Por Enrique Abasolo
La peor parte del legado político que nos dejará el sexenio de Andrés Manuel López no la constituyen los onerosos e inservibles proyectos que a capricho y contra toda recomendación o estudio de rentabilidad, viabilidad e impacto ambiental erigió entre sospechas de corrupción y licitaciones a modo.
Tampoco sus embates en contra de organismos autónomos que, aunque imperfectos y no siempre baratos, equilibraban un poco la balanza en la relación Estado-ciudadanos.
Ni siquiera el menoscabo hacia los otros dos poderes, en particular el Judicial al que a toda costa ha tratado de someter sin hasta ahora conseguirlo por fortuna.
Y ciertamente no es tampoco la nueva mafia del poder que con su complacencia y protección operan sus holgazanes retoños a los que sigue vendiendo como inocentes blancos de los ataques de sus detractores.
Aunque todas las anteriores son herencias muy dañinas, el peor legado está en el increíble poder que AMLO le ha conferido a las Fuerzas Armadas que hoy por hoy están por encima de toda ley. No responden a ningún requerimiento (como no lo hicieron cuando el Congreso solicitó su comparecencia); gozan de total impunidad y hasta están en vías de ser eximidos de cualquier error, culpa, crimen o mancha histórica. Si por AMLO fuera, ya habría inscrito en letras doradas en San Lázaro el bendito nombre del Batallón Olimpia, entre los próceres, héroes y mártires de la Patria.
Está claro que el Ejército no rendirá cuentas transparentes sobre todos los bienes nacionales que ahora administra; es obvio que no responderá por los yerros, omisiones y complicidades en su “lucha contra la delincuencia organizada” y es por demás sabido que tampoco saldará sus cuentas pendientes en hechos vergonzosos como la Noche de Iguala, mejor conocido como el Caso de los 43 de Ayotzinapa.
Son muy ilusos quienes piensan que Andrés Manuel López se vale de las Fuerzas Armadas para retener el control de lo que ocurre en el territorio nacional; cuando es en realidad el Ejército el que utiliza al presidente como fachada democrática para tomar posesión y control de cuanto le apetezca (incluyendo su tajada del negocio del narco), sin apenas tener que dar alguna explicación a nadie y mucho menos tener que ofrecer algún resultado concreto en su eterna cruzada contra las bandas criminales y los cárteles de la droga.
La fórmula es muy sencilla y hasta se retroalimenta a sí misma: A mayor criminalidad, muerte y desorden, más libertad, mayor rango de acción y más autodeterminación se le da al Ejército.
Entre peor sea el caos y el desorden, más se justifica la presencia de los uniformados en las calles.
El único costo es tener al Presidente haciendo malabares estadísticos en alguna mañanera, insistiendo en que su política en materia de seguridad da buenos resultados, que la tendencia es a la baja aunque no tan a la baja como para que los soldados regresen al cuartel. Es necesario tenerlos en su eterno patrullaje, no obstante la orden es agarrar a los delincuentes a besos y abrazos porque “no somos como Calderón”.
Todo es un total contrasentido, pero de eso se trata precisamente: de que nada lo tenga. Es decir, lo estamos haciendo bien (supuestamente disminuyendo al crimen desde las causas), pero no tan bien como para prescindir de los servicios del Ejército. Lo estamos haciendo con abrazos, no con balazos, pero no tan amorosamente como para que deje de ser una tarea de nuestro brazo militar; nuestros números de muertes violentas van a la baja, pero, sin embargo, son las cifras más altas con relación a los pasados sexenios.
¿Usted lo entiende? No se preocupe, precisamente se trata de que no lo entienda.
Ha sido ampliamente documentado además cómo las fuerzas castrenses han hecho labor de inteligencia y utilizado software de espionaje como Pegasus para husmear en la vida privada de periodistas, activistas y detractores del régimen con más consistencia que la vigilancia que se hace sobre cárteles y bandas criminales.
A cuentagotas, pero a paso firme (a paso de milico) nos hemos convertido en ese cliché de país de América Latina que parecía superado con el Siglo 20. La nación bananera manejada por temibles militarotes y generales de cinco estrellas a los que es imposible contradecirlos desde que son la personificación misma del ejercicio de la violencia exclusiva del Estado.
Es curioso que a los opositores al régimen de López Obradores se les tache y llame “derefachos” por estar supuestamente al otro lado del espectro ideológico de la Cuarta Transformación y por abrazar supuestamente también el anhelo de un estado represivo. Esa es la definición de “facho”, un término despectivo para referirse a un fascista.
¡Pero qué carajos podría ser más represivo y fascista que un régimen militar, en el que los uniformados están por encima de toda ley civil y todo en nombre de un nacionalismo malentendido!
Ya es hora de que conozcamos a nuestro presidente y su gobierno por lo que es: Un fascista que no ha podido terminar de cocinar su golpe de estado a fuego lento precisamente por esas maltrechas instituciones que no ha podido doblegar a su voluntad y que sus entusiastas, corifeos y aduladores no ven la hora de que termine de someter o destruir.
No sé si este país llegará a darse cuenta a tiempo de lo increíblemente cerca que estamos coqueteando con una dictadura militar. Me parece que no, porque está muy bien disimulada detrás de la sonrisita sardónica de viejo pícaro y ladino que les sirve a los militares de fachada.
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Es increíble que sigan apoyando a este tipo de tan mala entraña, es una alimaña ponzoñosa como todos los buenos para nada que se pasaron a su partido de 4a.
Y como decía el chapulín colorado ¿y ahora, quién podrá ayudarnos?