En Baja California existe una célula policial con una misión poco común y resultados llamativos: la Unidad de Enlace Internacional (UEI), un equipo especializado que rastrea, ubica y detiene a fugitivos —principalmente estadounidenses— que cruzan a México para ocultarse, y que en cuestión de horas los coloca nuevamente bajo custodia de autoridades de Estados Unidos. Con más de dos décadas de operaciones, la corporación suma más de 1,500 capturas, casi todas de ciudadanos de ese país, gracias a un modelo basado en inteligencia, coordinación transfronteriza y procedimientos de entrega exprés en los cruces fronterizos.
La nota original en la que se basa este reportaje fue publicada en el portal de BBC en español.
Un modelo fronterizo: inteligencia, equipos reducidos y entregas “en caliente”
La UEI trabaja en estrecha colaboración con agencias federales estadounidenses —FBI, DEA y, de forma especialmente cercana, el Servicio de Alguaciles (US Marshals)— que solicitan apoyo cuando detectan que un prófugo cruzó hacia México. La información sensible —rastros de una cuenta bancaria, el registro de una IP, una señal de celular— se comparte porque las autoridades de EE. UU. no tienen jurisdicción en territorio mexicano. A partir de esos indicios, la UEI diseña un plan de vigilancia y captura.
A diferencia de los operativos masivos contra el narcotráfico, este trabajo se ejecuta con equipos pequeños y discretos: agentes en vehículos sin insignias y ropa civil realizan seguimiento, confirman patrones y, cuando el objetivo es localizable, lanzan un cerrojo rápido. Se identifican como policías, inmovilizan al prófugo y lo conducen de inmediato a un puerto fronterizo. Allí, el retorno ocurre por la vía migratoria: no se judicializa el arresto en México, sino que se asume una estancia como turista vencida (más de los 90 días permitidos) y se realiza la devolución. Del otro lado, agentes estadounidenses ya aguardan para asumir la custodia y trasladar al detenido al sitio donde se le requiere.
Este engranaje —que incluye capacitación táctica e inteligencia con sello estadounidense para mandos y coordinadores— ha construido una relación de confianza poco habitual en el ecosistema de seguridad binacional. Analistas explican que, frente a la suspicacia que suele existir en EE. UU. por los riesgos de corrupción y debilidades institucionales en México, la UEI se ganó un lugar porque “le encargaron cosas, las gestionaron con éxito y eso edificó confianza”.
Resultados, fama y apodos
El desempeño de la UEI ha sido reconocido a ambos lados de la frontera. En 2022, The Washington Post la retrató como los “gringo hunters” —“cazadores de gringos”—, mote que otros medios retomaron y que incluso inspiró una serie de ficción en Netflix basada en su trabajo. La etiqueta podrá ser polémica, pero da cuenta de algo contundente: se trata de una unidad local con estándares operativos poco usuales y efectividad sostenida en un entorno de alta movilidad transfronteriza.
Abril en Tijuana: la operación que les costó a su mejor agente
El 9 de abril, en Tijuana, la UEI montó un operativo para detener a César Hernández, un hombre de 35 años condenado por asesinato en California que había escapado en diciembre de 2024 durante un traslado carcelario y, después, se refugió en la ciudad fronteriza. A las 14:00 horas, con entradas y salidas de un residencial privado controladas, el equipo irrumpió bajo la coordinación de la agente Abigail Esparza Reyes, una de las figuras más experimentadas de la unidad.
Algo salió mal. Desde el segundo piso de la vivienda en el fraccionamiento Barcelona se hicieron disparos contra el grupo. Los agentes repelieron la agresión, pero el sospechoso escapó por la parte trasera. Una bala hirió de muerte a Abigail Esparza, quien falleció minutos después en un hospital. El objetivo huyó —incluso llegó a brincar techos desnudo, según reconstrucciones periodísticas— hasta hallar ropa en un vehículo y alejarse a pie. Días más tarde fue capturado en otra zona de Tijuana, pero el golpe ya estaba dado: la pérdida de Esparza quedó como la herida más dolorosa en más de 20 años de operaciones exitosas de la UEI.
Las muestras de respaldo cruzaron la línea internacional. La Oficina del Alguacil de San Diego la despidió como un “pilar de carácter excepcional y dedicación al servicio de su comunidad”. Los US Marshals organizaron un evento y una carrera a beneficio de su familia; en México hubo un homenaje oficial con presencia de autoridades estadounidenses. Ese “hermanamiento” ilustra, otra vez, el nivel de cooperación que la unidad ha tejido con sus contrapartes del norte. Tras la tragedia, la UEI dejó de aparecer en medios; a una solicitud de entrevista de BBC Mundo, no respondió.
Lo que hace única a la UEI (y lo que no existe en el resto del país)
A nivel federal, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) confirma que hay colaboración con EE. UU. en solicitudes de detención —incluso con capturas relevantes, como la de una persona incluida en la lista de los 10 más buscados del FBI en marzo—, pero aclara que no existe una unidad nacional especializada en extranjeros con un perfil operativo equiparable al de la UEI de Baja California. En la frontera este, Chihuahua cuenta con otra célula que persigue a prófugos estadounidenses para entregarlos por Texas, aunque su actividad es menor en comparación con Tijuana.
¿Por qué este modelo está tan anclado a la franja noroeste? Porque ahí la vida transfronteriza es cotidiana. Tijuana y San Diego comparten dinámicas económicas, laborales y familiares; hay miles de cruces diarios y una ciudad —Tijuana— lo suficientemente grande y heterogénea como para diluir a un recién llegado. En ese ecosistema, la UEI aprovecha su cercanía con la línea para ejecutar capturas y entregas “en caliente”, acortando tiempos y reduciendo ventanas para fugas.
¿Por qué tantos fugitivos eligen México?
Aunque México ha diversificado su población extranjera, los estadounidenses siguen predominando: hoy rozan los dos millones. Analistas señalan tres factores que hacen del país un refugio “cómodo” para quien huye de la justicia estadounidense: instituciones más frágiles para investigar, una cultura hospitalaria hacia los extranjeros —en un país turístico donde rara vez se cuestiona el pasado de quien llega— y un costo de vida que permite mantenerse con menos recursos. A esto se suma la frontera más transitada del mundo, con comunidades “homogeneizadas” y abundante doble nacionalidad; para alguien que escapó de California, Tijuana puede sentirse familiar y ofrec er redes de apoyo.
No es un fenómeno nuevo: además de los prófugos por delitos comunes, la historia registra migraciones por motivos de persecución, como la de miles de mormones que en el siglo XIX cruzaron a México cuando se reprimía la poligamia en EE. UU. Esa memoria colectiva abona a la idea —no siempre exacta— de que México es un lugar seguro para rearmar la vida.

Alcances y límites: qué casos sí, qué casos no
La mayoría de las carpetas que persigue la UEI se relaciona con delitos graves cometidos por individuos —asesinatos, violaciones, violencia, fugas carcelarias—, no con integrantes orgánicos de grandes redes del narco. Cuando el objetivo forma parte de una estructura criminal transnacional, suele entrar en la “bolsa de protección” que brindan esas organizaciones, a veces con autoridades cooptadas, lo que frena la cooperación con EE. UU.
Además, el diseño institucional marca fronteras claras: en México, los delitos de narcotráfico son competencia exclusiva federal. Para corporaciones locales como la UEI, eso implica no poder proceder contra sospechosos ligados al trasiego si no existe una orden local. De hecho, en Baja California abundan personajes catalogados como “prioritarios” por narcotráfico que no tienen mandamientos de aprehensión estatales; la ironía que circula entre agentes es que, si quisieran, podrían hasta tramitar una licencia de conducir sin mayor tropiezo.
¿Exportar el modelo?
Hay enclaves con alta presencia de estadounidenses —San Miguel de Allende, la ribera de Chapala o la Ciudad de México—, pero no replican la lógica fronteriza de Tijuana. Allí predominan perfiles de turismo y retiro, no tanto prófugos recién llegados que se “pierden” entre flujos cotidianos. Por eso, expertos ven sentido en replicar una unidad tipo UEI solo donde la incidencia lo amerite: estados con fuerte tránsito binacional y evidencia de que delincuentes cruzan para esconderse. En otros territorios, el costo-beneficio no justificaría un equipo especializado.
En la práctica, la UEI de Baja California se ha convertido en un engrane operativo clave del lado mexicano para un capítulo específico de la cooperación con Estados Unidos: localizar, detener y devolver a prófugos norteamericanos con una mezcla de inteligencia, velocidad y coordinación que rara vez se observa en otras corporaciones locales. Su historia reciente también recuerda los riesgos del oficio —la muerte en servicio de la agente Abigail Esparza— y los límites de lo posible en un país donde el combate al crimen organizado se reserva a la Federación. Entre el reconocimiento y la reserva mediática, la unidad sigue haciendo aquello para lo que fue creada: impedir que quienes huyen de la justicia al norte encuentren en Tijuana un escondite duradero.
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