Justicia para Debanhi

ENRIQUE ABASOLO

Funestas semejanzas presenta el caso Debanhi con el tristemente recordado caso Paulette.

    No hay que hacer un gran esfuerzo de la memoria para traer el detalle más inverosímil de la investigación de la muerte de la niña Gebara Farah, que fue el hallazgo de su cuerpo entre la cabecera y el colchón de su cama en su propia habitación, justo el primer sitio que debió registrarse centímetro a centímetro desde que se reportó su desaparición.

    Hay sólo una posibilidad entre miles, decenas de miles, de que las cosas hayan acaecido de esta manera, que el cuerpo haya estado allí desde su deceso y que haya pasado inadvertido durante varias jornadas de búsqueda por parte de los peritos policiacos, justo en el lugar donde además la madre de la menor ofreció sus frescas y campechanas entrevistas a diversos medios de comunicación.

    Luego, la conclusión de la autopsia estableció que Paulette cayó accidentalmente de cabeza en ese reducido espacio donde murió asfixiada y permaneció durante nueve días sin ser advertida por las incontables personas que participaron en su búsqueda.

    Por todo lo anterior la opinión pública desdeñó la investigación, pues intuyó una farsa de parte de la Procuraduría del Estado de México y se tomó el asunto a chacota, con la resignación de que sería uno de los muchos asuntos que  quedan en México sin esclarecer y de los cuales nuestro único consuelo es señalar a quienes consideramos culpables, luego de haber sido bombardeados una breve temporada con retazos de sensacionalismo mediático que es lo que tenemos en vez de información fidedigna y rendición de cuentas institucional.

    Nuevamente -y no creo ser yo el primero que advierte esta similitud- el cuerpo de una jovencita larga y angustiosamente buscada aparece gracias al nefasto olor de la descomposición, precisamente en uno de los sitios que debieron ser mejor inspeccionados desde el inicio de las pesquisas.

    La Fiscalía de Nuevo León se apresuró irresponsablemente a aventurar la hipótesis de que Debanhi cayó accidentalmente a una cisterna (un depósito de agua al ras de suelo) que permanecía abierta y en donde fue encontrada.

    Debanhi, abandonada en la carretera, en medio de la nada y la oscuridad, hacía plausible esta primera teoría, pero no había elementos suficientes para corroborarla, así que fue una gran torpeza hacerla pública.

    Un sector de la sociedad, especialmente indignado y sensible respecto a los femicidios, también rechazó a priori esta primera versión. El sábado, la Fiscalía tuvo que desdecirse ya que, al no encontrar agua en los pulmones de la difunta Debanhi, se concluyó que ya estaba muerta cuando cayó o fue arrojada en la cisterna.

    Faltan aún muchas líneas de investigación que agotar, pero del desarrollo de este caso y de la transparencia con que se conduzcan los responsables de establecer una verdad histórica y una verdad jurídica, dependen varias cosas que están ya de por sí en entredicho:

Por una parte, la ya de por sí endeble credibilidad del Gobernador de Nuevo León, quien pese a su enorme popularidad (el único activo que se preocupa por cultivar la clase política), es percibido como alguien llanamente tonto, superficial, falto de madurez, con un gran timing para la contienda electoral pero carente de madurez, carácter y capacidad para afrontar las repsonsabilidades del cargo.

Y en ese mismito tenor tenemos al Presidente de la República, una fiera de las contiendas, rey de los mítines e implacable defensor del voto (no como derecho democrático, sino de sus votos suyos de él). Un rockstar de las campañas, pero una calamidad en funciones. Alguien que todo lo trivializa, todo lo desestima, todo lo minimiza y hasta lo infantiliza a niveles de asombro, alguien que responde a la problemática de la violencia con la puerilidad de los párvulos: “¡Fuchi, caca!”.

Samuel respondió mal, de hecho su comunicación no pudo ser peor: Primero, atribuyendo las desapariciones de mujeres en su entidad a los trastornos mentales, a la covid y a la drogadicción, entre otras improbables causas y luego tratando de eximirse al afirmar que no conocía la carpeta de investigación del caso de Debanhi Escobar, pese a los días que lleva vigente en la agenda nacional.

Es probable que la sombra de Debanhi acompañe a Samuel García durante el resto de su administración con mayor celo que el de su patiño-consorte.

Y en lo que al Presidente respecta, no se le imputa responsabilidad directa sobre ningún caso en concreto, como tampoco se le atribuyen a él las causas de la descomposición social. Lo que se le reprocha en cambio es su total falta de sensibilidad ante ésta y cualquier otra tragedia; su carencia de estrategias en materia de inseguridad, y su incontrolable manía por convertirlo todo en un asunto que versa sobre sí mismo: Si se le pide una respuesta, un pronunciamiento, si se le pregunta qué medidas piensa adoptar o que si por lo menos está al tanto de las desgracias que acaecen durante su sexenio, de inmediato acusa malicia en la pregunta y la descalifica como argumentos propios de sus adversarios políticos y (para sorpresa de nadie), aducirá finalmente que es el gobernante más popular de la Historia de México y uno de los mejor calificados en el ‘ranking’ mundial, como si eso le hiciera diferencia a alguna de las víctimas.

El inverosímil caso Paulette fue, junto con el escándalo de la Casa Blanca, el ocaso y debacle total del sexenio de Peña Nieto.

AMLO ya puede sumar al escándalo de la Casa Gris este crimen que ha cautivado la atención nacional y no parece estar siendo honesta ni científicamente atendido. ¿Será el crimen de Debanhi la losa sobre el Gobierno de López Obrador? ¡Para nada! Lo dudo mucho, si algo tiene AMLO es la capacidad para sorprendernos continuamente y hacer que el escándalo de hoy, el día de mañana nos parezca insignificante, poca cosa, nada. Por desgracia.

¡Justicia para Debanhi!


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