Castro nació el 13 de agosto, hace ahora un siglo. El cubano se convirtió en una de las personalidades más reconocidas del pasado siglo. Pero tras el personaje político y líder revolucionario había un hombre con costumbres, gustos y pasiones. El camarada Fidel era pícaro y orgulloso, además de un confeso amante del helado y del queso, y devoto de una vaca llamada Ubre Blanca
La Habana, Cuba, 15 ago (EFE).- El cubano se forjó una reputación por su ingenio y sorna. Recitó en el año 1960 uno de los discursos más extensos que se recuerdan en la Asamblea General de las Naciones Unidas, extendiéndose durante cuatro horas y veintinueve minutos, no sin antes tirar de ironía entre su público: “Vamos a hacer lo posible por ser breves […]. Vamos a hablar despacio también, para colaborar con los intérpretes”. Los oyentes no tardarían mucho en darse cuenta de que ese día llegarían tarde a casa.
Una peculiaridad menos conocida de su persona era su gran amor por los lácteos en general y los helados en particular. El líder sentía una predilección especial por este dulce tal y como recordaba su amigo cercano, el nobel colombiano Gabriel García Márquez, que afirmaba que en una ocasión Castro llegó a engullir 28 bolas de helado.
Precisamente un lácteo, en concreto un batido de chocolate, estuvo a punto de acabar con la vida del revolucionario. En 1963 la CIA ideó un plan para asesinarlo introduciendo una pastilla letal en su bebida. Escondieron la píldora en el congelador a la espera de que el verdugo tuviera la oportunidad de esconderla en el batido del mandatario, pero esta se congeló y adhirió a una de las paredes del congelador, partiéndose en dos cuando el asesino intentó despegarla.
Uno de los episodios más curiosos en la trayectoria diplomática de Castro fue propiciado por un lácteo, concretamente un queso. Tal y como recoge Robert E. Quirk en la biografía titulada “Fidel Castro”, durante una cena con el científico y diplomático francés André Voisin, el líder mandó traer un Camembert creado en Cuba, al que se refería como “mi queso”.
Castro esperaba que el francés se deshiciera en elogios hacia el Camembert cubano. Sin embargo, las palabras de Voisin no pudieron ser menos halagüeñas: “No está mal”, espetó en la cara de Castro. Pese a ello, continuó creyendo que los cubanos podrían superar a cualquier nación en cualquier ámbito.
Una última curiosidad láctea del líder cubano era su devoción por una vaca llamada Ubre Blanca. El animal se convirtió en todo un símbolo de orgullo nacional en Cuba debido a su gran producción lechera, por la que el líder se interesaba a diario y que se publicaba en medios locales.
Ubre Blanca llegó a producir casi 110 litros en un solo día a principios de 1982. Esa marca le valió un récord Guinness y la admiración de Castro, que llevaba a líderes extranjeros a visitarla. Incluso, se erigió una estatua de mármol blanco en su honor y el diario cubano Granma publicó un obituario a página completa el día de su fallecimiento.


El mito que se construye alrededor de figuras como las de Fidel Castro es incuestionable. Algunos lo recordarán por ser un líder revolucionario y un hábil guerrillero. Otros se acordarán de su imagen con un puro de la marca Cohiba entre la boca, con un cucurucho de helado entre las manos o visitando a Ubre Blanca deleitándose con una pieza de Mozart. Persona y personaje se fusionan construyendo una leyenda llena de matices.
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