Por Horacio Cárdenas
En una de las tantas historias de las aventuras de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle sorprende al lector con una extraña aseveración. No es de las tradicionales y hasta esperadas hipótesis con las que el detective deja literalmente con la boca abierta a su colaborador incidental el Dr. Watson de porqué el personaje trae polvo sobre la ropa, cojea de un pie, mira de soslayo o suda de las manos, sino una mucho más interesante, de orden social, basada en sus observaciones de su nación y época, pero con aplicación en cualquier otro lugar, entre ellos Coahuila.
Dice Sherlock Holmes que puesto a elegir, por razones de seguridad, prefiere infinitamente vivir en una ciudad que en el campo. Contrario a lo que se suele pensar de la violencia en los ámbitos urbanos si no por otra cosa, por la agrupación de tanta gente, en el campo hay menos motivos para enojarnos los unos con los otros, como para que ese enojo genere ganas de herir o matar a otra persona, pero no, según Conan Doyle, en las ciudades la misma presencia de otras personas obliga a que uno se modere, no de rienda suelta a sus pasiones, cosa que sí ocurre en el campo, donde además, hay grandes extensiones de terreno donde esconder un cadáver, o hacer desaparecer la evidencia
Cuando leímos esto realmente fue un serio impacto a la percepción que teníamos de nuestro comportamiento de unos con los otros en distintos sitios, y desafortunadamente hemos tenido la oportunidad de comprobarlo infinidad de ocasiones.
El caso más reciente se reportó la semana pasada en el Pueblo Mágico, sin ganas de llamarlo así con una intención peyorativa, sino al contrario, con bastante amargura, cuando los medios de comunicación reportaron que un hombre, relativamente joven, había atacado con un cuchillo a sus padres, causando la muerte en el hogar familiar a su madre, y dejando gravemente herido a su padre, que tuvo que ser trasladado a un hospital en Torreón, para tratar de salvarle la vida.
La crónica parecía como tantas otras, donde el perpetrador, dándose cuenta de lo que había hecho, intentó suicidarse con la misma arma que había usado para atacar a sus padres, siendo lo primero que pensaron tanto reporteros como policías, que lo hacía para tener elementos atenuantes en su eventual defensa jurídica. Ya sabemos que el sistema judicial mexicano es un laberinto de vericuetos donde en cualquier vuelta se encuentra uno con la posibilidad de aminorar la pena, lo que sea con tal de que los jueces envíen la menor cantidad posible de reos a los de por sí saturados penales. Un matricida y parricida en grado de tentativa no es muy bien recibido en la cárcel, cualquier cárcel, pero si llega alegando que estaba enloquecido por las drogas, ya el tratamiento es otro, mínimo de comprensión, pues según estadísticas, en no menos de 40% de los crímenes está presente el alcohol o el consumo de estupefacientes, o hasta de camaradería entre tantos otros presos con una historia similar.
Pero no es este el caso, en un dechado de acuciosidad periodística, que hasta un premio estatal o nacional podría conseguirle, un colega tuvo la mano lo suficientemente firme como para filmar los minutos durante los cuales Gerardo Tello, el matricida, a quien nadie se atrevía a acercársele como para desarmarlo, se autoinfligía herida tras herida en el pecho y en el cuello, recargado como estaba, si parecía a propósito, en una pared blanca espeluznantemente manchada de sangre, de su sangre.
Eso no era actuación, era lo que terminó siendo, un suicidio lento, pues una vez que lo controlaron y trataron de prestarle atención médica, su cuerpo no logró sobreponerse a la gravedad de las heridas.
Pocos testimonios tan horrendos como ese video, el hombre consumido por el dolor de lo que había hecho, de lo que sabía que había recién hecho, soportando el otro dolor, el físico de recibir puñalada tras puñalada de su propia mano, en una lucha incomprensible por causarse daño, al tiempo que se resiste a algo que por necesidad es doloroso, corporalmente hablando.
¿Qué llevó a Gerardo Tello, y obviamos la hipocresía de la “N” porque ya está muerto por su propia mano, y porque su caso, debe conocerse en toda su crudeza, a perder el control como para tomar un arma y atacar a sus padres, a quienes por lo demás, los hechos denotan que sí amaba? La respuesta es obvia y fácil, la droga.
La droga que se puede conseguir en una ciudad grande o mediana, con características de cierto poder adquisitivo y una percepción de lo que se cree que es sofisticación, sino en un pueblo como lo es Parras de la Fuente, deprimido económicamente, en donde se supone que todo se sabe de todos, quien vende, quien consume, quien roba para tener dinero para comprar, y aun así, ocurren las cosas.
Es difícil pensar que no hubo indicios de lo que terminó ocurriendo, que de veras fuera la primera ocasión que Gerardo consumía droga, y que pese a su fortaleza física, esta logró hacerlo perder completamente la cordura, y lo transformó de lo que era, en un ser violento, fuera de control, quien sin embargo supo lo que hizo, y aun bajo los efectos de la droga, decidió que era insoportable seguir viviendo.
Pues con todo, lo que se sabía, lo que se intuía, no hubo la capacidad social para buscar medidas para prevenir, no el crimen que es demasiado esperar, sino la venta, el consumo de algo que se sabe el daño que puede causar y las consecuencias que puede acarrear.
Los periodistas solemos ser cínicos, no menos que el Sherlock Holmes de Conan Doyle, pero de vez en cuando nos topamos con casos tan tremendos que, lo crea o no, nos logran sacudir todavía. Allí tiene el de Gerardo Tello y de su familia de la que quedó casi nada, si acaso va de vacaciones por Parras esta semana, no se crea que todo es mágico en el pueblo y en el campo, son tan peligrosos o más que su ciudad.
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