Por Francisco Ortiz Pinchetti
Ante el panorama cada vez más aterrador que nuestro país tiene por delante, lo peor que puede ocurrirnos es la resignación. Bajar la cabeza y darnos por vencidos sería el fin de nuestros anhelos y esperanzas democráticas. Así de grave.
Lo que me hizo visualizar claramente esa amenaza fue la intervención de un especialista de la UNAM, doctor en Ciencia Política por el Colegio de México, en un ciclo de conferencias sobre “Nuevas rutas y retos de la transparencia, el acceso a la información y la protección de datos personales” organizado por la UNAM hace unos días.
Según el doctor Khemvirg Puente Martínez, profesor titular de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional, el mayor peligro que acecha a los sistemas democráticos contemporáneos no reside de manera exclusiva en la proliferación de noticias falsas, la manipulación de datos o en la desinformación organizada que inunda las redes sociales, sino en la paulatina resignación de sus ciudadanos. Un fenómeno silencioso, alerta, que se traduce en la preocupante actitud de agachar la cabeza ante las dinámicas del poder.
Explica que cuando las comunidades se convencen de que sus opiniones y acciones carecen de la capacidad real de transformar su entorno, la estructura democrática comienza a experimentar un proceso de “vaciado interno” donde permanecen las siglas institucionales, pero la energía cívica desaparece por completo.
Y esta inercia destructiva es el verdadero enemigo de las libertades públicas en el siglo veintiuno.
En su ponencia, intitulada “Transparencia legislativa y parlamento abierto”, Puente Martínez analiza con lucidez cómo la combinación entre la pérdida de confianza en las instituciones públicas, la polarización política inducida y el secuestro de la atención social mediante dispositivos digitales colocan al ciudadano en una condición de simple paciente de las decisiones gubernamentales, en lugar de consolidarlo como un agente activo del desarrollo estatal.
Su análisis no es una advertencia teórica ni un ejercicio de retórica académica; es una radiografía exacta del momento de postración que atraviesa el país, donde la indolencia colectiva se ha convertido en el mejor aliado del autoritarismo rampante. Frente a la desinformación generalizada, asegura, “un individuo mantiene la posibilidad latente de modificar su perspectiva, instruirse, contrastar fuentes e involucrarse de nueva cuenta en las discusiones colectivas de su comunidad”. Sin embargo, la resignación opera de una manera mucho más profunda y destructiva en el tejido social: anula el intento mismo de participación y liquida la esperanza de cambio.
El entramado democrático actual requiere, por tanto, una ciudadanía con la disposición de detenerse, escuchar, informarse y procesar los asuntos públicos de forma colectiva, virtudes que se han vuelto escasas en un ecosistema saturado de estímulos superficiales y distractores tecnológicos cotidianos.
Me parece que en el México de hoy esta advertencia adquiere una urgencia dramática. Asistimos, bajo una suerte de apatía colectiva, al desmantelamiento sistemático de los contrapesos democráticos y a la captura institucional por parte de un oficialismo absoluto que no admite disidencias ni equilibrios constitucionales. Lo verdaderamente preocupante en nuestra actualidad nacional no es sólo la velocidad vertiginosa con la que se imponen reformas constitucionales que asfixian el pluralismo y centralizan las decisiones en una sola fuerza, sino la docilidad pasiva con la que una parte considerable de la sociedad, incluida una oposición incapaz e irrelevante, contempla el derrumbe de los diques institucionales que costó generaciones enteras construir a base de consensos y luchas cívicas.
Esta resignación no es un repliegue inocente ni un descanso de la política por cansancio electoral; es una complicidad por omisión que convalida los excesos del centralismo y allana el camino hacia un régimen de partido único disfrazado de legitimidad popular: “El pueblo manda”.
Puente Martínez, quien cuenta con una sólida trayectoria académica como doctor en Ciencia Social por El Colegio de México y maestro en Estudios Legislativos por la Universidad de Hull en el Reino Unido, advirtió también que las redes sociales, los teléfonos móviles y los diseños algorítmicos compiten de forma agresiva y constante por la atención de las personas. Al fragmentarse la capacidad de concentración individual debido al bombardeo de contenidos banales, se fragmenta también la facultad de reflexionar y deliberar sobre el rumbo del país, lo cual da origen a una sociedad distraída y, por consecuencia, sumamente fácil de manipular por las cúpulas políticas que prefieren el aplauso irreflexivo y la lealtad ciega antes que el cuestionamiento puntual, razonado y argumentado de la gestión pública.
Para contrarrestar esta peligrosa inercia, las herramientas de transparencia y los modelos de parlamento abierto cobran una relevancia que va más allá de la mera exigencia administrativa o el simple trámite burocrático de las ventanillas gubernamentales. No se trata únicamente de volver más eficientes a las dependencias oficiales o de optimizar el funcionamiento técnico del Estado, sino de reconstruir la certidumbre de que la voz de los administrados posee un impacto real en las resoluciones de la autoridad. La legitimidad de estos mecanismos radica en su potencial para devolver el protagonismo a la sociedad civil y frenar la desconfianza y el desánimo que alimentan el abstencionismo y el desinterés crónico, en particular entre los sectores juveniles, quienes hoy se debaten entre la indiferencia digital y el desencanto político absoluto.
La investigación del doctor Puente Martínez, plasmada en textos fundamentales entre los que destacan “Cómo se decide el gasto público en México” (UNAM, 2017) y “Buenas prácticas de parlamento abierto y transparencia legislativa” (Instituto de Investigaciones Jurídicas-UNAM, 2021), demuestra que el control de los presupuestos y la apertura real de las cámaras legislativas son los termómetros verdaderos de la salud republicana de una nación. Cuando los procesos parlamentarios se gestionan en la opacidad de los pasillos, en lo oscurito, o se reducen a la sumisión de consignas partidistas, la representación popular se extingue y se abre paso al desencanto social, el cual constituye el fertilizante idóneo para los regímenes autocráticos que prosperan donde la verdad es monopolio del gobernante en turno.
Los desafíos actuales que enfrentan las instituciones mexicanas exigen superar la escasa formación cívica y rescatar con urgencia los espacios de interacción comunitaria. La consolidación de la transparencia legislativa no debe entenderse bajo ninguna circunstancia como una concesión graciosa o un acto de caridad del poder político, sino como un derecho inalienable que obliga a los gobernantes a justificar cada peso asignado y cada ley aprobada. El reto consiste en evitar que el desánimo generalizado y la narrativa oficial de infalibilidad terminen por clausurar de manera definitiva las vías de exigencia ciudadana que tardaron décadas de lucha social en construirse en las calles y en las urnas.
Pienso que la salud de la República no depende del surgimiento de actores políticos impecables ni de liderazgos providenciales o mesiánicos, sino del restablecimiento de canales institucionales que le devuelvan al ciudadano la convicción de que organizarse, vigilar y disentir posee una utilidad práctica y transformadora. Si la sociedad renuncia a su obligación de fiscalizar el ejercicio del poder, se conforma con el ruido estéril de las plataformas digitales y abandona la deliberación informada, el sistema político se reducirá a un cascarón formal y autoritario, donde las leyes se redactan en la oscuridad de los despachos presidenciales y los gobernados quedan reducidos al humillante papel de meros espectadores de su propio destino común.
Ojo: la postración cívica es el preámbulo inevitable de la tiranía. Cuando una sociedad decide que ya no vale la pena luchar por el acceso a la verdad y que la rendición de cuentas es un lujo prescindible en aras de la tranquilidad, entrega las llaves de su libertad a cambio de una falsa estabilidad social. La advertencia académica lanzada desde las aulas de la UNAM debe resonar con fuerza fuera de la universidad y sacudir las conciencias: el silencio y la resignación de hoy son los pilares sobre los cuales se edifica el autoritarismo de mañana. Despertar de esa modorra colectiva es la única oportunidad que nos queda para rescatar los restos del andamiaje democrático antes de que la asfixia institucional sea absoluta, destructiva y permanente. Válgame.
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