Por Enrique Abasolo
Como dijo Galileo: “¡’Más sin en cambio’, se mueve… y bien rico, por cierto!”.
¡No! Quiero decir: Y sin embargo, aún pienso que se necesita un gobierno de izquierda para medio comenzar a recomponer esta horrenda realidad que nos creamos.
Y por izquierda no me refiero ni a los delirios comunistoides que ya no defienden ni en Rusia ni en China (porque no son tan pendejos) y sólo parece enarbolar ya el dictador en turno de la maltrecha Cuba y sus apologistas.
Como tampoco es izquierda lo que pregona la secta que nos desgobierna, que sólo se adjudicó la franquicia de la izquierda política mexicana por oposición al régimen neoliberal que en efecto estaba en el poder, para desmarcarse y tener una bandera qué ofrecer a los electores, pero sin asumir los principios reales de una izquierda moderna y realista que coexiste perfectamente con el libre comercio y la democracia.
Estoy convencido aún de que necesitamos un gobierno de izquierda, democrático, no sectario; científico, no místico; plural, no dogmático; engendrado, no creado…
Un gobierno de izquierda cuyo liderazgo sea horizontal y no esté cimentado en la figura de un cuestionable caudillo; y cuyas políticas y programas sociales estén diseñados y aplicados desde los datos y la medición de resultados, no a la manera del jodido clientelismo político de toda la vida.
Para ostentarse como una opción “de izquierda”, el movimiento obradorista parasitó en su momento el cadáver de un antiguo partido socialdemócrata y se ganó luego la lealtad de un gremio de intelectuales trasnochados que, en efecto, siguen instalados en las ideas más arcaicas del socialismo como lo entendía el Santa Claus de la dictadura proletaria, Carlos Marx.
Y así, como muchos ciudadanos tampoco han actualizado sus conceptos sobre qué son y cómo operan las verdaderas izquierdas democráticas en el mundo moderno, compraron la versión más caduca y desactualizada de la utopía socialistoide.
Tan vigente está, que los mismos partidarios de la derecha creen también que aquel comunismo espectral del siglo 20, el de Stalin y Mao, es el que hay que enfrentar, combatir y mantener a raya, todo sea con tal de preservar la integridad de esa mítica vaca que todos tenemos allí en el patio y que la izquierda va a venir a arrebatarnos para partirla en dos y darle la mitad al huevón del vecino.
Es en serio, hay gente que todavía utiliza esos argumentos para dirimir las diferencias, ventajas y desventajas entre izquierda y derecha. Y ni se sorprenda, que ese mismo nivel de analfabetismo político lo tiene un clasemediero mexicano que uno votante promedio en los Estados Unidos.
Incluso los más ingenuos (por no insultarlos tan feo esta vez) hicieron campaña de “presión” en contra de las arbitrarias medidas políticas y comerciales de la administración Trump, con un boicot contra la Coca-Cola, “Símbolo del malévolo imperio yanqui”… “¡Misvidas!” ¡Esos viejitos –independientemente de la edad que tengan– hasta ternurita me dan!
Pero como decíamos, la patente de la izquierda en México venía tan desactualizada que es el paquete ideológico que aún promueven y defienden sus intelectuales: reivindicación de los pueblos ancestrales y el reconocimiento de sus “saberes” milenarios (de sacar de la miseria a las comunidades indígenas del presente, o de ofrecerles cobertura total de servicios de salud modernos, así sea con la perversa ciencia eurocéntrica, ni hablar); el peligroso nacionalismo que es el mismo veneno que tiene “entoloachados” a los gringos; el cuento de la lucha de clases como única fuerza que define la realidad social… y no sé cuántas patrañas más.
Entre los ideólogos incluidos en el paquete Mi Alegría: “Mi Primer Partido de Izquierda”, estaban los distinguidos pensadores Marx Arriaga (ya desde el nombre todo valió madres); el Paco Ignacio “se las metimos doblada” Taibo, San Jorge Naredo, Defensor de las Causas Indefendibles; la acomodaticia, queda bien y “woman for all seasons”, Elena Poniatowska (aunque esa ya es parte del inventario del mobiliario de Palacio Nacional) y –no podía ser de otra manera– los moneros de la otrora legendaria revista de humor político, El Chamuco.
Claro que la defensa a la libertad de expresión que durante años ejerció El Chamuco con monos y con humor fue casi heroica.
Pero una vez del lado del Gobierno que –a la manera del viejo régimen al que tanto criticaron– compró su conciencia con una cantidad de dinero perfectamente documentada y un espacio en la chafisima televisión del Estado, han perdido toda categoría como críticos y toda autoridad moral para pronunciarse sobre cualquier tema en el que se debata la realidad contra la versión oficial.
Por si fuera poco, los propios moneros de este gremio refrendan lo anterior, cada vez que olvidan la polémica actual y prefieren dibujar su enésimo Felipe Calderón (o ‘Borolitas’, como les gusta llamarlo), antes que osar bocetar la efigie del prócer inmaculado o de la Presidenta con P no obstante los 13 años que median entre el Calderonato y el presente.
Por eso, esta semana que vi que el tal “monero” ‘Fisgón’ (Rafael Barajas), uno de los más abyectos e impúdicos apologistas gráficos del régimen, se atrevió a criticar el respaldo que la bancada morenista le dio al exgobernador y presunto agresor sexual, Cuauhtémoc Blanco, no me cupo la menor duda.
Dado que en todo este tiempo, este gremio de aduladores ha sido incapaz de hacer el más tímido señalamiento, crítica o comentario desfavorable al régimen, me quedó claro que ‘El Fisgón’ estaba de hecho obedeciendo órdenes para que el escándalo del Cuau Blanco cobrara la mayor relevancia posible.
Llámeme ahora usted conspiranoico si quiere, pero para mí es la prueba absoluta de que el escándalo del exfutbolista y dromedario tepiteño se alimentó desde el Poder Ejecutivo para que le quitara un poco de espacio y titularidad al caso que es verdaderamente relevante: Teuchitlán.
De otra manera, tan servil caricaturista, tan fiel esclavo del poder, jamás se habría atrevido a contradecir los designios del partido oficial en la bajísima Cámara Baja.
Decíamos hace algunos días que a la Cuarta Transformación le vendría bien algún terremoto o tragedia afín para diluir la atención del Rancho Izaguirre que ya había trascendido en lo internacional.
Pues bien, la naturaleza no les concedió esa gracia, pero ni tarda ni perezosa, la propia Transformación se creó su propio terremoto y la única prueba que tengo de esto, pero también la única que necesito, es el cartón de ‘El Fisgón’ monero.
PD. No hay que distraernos: ¡El asunto importante sigue siendo Teuchitlán!
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