POR ENRIQUE ABASOLO
Uno de los monólogos más memorables de la historia del cine es el llamado “Lágrimas en la Lluvia”, que pronuncia el replicante Roy Batty (Rutger Hauer), hacia el final del “sci-fi-noir” de Ridley Scott, “Blade Runner” (1982).
El personaje en cuestión es un androide, la réplica artificial de un ser humano que llega al final de su vida útil (literalmente, se le agota la batería) y, contrariado por la brevedad de la existencia, dice:
“He visto cosas que ustedes, las personas, no podrían imaginar: Naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto los rayos C resplandeciendo en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.
Aunque como espectadores, no sabemos qué son los rayos C, o qué es la Puerta de Tannhäuser, toda la trama y el devenir del personaje nos conducen a deducir que se trata de portentos de orden cósmico, accesibles únicamente a los ojos de estos seres diseñados para explorar los confines siderales.
La puesta en escena, pero, sobre todo, la portentosa actuación de Hauer, consiguen que estas líneas no resulten ridículas y que uno considere seriamente la posibilidad de tales prodigios interestelares.
Con la misma gravedad con que el replicante suelta estas reflexiones antes de expirar su último aliento de vida artificial, un buen amigo me soltaba con solemnidad su consternación:
“He visto cosas que jamás imaginé: Vi a Maradona meter el mejor gol de la historia en el Mundial de México; vi caer el Muro de Berlín; vi a un negro convertirse en presidente de los Estados Unidos; vi al hombre más rico del planeta salir a dar el primer viaje recreativo al espacio; vi a mi hija dar sus primeros pasos y graduarse como profesionista… pero a lo que no puedo dar crédito es a lo que sale todos los días de la conferencia mañanera de AMLO”.
No es mi amigo dado a las hipérboles dramáticas, por lo que asumo que me lo dice muy en serio; divertidamente en serio.
Es en efecto un poco para acalambrarse, que el presidente del País en el que uno paga impuestos -y es por coincidencia el mismo en el que tiene fincada su vida y la de sus seres amados-, se caracterice por un discurso que a veces parece retrógrado, otras abiertamente cínico, delirante por momentos, rancio, socarrón, indolente y no pocas veces esquizofrénico.
Mientras mi amigo me externa su preocupación, voy elaborando mi tesis en respuesta para tranquilizarlo un poco y para tranquilizarme yo también, la verdad dicha sea de paso.
En realidad, creo que, salvo en los regímenes más autoritarios (auténticas dictaduras militarizadas), los presidentes no son la última instancia de la autoridad. Quizás en el organigrama burocrático sí, pero por encima de ellos hay intereses superiores (capitales, corporaciones, inversiones transnacionales); hay adhesión a pactos y compromisos con la comunidad internacional, una opinión pública, la prensa internacional, ¡ah, y una esposa! (Angela Merkel hasta dos tiene). Créamelo o no, todos estos candados evitan que los tiranillos de a peso se deschaveten por completo. No pueden cambiar drásticamente las reglas del juego o reinventarse la forma de gobierno, ni desgraciar las cosas por completo porque perjudicaría a mucha gente muy poderosa. Así que por más disparates que larguen, en realidad no se les permitiría salirse de un cierto margen de acción que es más bien limitado.
Y le ponía el caso de Donald Trump. Ese horrendo ser hizo también como candidato muchas promesas irrealizables; aseguró rompimientos con las formas, los protocolos y los compromisos que en realidad no estaban en sus manos llevar a cabo. Así que prefirió dar la nota con acciones pequeñas y ridículas para mantener entusiasmado a su segmento de electores. Mucho ruido, poca sustancia. El día que de verdad amagó la vida democrática de su País, el día de la Toma del Capitolio, se escondió debajo de la mesa, se desdijo y se deslindó del movimiento.
Pues en ese mismo tenor, AMLO dice, AMLO señala, AMLO acusa. AMLO asegura, AMLO afirma, AMLO sostiene, AMLO manifiesta y AMLO garantiza. Sus declaraciones a estas alturas son más huecas que cabeza de Tik-Toker y para darle crédito hay que estar en cualquiera de los extremos en una escala que va de la adoración sectaria al miedo más fóbico e irracional.
A mi amigo le provoca azoro la vacuidad de la administración de Andrés Manuel López, en la cual no alcanza a distinguir ni el más tenue esbozo de proyecto.
Y creo que en esto también se equivoca. López Obrador tiene un proyecto a no dudar: No es económico, ni es social, por desgracia; no es productivo, ni es por supuesto educativo. Tiene un proyecto, pero sólo es político. Electorero y político.
Todas las acciones o inacciones de su administración están encaminadas a la consolidación de un partido de Estado, a la concentración del Poder político y legal; y al total y más absoluto control presupuestario.
Mientras trabaja en ello, las declaraciones absurdas que prodiga desde su púlpito matinal cumplen el inequívoco, pero bien calculado propósito de mantenernos a todos enfrascados en un debate estéril, mientras en la mayor discreción construye los andamios de su quimera: un régimen totalitario en el que su juicio es la incuestionable brújula, política, económica, científica, estética, moral y hasta espiritual.
Afortunadamente, el tiempo no le va a alcanzar. En parte porque es un lento y pesado dinosaurio con patas lodosas que no sabe moverse en un mundo vertiginoso; también porque luego de 18 años de campaña perdió completa noción del valor del tiempo. Así nos lo hace sentir, como que un día es exactamente igual al anterior: Un día más, otra mañanera, una nueva gansada que acapara titulares, provoca memes e indignación y luego se disuelve, antes de la nueva declaración que reiniciará este ciclo sin fin ni propósito. Pero como jefe del Ejecutivo, sus días deberían tener por lo menos 28 horas y en cada uno agotar las maneras de dejar un legado perdurable.
AMLO en cambio ha preferido dejar ir lastimosamente la oportunidad inédita que tuvo para esto, tirando por el caño su fabuloso e insólito capital político y con éste las esperanzas que la Nación, en una amplía y democrática mayoría, le depositó.
Todo esto se habrá perdido para siempre, como lágrimas en la lluvia.
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