Por Marco Campos Mena
Este es el mal que aqueja a la mayor parte de las izquierdas a nivel mundial, se han corrompido y cada una de ellas al tomar el poder se convierten en aquello que tanto han criticado y hartado a la gente al punto de favorecerles en las urnas pese a no tener una plataforma sólida, creíble o siquiera plausible.
La corrupción ha alcanzado límites sin precedentes y ha acabado con varios países de tal modo que vivir en ellos ya parece un infierno o algo de película de terror, pero, ¿Qué es lo que nos extraña si el mismo movimiento NAZI era una izquierda? A muchos se les olvida que esas eran las siglas del partido nacional socialista obrero alemán y que el mismo Hitler se proclamaba como socialista.
En redes sociales podemos incluso encontrar videos donde una viajera en el tiempo llega para acabar con Hitler y termina dándose cuenta que toda la ideología progresista se encuentra representada en el mismo pensamiento de este personaje.
Con ese antecedente de hace casi 100 años, podemos ver sin temor a equivocarnos que a lo largo de casi un siglo los dictadores han llegado a instaurar sus gobiernos autoritarios a través de la ideología de izquierda y en muchos casos, apoyándose en la demagogia y el populismo.
Mentir no cuesta nada, pero a todos nos cuesta mucho cuando se utiliza una mentira para tratar de evitar que nos demos cuenta de lo que hacen sin planeación y con la firme convicción de solo favorecerse a sí mismos.
Las izquierdas, lamentablemente, carecen de un desarrollo de pensamiento a futuro. Piensan en como les gustaría que se resolviera el problema en lo inmediato, pero no piensan en que consecuencias tendrán sus decisiones y actos en el resto de la población dentro de unos años.
Para ser más claros, primero tendríamos que entender que es lo que plantean las ideologías y compararlas entre ellas y con la realidad:
La izquierda, si uno se toma la molestia de rastrear su origen antes de usarla como insulto o como bandera, nace de un accidente de mobiliario. En la Asamblea Nacional francesa de 1789, quienes defendían romper con el antiguo régimen se sentaron a la izquierda del presidente de la cámara; quienes querían conservarlo, a la derecha. Dos siglos y medio después seguimos arrastrando esa geografía parlamentaria como si fuera destino ideológico.
Despojada del anecdotario, la izquierda es una familia de proyectos políticos que comparte una premisa: las desigualdades que produce el mercado no son naturales ni neutrales, son el resultado de arreglos de poder que se pueden y se deben corregir, y ven al Estado como la herramienta más efectiva para hacerlo. De ahí se desprende casi todo lo demás, la defensa de la redistribución vía impuestos y gasto social, la sospecha frente a la propiedad privada concentrada, la prioridad de los derechos colectivos sobre el mérito individual, la idea de que la libertad sin condiciones materiales mínimas es letra muerta.
Pero llamarla «la izquierda» en singular es una simplificación que deja mucho al aire. En ella conviven la socialdemocracia europea, que aceptó el capitalismo y se conformó con domesticarlo a fuerza de estado de bienestar; el marxismo clásico, que nunca dejó de soñar con abolirlo; el progresismo liberal contemporáneo, más enfocado en identidad, género y reconocimiento que en la vieja lucha de clases; y en América Latina, una variante propia que mezcla nacionalismo económico, populismo de líder fuerte y una retórica antioligárquica que a veces se traduce en políticas concretas y a veces se queda en el discurso de la mañanera.
La izquierda que gobierna rara vez se parece a la izquierda que teoriza. El poder tiene una manera brutal de acabar con los ideales por la conveniencia electoral. Se puede llegar prometiendo redistribuir la riqueza y terminar concentrando el poder político con el mismo entusiasmo que antes se le criticaba a la derecha.
¿Y la derecha, para efectos de contraste? Confía en que el mercado, desde su lógica, distribuye mejor que cualquier burócrata, y sospecha del Estado como amenaza a la libertad individual.
Si la izquierda parte de que las desigualdades son un problema a corregir, la derecha parte de que son, en buena medida, el precio natural del esfuerzo y el mérito, y que corregirlas a la fuerza suele salir más caro que dejarlas ser. Esta es la primera diferencia: uno ve el mercado como generador de injusticias que hay que enmendar; el otro lo ve como el mecanismo más efectivo que existe para asignar recursos, con todo y sus fricciones.
Con esta información podemos hacer un análisis más preciso:
La izquierda quiere un Estado grande, presente, que redistribuya vía impuestos y programas sociales. La derecha lo quiere pequeño, que no estorbe, que se limite a garantizar el orden y dejar que la iniciativa privada haga el trabajo pesado.
Para la izquierda, ser libre exige condiciones mínimas como comer, educarse y tener salud, y el Estado debe garantizarlas aunque eso implique quitarle a unos para darle a otros. En cambio, para la derecha, la libertad es sobre todo ausencia de coacción: que nadie, ni siquiera el gobierno con buenas intenciones, te diga qué hacer con lo que ganaste.
La izquierda tiende a desconfiar del orden heredado y a empujar reformas que lo transformen. La derecha tiende a desconfiar de la transformación acelerada y prefiere conservar lo que ya funciona, ajustándolo con cautela.
La izquierda ve la concentración de riqueza como un síntoma que hay que tratar. La derecha la ve como una consecuencia legítima del talento, el riesgo asumido y el trabajo, y protege ese resultado casi como principio moral.
En México podemos decir que la izquierda lleva más tiempo presente que el que nos gustaría aceptar, pero hay que recordar que fuimos el primer país a nivel mundial en incorporar los derechos sociales a la constitución a principios del siglo pasado y gracias a ello, muchas cosas se encuentran reguladas, como las libertades y los derechos laborales.
Pero a finales de los 60´s el sismo político ocasionado por los comunistas y las intenciones presidenciales de Echeverría mancharían gravemente la historia que hasta entonces llevaba un buen progreso. Todos sabemos a que me refiero.
Los pensamientos nacionalistas llegaron después con la nacionalización de tanto como pudieron para incrementar el tamaño y peso del Estado y ya sabemos que eso no funcionó para nada, por el contrario, causo una de las perores catástrofes financieras del país.
Con la llegada de Salinas de Gortari la ideología se volvió más hacia el centro, pero conservando muchos de los vestigios de lo que si funcionaba de la izquierda y dio paso al neoliberalismo y al libre comercio, acabando con el modelo de sustitución de importaciones y presentando a México ante el mundo como un mercado y una gran oportunidad para invertir.
El problema real comenzó cuando se utilizó el hartazgo de la gente por algunos escándalos demasiado sonados, sumado a años de protestas del caudillo López Obrador y su campaña constante de desprestigio, que hay que decirlo, muchas veces incluso careció de fundamentos, como cuando llevaron las cajas vacías alegando que tenían las pruebas del robo de la elección, y el peor elemento que terminó dándoles ventaja, y no es una opinión, es la evidencia visible y dicha cientos de veces en diferentes medios y con pruebas en video y confesiones, la alianza con el crimen organizado y los desfalcos de los estados y municipios que ya gobernaban.
Lamentablemente todo lo que prometieron en campañas y en discursos se convirtió en “yo no dije eso” y los videos existen para probar ello, solo recordemos que López Obrador prometió que a partir del primero de diciembre del 2018 la gasolina costaría $10 por litro.
No puede faltar tampoco el discurso de “mal interpretaron lo que dije” o “están sacando de contexto lo que dije” cuando los videos son claros y para eso basta con recordar cuando Loret leyó frente a López Obrador un párrafo de su libro y ante la pregunta clara y expresa de si ya no pensaba así, utilizó esa frase.
Para otro ejemplo claro y actual, la pregunta del, ¿reportero?, Profesor Molecula que le preguntó a Sheinbaum si cumpliría con su promesa de no usar fracking, a lo que ella contestó que nunca dijo eso, y ¿qué creen? ¡hay video! Y si lo dijo en 2024.
Quizás pudiéramos incluso llegar a ver como caen en sus mismos errores una vez y otra más hasta el cansancio y no acabaríamos, pero le voy a dar un ejemplo más.
Sheinbaum transmitió un fragmento editado de un video de hace 26 años en el que resalta la frase “los medios mentimos mucho…” y hasta lo pasó varias veces para hacer mofa… pero nuevamente, ¿Qué creen? ¡violó el derecho de las audiencias! ¡ese mismo que están tratando de imponer para sus fines perversos de los que ya hablamos… pues resulta que con la edición sacó de contexto lo que se estaba diciendo y evitó a toda costa que se viera de lo que realmente hablaban que era evitar la censura a través de mecanismos como el que la misma Sheinbaum propone.
Entonces, ¿qué clase de izquierda es esta? Deberíamos pensar mejor si aún pueden llamarse así solo porque les gusta repartir el dinero que no les pertenece y que no generan. Han generado una ilusión que para muchos representaba la esperanza y lo único que han logrado es en 7 años cometer más atropellos que cualquier otro régimen. La política mexicana aún tiene mucho que aprender y es necesario que veamos con más claridad como serán las próximas legislaciones electorales para que no lleguen al poder esas personas mal intencionadas y sin preparación adecuada para llevar una responsabilidad tan grande.
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Marco Campos: Su texto es sensato y bien fundamentado, toda su primera mitad. Aunque creo que concordamos en la animadversión con este régimen, el texto, tan bien planteado, se termina convirtiendo en un panfleto de acusaciones que le quita mucha fuerza.
Es muy necesario que nuestras juventudes entiendan bien qué cosa es una filiación política, y su texto tiene la oportunidad de ordenar esas ideas antes de darle esa «actualidad» que, creo yo, lo trivializa.
Lo seguiré leyendo con gusto.