Gofo. La mirada de un amigo

ENRIQUE ABASOLO

No pude dejar de ver cierta ironía en el hecho de que sea Saltillo quizás la única ciudad en el mundo con tres obispos (uno en funciones y dos eméritos, uno de ellos de 100 años) y que al mismo tiempo hayamos perdido recientemente a varios sacerdotes jóvenes de ideas progresistas.

         No estoy ponderando una vida por encima de ninguna otra, pero -¡hey!- ¿qué pasó con el llamado “orden natural de las cosas”? Bueno, supongo que tal cosa no existe.

         Lo pienso, obvio, a propósito de la partida de mi amigo Adolfo o “El Padre Gofo”, nombre con el que trascendió y habrá de ser recordado durante muchos años.

         Mucho cariño he vertido en mis elegías para él, pero quizás poca justicia le haya hecho a su legado como activista y es que mis lazos con “Gofo” eran eminentemente fraternales.

         Aunque militábamos ambos en favor del pensamiento crítico y del buen cine, lo cierto es que para cuando nos conocimos él ya era un veterano de las marchas y las luchas civiles.

         Quedarse con el recuerdo del “Gofo” carismático e irreverente, con la imagen del “Padre Rockero” es bonito y es “chido”, pero ese fue un solo aspecto de una personalidad más rica, compleja y profunda.

         Creo que para conocerlo es más apropiado un acercamiento a través de los ojos de quienes lo trataron desde sus años como pre seminarista:

“Llegó un día diciendo que quería ser sacerdote. En ese tiempo yo era seminarista y estaba encargado de un programa que se llamaba Proceso Vocacional”, recuerda en un texto de redes sociales el hoy periodista Jesús Castro Gallegos. “Para mí fue una gran satisfacción saber que gracias al seguimiento que le dimos durante un año, él fuera aceptado”.

La remembranza de Castro Gallegos, “Lo que no había dicho del Padre Gofo”,  nos lleva a conocer la verdadera vocación de su amigo, que no era el sacerdocio sino la oposición a las injusticias:

“… un joven aguerrido, contestatario, reflexivo. Cuando me castigaron injustificadamente, él fue a decirme que si yo quería, armaba una huelga en el Seminario…”.

Entre anécdotas, Castro Gallegos va recuperando los aspectos más humanos de alguien que llegó a convertirse en un icono de la ciudad. Detalles como un cierto desaseo en la práctica fubolística del futuro cura, que un día casi los llevó a los golpes. No sólo hicieron las paces, por supuesto, sino que afianzaron una amistad fundada en el amor a las letras y en su repudio al conservadurismo eclesiástico y a la cercanía entre Estado e Iglesia, así como al statu quo en general.

“Y tanto él como otros compañeros, entre ellos Luis Zavala, prometimos combatirlo desde la trinchera que pudiéramos”, continúa Jesús Casto.

Por curioso que parezca, el único en ordenarse sacerdote fue finalmente Adolfo, aunque las convicciones en común ayudaron a mantener un fuerte lazo entre el grupo de ex seminaristas.

Y fue precisamente un reportaje de Jesús Castro sobre “El Cura Rockero” que daba misa ataviado en chaqueta de cuero sobre su motocicleta, que “Gofo” comenzó a ganar notoriedad, misma que, como siempre he dicho, no era para su envanecimiento sino para ponerla al servicio de las causas en las que creyó y por las cuales luchó:

“Con el tiempo, mientras yo escribía y publicaba notas y reportajes contra la Mega Deuda de Coahuila”, recuerda Castro “él participaba en mítines y protestas ciudadanas, vestido de sacerdote y con la cara pintada”. 

De manera que ambos excompañeros seminaristas honraron su palabra de ser combativos desde sus respectivos frentes.

 “Habló siempre fuerte y sin miramientos contra la corrupción y la violación de los derechos humanos, hasta que comenzó la persecución, primero mediática (le mandaban a reporteros corruptos a preguntarle cosas para luego manipular lo que decía); luego la persecución política y finalmente la eclesial.

“‘Alguien’ ordenó a la Iglesia silenciarlo. Y entonces don Raúl Vera lo mandó fuera de Coahuila, a un encierro para curas ‘inadaptados’… Cuando volvió a Saltillo lo visité varias veces en la Casa del Sacerdote, ahí me contó que esa experiencia fue buena para él, porque tuvo guías espirituales que le hicieron ver que si dejaba el sacerdocio, entonces ganarían quienes lo mandaron ahí. Y se fortaleció. Ahí supe que Gofo jamás dejaría el ministerio, por más que lo atacaran.

“Cuando la efervescencia política amainó, lo mandaron a la parroquia del Refugio donde hizo una revolución, empoderando a los feligreses con un Consejo Parroquial que manejaba toda la administración y el dinero de las limosnas. Gofo no tocaba ni un centavo, le daban un sueldito modesto para que sobreviviera, pero todos sabíamos que tenía una vida muy austera, que comía y cenaba en casa de los feligreses y que no tenía sirvientes, sino colaboradores en la parroquia… (Gofo) decidió no cobrar por los bautizos, bodas y demás porque como siempre me lo dijo: ‘Los sacramentos no se venden’”.

         El periodista saltillense recapitula enseguida la influencia que su antiguo condiscípulo tuvo en su carrera como reportero:

“Fue Gofo quien me inspiró y ayudó a escribir el reportaje ‘El Dinero, el Pecado de la Iglesia’…. Fue Gofo quien me animó a denunciar los otros pecados en la Diócesis…  Fue Gofo quien me dijo que solo quien ama profundamente a la Iglesia puede criticar sus pecados y denunciarlos… Valoraba el papel de la mujer en la Iglesia… estaba a favor de que hubiera mujeres sacerdotes… por lo que escribí el reportaje de por qué la iglesia Católica no aprueba la ordenación de mujeres”.

Como las biografías de los santos de antaño, la de “Gofo” no estuvo exenta de algo de calvario:

“…. muy criticado, sobre todo por las beatas y beatos hipócritas de parroquia, los políticos corruptos, los curas centaveros y los reporteros chayoteros”.

Pero ni santo ni nada que se le asemejase. Lejos de eso, “Gofo” siempre se presentó como un hombre lleno de defectos y debilidades humanas, lo que cautivaba a su feligresía y lo convertía en un favorito de su círculo de amistades.

         La huella que como activista dejan “Gofo” y otros de su estatura debería sentar un precedente en Coahuila para una Iglesia realmente comprometida con las causas justas. En tanto, la despedida de quienes gozamos de su amistad se verbaliza en las palabras de Castro Gallegos:

“¡Adiós, hermano! Acá seguiremos cumpliendo la promesa y tú échanos la mano desde el Cielo. ¡Salúdanos a Padre Pantoja y al padre Pachicano! 

¡Gracias por haber existido, padre Gofo!”.


Descubre más desde Más Información

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde Más Información

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo