Ciudad de México, 23/07/2025 (Más) — En la región que alberga el poder político y económico del país, y que en un año recibirá a miles de aficionados por el Mundial de fútbol, se vive una emergencia silenciosa: el rezago habitacional. La Ciudad de México y el Valle de México enfrentan una escasez de cinco millones de viviendas, una situación que está elevando los precios y desplazando a comunidades enteras en un fenómeno que crece al ritmo de la gentrificación.
“México arrastra un rezago habitacional de 10 millones de inmuebles a nivel nacional, y entre el 40 y 50 por ciento de ese déficit se concentra en el Valle de México”, alerta Juan David Vargas, director general de Propiedades.com. La crisis no solo es estructural, también es histórica: la construcción de viviendas nuevas se ha reducido drásticamente en los últimos 12 años, mientras que la demanda sigue creciendo, impulsada por nuevos núcleos familiares y una alta concentración de personas que desean vivir en zonas céntricas.
El déficit de vivienda ha desencadenado un proceso acelerado de gentrificación en múltiples colonias, donde los habitantes originales son desplazados por nuevos residentes con mayor poder adquisitivo, atraídos por la conectividad y el auge inmobiliario.
“La gentrificación es una consecuencia natural cuando no hay oferta suficiente”, señala Vargas. “Se transforma el comercio, cambian los habitantes, y los que vivían ahí ya no pueden pagar el costo de seguir en su barrio. Tienen que mudarse más lejos, pero tampoco encuentran dónde vivir”.
Este fenómeno ha provocado protestas en varias colonias de la capital, donde vecinos denuncian el aumento desmedido en las rentas, la venta masiva de predios a desarrolladores y la falta de regulación efectiva.
Más allá del acceso a la vivienda, el costo de habitar en la capital está rompiendo con los márgenes financieros recomendados por organismos internacionales. Según estándares, una familia no debería destinar más del 30% de sus ingresos a pagar renta o hipoteca. En la Ciudad de México, esa cifra ya supera el 38%.
“La diferencia del 8% implica recortar en alimentación, salud, entretenimiento o ahorro”, advierte Vargas. “La gente no gana más, simplemente tiene que reorganizar su gasto para pagar una vivienda que se ha vuelto inaccesible”.
Este desequilibrio entre oferta y demanda ha generado una presión constante sobre el mercado, haciendo que el valor de la vivienda, tanto en venta como en renta, continúe en ascenso. “Cuando hay muchos demandantes y poca oferta, el precio sube. Es la ley del mercado, pero con consecuencias sociales”, apunta el experto.
El gobierno federal, encabezado por Claudia Sheinbaum, ha anunciado un plan para construir un millón de viviendas durante su administración. Aunque la medida ha sido bien recibida, expertos advierten que se trata apenas de una décima parte del déficit total.
“Si solo se construye un millón de viviendas cada sexenio, el rezago se va a seguir acumulando”, afirma Vargas. “Es una propuesta ambiciosa y positiva, pero se necesitan políticas complementarias de largo plazo que permitan acelerar la producción de vivienda asequible, densificar zonas con infraestructura adecuada y frenar la especulación inmobiliaria”.
La paradoja es evidente: mientras la Ciudad de México se prepara para ser sede de un evento de talla mundial en 2026, sus habitantes enfrentan cada vez más dificultades para mantener un techo sobre sus cabezas. La crisis de vivienda es una bomba de tiempo que pone en entredicho no solo la planeación urbana, sino la justicia social en una de las ciudades más dinámicas —y desiguales— de América Latina.
Si no se atiende con políticas integrales, participación ciudadana y controles de mercado, el rezago habitacional seguirá transformando la capital en una ciudad de pocos, mientras miles de capitalinos se ven obligados a vivir cada vez más lejos del lugar que siempre llamaron hogar.
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