Mtro. Marco Campos Mena
No es un secreto, las estrategias que no funcionan siempre se vuelven más que evidentes y pese a todos los discursos, conferencias y publicaciones en redes sociales de apoyo y resistencia, los resultados son tan obvios que no hay manera de ocultarlo, y la gente se da cuenta de ello.
La mayoría de las apuestas fuertes de este gobierno no salieron mal por simples razones de las que pudimos percatarnos desde su planteamiento. Salieron mal porque nunca estuvieron diseñadas para sostenerse en el tiempo. Se diseñaron para ganar aplausos… aún que eso costaría muy caro en el futuro cercano.
El caso de Segalmex fue uno de los más sonados y no es “un desliz administrativo”. Es un esquema donde la Auditoría Superior de la Federación llegó a observar irregularidades por más de 15 mil millones de pesos. Un programa que se vendía como apoyo al campo terminó convertido en uno de los mayores escándalos de corrupción recientes. Eso es dinero que desapareció y que permanece en la impunidad total.
Luego está el Tren Maya. Más de 500 mil millones de pesos de inversión estimada. Y cuando volteas a ver la operación, encuentras trenes con ocupaciones bajas, rutas que no alcanzan la demanda proyectada y una dependencia directa de subsidios para poder operar. Es decir: no se sostiene solo, y si no se sostiene solo, no es un proyecto rentable, es un gasto permanente.
Y qué decir de la famosa megafarmacia… que iba a resolver el desabasto nacional, pero la realidad fue otra: problemas logísticos, distribución lenta, y un sistema que no puede reaccionar a la demanda en tiempo real. Centralizar sin capacidad operativa es receta para el colapso.
Y todo esto, aunque grave, es apenas la superficie, ya que el problema de fondo más grande es Pemex.
Hoy carga con una deuda superior a los 100 mil millones de dólares. Es la petrolera más endeudada del mundo. Produce menos petróleo que hace años. Y cada barril que refina, en muchos casos, genera pérdidas. Aun así, se le siguen inyectando recursos públicos de forma constante.
Y aquí es donde todo se vuelve incómodo, había opciones y no se aprovecharon en el momento correcto. Durante años se pudo haber hecho una transición gradual: incentivos para paneles solares, programas para electrificación doméstica, estímulos reales para vehículos híbridos, inversión en almacenamiento energético, incluso cambios regulatorios para reducir dependencia del gas.
En lugar de eso, se apostó a refinerías, a lo mismo de siempre, a una idea de soberanía que suena bien en discurso, pero que en números no cuadra.
Ahí está Dos Bocas. Costando mucho más de lo presupuestado originalmente, en una zona con complicaciones técnicas evidentes, y con una rentabilidad que sigue siendo una incógnita seria. Mientras tanto, se desestimaban energías limpias con argumentos que, siendo francos, no resisten un pensamiento de duda.
El gobierno está dejando de recaudar cifras enormes para mantener la gasolina “barata”. Solo por estímulos al IEPS, en años recientes se han dejado de percibir más de 300 mil millones de pesos en un solo ejercicio. Algo así como el costo de otro aeropuerto de clase mundial
.
Y ese dinero no solo desaparece, se convierte en un hueco fiscal que se compensa con deuda, con recortes… o con presión.
Por eso vemos auditorías más agresivas. Por eso vemos una necesidad constante de recaudar más. Incluso empresas extranjeras han empezado a quejarse de la forma en la que se están llevando a cabo estos procesos.
Y aquí viene la contradicción que no quieren decir en voz alta: Se necesita inversión… pero se genera desconfianza.
Si no hay certeza jurídica, si el marco legal cambia dependiendo del momento político, si el inversionista percibe que puede perder en tribunales por razones no técnicas, simplemente no entra.
Sin inversión, no hay crecimiento. Sin crecimiento, no hay recaudación sostenible. Y sin recaudación, no hay manera de sostener subsidios como el de la gasolina.
Ese subsidio es, probablemente, la bomba más delicada porque políticamente es intocable… hasta que deja de serlo por un problema financiero.
Mantener artificialmente el precio implica un costo acumulado que ya compite con niveles históricos de endeudamiento. Y no, México no tiene el tamaño económico para sostener eso indefinidamente.
En algún punto se va a tener que ajustar y la diferencia es si se hace con planeación… o en crisis… Y todo apunta a lo segundo.
Aquí está el punto que incomoda: esto no fue un accidente. Fue una cadena de decisiones. Años en los que se pudo haber preparado al país para exactamente este escenario. No era cuestión de “si iba a pasar”. Era cuestión de cuándo.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
