Por Marco Campos Mena
Alberto Israel Jasso Cruz dio clases durante 25 años. El 14 de julio, una alumna lo denunció por abuso sexual ante el IEMS y el Ministerio Público. El 21 de julio tomó la decisión fatal que terminó con su vida. Entre esas dos fechas apenas alcanzó a haber una denuncia, un video de defensa y un cálculo silencioso de cuánto le iba a costar demostrar algo que ni siquiera le habían dejado defender todavía frente a un juez. Murió sin sentencia judicial, pero la sociedad ya lo había condenado.
Esto es lo que pasa cuando hablamos de presunción de inocencia sin entender el contexto jurídico detrás: se viola antes de la sentencia, en el tiempo entre la acusación y la resolución, que es exactamente el tiempo en el que a un profesor con un cuarto de siglo de trayectoria no le quedó más ruta que grabar un mensaje de despedida y pedir, como último acto, que se respetara un derecho que ya sentía perdido. El sindicato del IEMS pidió después una investigación sobre cómo se recibió y validó la denuncia. Llega tarde, como siempre llegan estas cosas, después de que ya no hay a quién proteger.
Casos como este se repiten con tanta frecuencia como para dejar de llamarse casualidad. Cada vez hay más personas que ante situaciones que los llevan a su límite optan por la salida falsa, y que además lo hacen dejando constancia pública, como si necesitaran que el mundo supiera por qué.
La generación que hoy enfrenta estas crisis no solo las sufre distinto, las documenta en video para las redes sociales, las publica y las convierte en evidencia de un mal que aqueja a muchas más personas de las que nos damos cuenta en estos tiempos.
Hablaré desde mi experiencia en mi consultorio como logoterapeuta. La generación silenciosa sobrevivió dos guerras mundiales, una guerra fría y media docena de reordenamientos geopolíticos sin manual acceso a la salud mental como la conocemos hoy. Se adaptaron porque no había otra opción.
La generación X todavía cargaba esa lógica: primero el trabajo, después lo demás. Los que vinimos después, millennials y generación Z, heredamos derechos laborales, herramientas y oportunidades que ninguna generación anterior tuvo, y eso es un logro histórico en el mejoramiento de la calidad de vida, pero lo que falló fue que no se aprendió a sobrellevar situaciones adversas. Nadie enseñó a sostener lo que se tiene cuando el terreno se mueve tan rápido como se mueve ahora.
Hace diez años, la economía rendía más, había más empleo, oportunidades y más margen de error. En lo que va de esta década todo eso se fue disminuyendo drásticamente.
Con la inteligencia artificial sustituyendo funciones enteras, carreras completas quedando obsoletas antes de que alguien termine de estudiarlas, robots humanoides que ya se fabrican en serie en China y que en un par de años van a competir por trabajos que hoy todavía parecen territorio exclusivamente humano. Súmele una burbuja inmobiliaria que hace de la vivienda un lujo y no un derecho, y una hiperconectividad que no solo acelera la información, sino que la deforma. El mundo está cambiando tan o más rápido que cuando fue la revolución industrial.
Hace unos meses hablábamos de estudiantes usando inteligencia artificial para generar contenido sexual falso de sus compañeras dentro de una escuela. Hoy hablamos de un maestro cuya imagen quedó destruida por un proceso que ni siquiera había concluido.
Vivimos en una época donde la reputación de décadas desaparece antes de que exista un veredicto judicial, con o sin inteligencia artificial de por medio; solo basta hacer uso de esa hiperconectividad para que se desaten las ansiedades que parecen ser la norma hoy en día.
No se trata de decir que las generaciones nuevas son más frágiles, ya que estamos viendo que esto está afectando a todos por igual y muchas personas aún siguen considerando la terapia como un tabú; la relacionan con estar mal y no se dan cuenta de que es totalmente necesaria para poder ordenar el caos mental que nubla la visión en tantas cosas que suceden a diario que nos llevan a pensar que estamos peor de lo que pensamos, al grado de tomar decisiones fatalistas desde la desesperación.
Sin regulación emocional, la resiliencia no logra desarrollarse y es en estos casos que los pensamientos intrusivos nublan el razonamiento y el secuestro amigdalar se manifiesta. Esto es la respuesta automática de la cual después nos arrepentimos y no sabemos por qué reaccionamos de esa manera.
El resultado son videos de gente casi matándose por un cerrón en la calle o el caso de Rocky, el perro asesinado por su propia dueña en un arranque que ninguna discusión doméstica debería justificar jamás. Ninguno de esos arranques nace de maldad pura; nace de la incapacidad de procesar una frustración pequeña antes de que escale a catástrofe.
Y la solución tampoco es que todos vayamos a terapia como si fuera una moda de bienestar. Tenemos que hacer que hablar de salud mental deje de sonar a debilidad y empiece a sonar a lo que realmente es: mantenimiento, una válvula de liberación de todo lo que nos presiona, un acompañamiento para afrontar la adversidad con la mente consciente y ordenada. Ir al psicólogo no es distinto de ir al dentista, salvo que un diente cariado difícilmente termina en un video de despedida.
La inteligencia artificial puede funcionar como desahogo, pero no reemplaza la mirada humana de alguien capacitado, y debo decir que ni siquiera todo capacitado sirve: hay profesionales de la salud mental con maestría que no saben escuchar y carecen totalmente de empatía, y hay quien sin un título sabe acompañar mejor que nadie. Eso tampoco lo podemos regular, pero lo que sí podemos hacer es normalizar la conversación lo suficiente para reconocer a quien puede realizar un buen acompañamiento de alguien que arrastra también una herida con la que afecta a los demás.
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