3 Centro de Control y Comando, actualmente se cuenta con 800 cámaras urbanas activas, con 2 casetas móviles de vigilancia, con 2 unidades móviles equipadas con drones tácticos y cámaras con visión térmica de 360º, aunque hay proyecciones para sumar 500 más con reconocimiento facial. Las autoridades sostienen que la videovigilancia es crucial para prevenir delitos y reaccionar rápidamente. Con estas cámaras activas, se ha reportado la detención de múltiples personas que han sido captadas cometiendo algún tipo de delito.
Pero si las reglas no son claras, los ciudadanos se enfrentan a hecho contundentes: Violación de la Intimidad, al monitorear nuestros espacios públicos puede resultar en la grabación constante de ciudadanos, lo que limitaría su anonimato. También puede haber un alto riesgo de que las imágenes se utilicen para fines de acoso o vigilancia indebida. Podría haber caso de perfilamiento racial, pues estudios sociológicos muestran que las cámaras a menudo se enfocan más en zonas de bajos ingresos. Y, por supuesto el efecto «Panóptico», que es la sensación de estar siendo observado todo el tiempo y esto puede alterar el comportamiento ciudadano y limitar su libertad.
Para que el uso de cámaras sea ético y legal, generalmente se deben cumplir ciertos requisitos, solo personal autorizado debe acceder a las imágenes, salvaguardando los datos personales, las cámaras son herramientas éticas siempre que su uso sea proporcional, transparente y regulado, garantizando que el fin de seguridad no sepulte el derecho fundamental a la intimidad.
Y va de nuevo, ¿Perdemos intimidad por seguridad? ya lo dijo el señor Benjamín Franklin: «Quienes renuncian a la libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad». O sea que finalmente ¿Estaremos cambiando nuestra libertad por una falsa ilusión de seguridad?
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