EL TAMAÑO DE LA HIPOCRESÍA

Por Horacio Cárdenas Zardoni

Antes se les conocía como Marías, no sin ese cierto aire despreciativo y discriminatorio que forma parte del ser de la mayoría de los mexicanos. Marías, mujeres de tipo o apariencia indígena, contraparte de los hombres a los que se denomina genéricamente como Juanes. ¡Qué bonito país!, en el que la “gente tipo bien” se refiere a los que no dan el ancho en sus muy elevados estándares de belleza, nivel de ingresos, forma de hablar, preferencias sexuales, color de piel, rasgos físicos, que si lo que nos sombra, como sociedad, son pretextos para decir que “somos diferentes”, cuando lo que queremos decir en el fondo es que nosotros somos superiores, y ellos los inferiores.

Entre paréntesis, en el glorioso Ejército Mexicano, quizá desde antes de que lo modernizara el indio yaqui Joaquín Amaro, el soldado raso siempre mereció el nombre de Juan, no porque casualmente fueran mayoría los que agarrados de leva, tuvieran ese nombre de pila, ¿pero para qué indagar más, si el levantado y el que lo da de alta en filas eran analfabetas?, pura carne de cañón con nombre genérico.

En días pasados ocurrió algo que la verdad sea dicha, se había tardado. Una jovencita, al menos nuestras barreras mentales nos decían que debía tratarse de una jovencita, fue atropellada en uno de los cruceros más importantes de la ciudad de Saltillo, el cruce de Periférico Echeverría y boulevard Venustiano Carranza. Debió tratarse de un descuido, o de una recién llegada de donde sea que se las traen… porque hemos visto que tienen una gran habilidad para desplazarse entre los coches detenidos, aunque no tanta, ni tampoco debería exigírseles que fueran duchas en hacer los eternos malabares con tres pelotas, aunque no, con vergüenza nos desdecimos, porque los otros saltimbanquis que han encontrado su modus vivendi en las calles y avenidas saltilleras, no lo hacen cargando un niño, a veces ya crecido, en un rebozo a su espalda, hacer malabares con esa impedimenta, carne de su carne, es mucho más meritorio.

Sería difícil precisar una fecha de cuándo comenzaron a aparecer en ese crucero en específico, y en otros en distintos puntos de la ciudad, pero ya tienen varios años. Estas chicas, la gran mayoría de ellas con una cara todavía bastante infantil, compartían la característica antes señalada que las hacía todavía más notorias, todas ellas iban acompañadas de un hijo o una hija. Al ser ellas de estatura baja, los niños también son pequeños, con alguna que otra excepción, que salta a la vista, se ve que el padre debió ser un tipo alto.

Pero esta misma característica, la de ser madres, era lo que nos orillaba a pensar que se trataba de mujeres no tan niñas, mínimo debían ser adolescentes, y en nuestra hipócrita decencia, no deberían de tener menos de quince años… todas estas cosas las reflexionábamos a fuerzas, mientras las veíamos lanzar las pelotas, perder alguna, correr atrás de ella, y darse el tiempo de acercarse a tres, cuatro vehículos, cuyos conductores, por lo general, les entregaban una moneda, movidos por lo mismo; lo pequeño de la talla, el cargar un hijo, lo lastimoso del espectáculo circense, y algunos otros elementos de juicio.

Pero pasó lo que eventualmente tenía que pasar, y que se había tardado, una conductora de un automóvil arrolló a una de estas chicas, al ser detenida alegó que no la vio, lo cual desde luego que puede ser cierto, aunque no justifica todo lo que ha alrededor de la cuestión. De allí nos enteramos que la niña, porque a los doce años que dijo tener, todavía es una niña, no se llama María, ni tampoco Juana, tiene el nombre de Jessica, así, con dos “s”, lo que nos da idea de que allá de donde es originaria, que no consta en la información difundida, llega la penetración de nombres que no son ni españoles ni indígenas, sino importados o pescados en alguna telenovela, tampoco la manera de escribirlo ni pronunciarlo es muy mexicana que digamos, pues que sepamos, la “J” no se pronuncia como “Ye”, pero eso es lo de menos. En estos tiempos es difícil de escaparse de esa clase de influencias y modas.

Afortunadamente no llevaba un menos de edad cargando… uno todavía más menor que ella, pues, que la tragedia hubiera sido todavía peor, pero estaba con sus hermanas, también dedicadas a pedir dinero a los conductores de carros.

Total, un incidente como se han dado tantos, aquí y en muchas ciudades del país, lo que nos llama la atención es que en este caso la Fiscalía General de Justicia del Estado informó que procedería a la investigación del hecho, presumiendo que involucra trabajo infantil, y presumiblemente, trata de personas… ahora resulta… salvo que uno vaya metido en el celular, como cada vez más ocurre, es imposible que no se haya dado cuenta algún policía, algún ministerio público, algún funcionario, el fiscal mismo, que en esa esquina de Periférico y Carranza, hay menores pidiendo dinero. Eso más bien da la impresión de oportunismo.

Ya lo de ver si eso de lanzar pelotas para arriba y cacharlas, cuenta como trabajo, es algo que excede la misión y funciones de la fiscalía, pero lo otro no, la presunción de trata de personas. Ah, porque nos enteramos según las notas de prensa, que hay una unidad encargada de investigar precisamente esas situaciones… unidad cuyos integrantes nunca vieron lo que pasaba en ese crucero tan concurrido durante muchas horas del día.

Obligados por lo ocurrido, nos vemos obligados a reconstruir una historia que nuestro desagrado colectivo nos hacía pasar por alto: en algún poblado, en alguna región de algún estado del sureste mexicano, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, debe haber una banda, o varias bandas del crimen organizado, que entre su gama de negocios tiene la de “extraer”, secuestrar, levantar, engañar, lo que usted prefiera, a niñas, más o menos de diez años de edad, una en la que se supone que todavía y por varios años más, están bajo la tutela legal de sus padres, y se las llevan, se las traen al centro y al norte, a que “trabajen” los cruceros, explotando las emociones de los conductores, que las ven chiquillas. Para darle más efectividad a la mendicidad, en algún momento las violan, sus embarazos llegan a término, y sus hijos se convierten en accesorio para hacer más generosa la donación.

¿Dónde viven, dónde pasan la noche, dónde hacen sus necesidades y atienden a sus hijos?, no es algo que la mayoría de la gente sepa, a lo mejor la autoridad lo sabe o se entera, pero de que es una operación bien montada, eso es un hecho. Cuando llegan a cierta edad, las niñas desaparecen de la escena, para ser sustituidas por otras con las mismas características ¿a dónde van a dar las otras?, no quedemos ni imaginarnos, si ya son víctimas de tratantes, lo más seguro es que lo sigan siendo… en otras actividades.

Como ha ocurrido varias veces, es probable que las retiren, para que dentro de algunos meses, regresen ellas u otras. ¿Qué va a averiguar la fiscalía, y qué va a hacer con lo que averigüe?, nada importante, entre tanto, sigamos nosotros con nuestra candorosa hipocresía, aflojando las monedas, por más que ni siquiera logren quedarse con ellas.


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