Por Horacio Cárdenas Zardoni
La nota tiene ya algunos días, pero es de esas que nunca pierde actualidad, es más, podríamos decir que es de esas que pueden convertirse en el sello de una administración, en este caso, el sexenio de Claudia Sheinbaum Pardo, bautizado por ella misma, en un destello de imaginación deslumbrante, como el segundo piso de la cuarta transformación.
La frase no la pronunció Sheinbaum, sino su secretario de Salud, David Kershenobich, quien dijo que todas las fallas en el sector salud, no se deben a la falta de medicamentos, ni tampoco a la saturación en los hospitales, no, la culpa es de los propios enfermos, que no acuden a recibir atención médica hasta que ya sus dolencias están muy avanzadas…
La vacilada esta la dijo durante una conferencia de prensa de las que llaman ‘mañanera del pueblo’, en presencia de la presidenta Sheinbaum, así que nos sospechamos que tácitamente ella está de acuerdo con lo que dice su subordinado, cabeza del sector salud. Todavía nos acordamos de que su antecesor en el cargo, Andrés Manuel López Obrador sí le enmendó la planta a dos que tres de sus empleados, entre ellos a aquella encargada de la sección de las mentiras de la semana, Vilchis de apellido, de quien dijo que la señorita no sabía leer, pero no por eso la despidió.
Kershenobich no está al nivel de la Vilchismosa, como le decía no muy cariñosamente el gremio periodístico, se supone, se suponía que era un médico de prestigio y un científico de buen nivel, alguien en el que se podía confiar. Y como la presidenta presume de eso, de ser científica, y de que su gobierno se lleva científicamente, es obligado pensar que el doctor Kershenobich cuenta con el respeto, por lo menos profesional de Sheinbaum, si no es que con su respaldo.
Bueno, pues sí, sabemos que en estos viñales del señor hay toda clase de perversiones, pero sinceramente dudamos que exista una en la que el afectado tenga gusto o sea un apasionado de los hospitales públicos, en específico de los hospitales públicos mexicanos, que eso ya implica una categoría aparte. Podríamos sentirnos tentados a darle la razón al secretario de salud, nadie va por gusto al hospital del IMSS, ni al hospital del ISSSTE, ni a alguno de los que dependen de la Secretaría de salud, de la federal o de la estatal, al contrario, le sacaremos la vuelta a acudir a ellos, hasta el último momento, cuando nuestro cuerpo no aguanta el dolor, y simplemente nos rendimos a la burocracia.
Todavía me queda por escuchar que alguien diga que llegó al IMSS, que el área de urgencias no estaba asquerosamente sucia, que el personal de recepción lo trató amablemente, que se interesó por su caso, y que de inmediato fue turnado a la atención de un médico, que lo trató humanamente, que no lo regañó, que no minimizó sus síntomas diciéndole que estaba chiflado y lo despachó con usted no tiene nada, tómese un paracetamol, y que este se lo entregaron en la farmacia sin hacer una fila de mínimo una hora. No, acudir al IMSS obliga a armarse de paciencia, dejar afuera cualquier vergüenza, pudor y orgullo, y aceptar someterse a toda clase de trato inconveniente, desde uno frío hasta uno grosero. Dos, tres, cuatro horas después, a lo mejor le atinaron a lo que trae, y en un descuido le surten la medicina que un médico de ellos mismos le recetó, porque hasta con eso, ni siquiera les avisan en almacén o en farmacia qué medicamentos sí hay y cuáles ni los receten, porque no hay y no va a haber por quien sabe cuánto tiempo.
Por comparación, odiosa, no podía ser de otra manera, va uno a la farmacia similar, allí hay mucho menos gente, el tiempo de espera para ser atendido por el médico es muchísimo menor, le van a cobrar la consulta, va a tener que desembolsar en comprar la medicina, pero mucha gente está dispuesta a esto, con tal de no soportar las vejaciones del Seguro, y no estoy exagerando en el uso de la palabra vejación.
Lo que nos llama la atención, eso sí, es la falta de empatía del secretario de salud. Digo, ya habíamos tenido algunos especímenes de miedo en ese mismo puesto, cortesía de la planta baja, bajísima de la cuarta transformación, pero pensamos que nadie podía caer más bajo. Nos equivocamos, este Kershenobich resultó todavía menos empático, menos humano, menos tratable que sus predecesores. Lo que menos necesita uno de un médico, o de un párroco, o de quien sea, es que la emprenda a regañarnos, y este para pronto se lanzó a eso directamente.
Yo recomendaría que Kershenobich quedara inscrito en el museo de los horrores de la política mexicana, partidismos aparte, junto a la Roqueseñal, junto al mito genial del salario mínimo, de Pedro Aspe, y otros por el estilo, nada más que en este caso hablamos de la salud de la población, que, encuestas aparte, prefiere aguantarse que ir a que lo maltraten, y encima lo pongan como palo de gallinero por haberse esperado hasta que el dolor le era insoportable.
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