Madrid, España 28 abr (EFE).- Con motivo del Día Mundial de la Malaria, desde la ONG internacional Medicusmundi informan y alertan sobre el ascenso de la enfermedad en la actualidad y nos explican los motivos, «su granito de arena en esta jornada» y persistir en su lucha por el derecho a la salud.
«La enfermedad no solo pervive, sino que se adapta, se expande y, en los últimos años, incluso recupera terreno perdido». Pero su persistencia no responde a un fallo técnico, sino a un déficit político y ético, nos dicen desde Medicusmundi para quienes la malaria no es solo una enfermedad infecciosa.
«Es, ante todo, el síntoma persistente de una fractura global: la incapacidad de garantizar el derecho universal a la salud».
Esta enfermedad pervive, se adapta, se expande e incluso recupera terreno. Lo hace allí donde la desigualdad se cronifica y donde las promesas internacionales se diluyen entre recortes presupuestarios, conflictos y crisis climáticas, sigue explicando la organización internacional.
Un progreso que se detiene
Durante dos décadas, la comunidad internacional celebró avances sostenidos en la lucha contra la malaria. Desde el 2000, las estrategias globales evitaron aproximadamente 2,300 millones de casos y 14 millones de muertes.
Estas cifras reflejan uno de los mayores éxitos recientes de la salud pública internacional. Sin embargo, ese progreso ha dejado de ser lineal.
El Informe Mundial sobre la Malaria 2025 de la OMS confirma un cambio de tendencia preocupante.
Entre 2023 y 2024, los casos aumentaron un 3% y las muertes un 2%. Es decir, el mundo registró 282 millones de casos y 610,000 muertes en 2024, lo que supone cerca de nueve millones de infecciones más que el año anterior. No se trata de un repunte puntual.
Las tasas de mortalidad siguen lejos de los objetivos fijados por la Estrategia Técnica Global contra la Malaria 2016-2030, que aspira a reducirlas en un 90% respecto a los niveles de 2015.
Pero el retroceso no es homogéneo, sino que se concentra en regiones donde la vulnerabilidad es sistémica, explica Medicusmundi:
«África soporta el 94% de la carga mundial de malaria, y once países concentran dos tercios de los casos. Entre ellos Nigeria, Congo, Etiopía, Mozambique o Uganda donde la enfermedad se ceba especialmente con los niños: 3 de cada 4 muertes corresponden a menores de cinco años».
La OMS señala la insuficiencia de recursos financieros, las debilidades en los sistemas de vigilancia epidemiológica, la creciente resistencia a medicamentos e insecticidas, y las consecuencias de los conflictos armados como factores que explican este estancamiento. A lo que se suma una variable, el cambio climático.
El déficit financiero: la malaria del sistema
La escasez de recursos tiene efectos inmediatos y visibles. Retrasa la distribución de mosquiteros tratados con insecticida, provoca desabastecimiento de medicamentos esenciales y obliga a interrumpir campañas de prevención. En muchos países, los sistemas sanitarios ya frágiles se ven obligados a priorizar, dejando amplias zonas sin cobertura efectiva.
El impacto de los recortes se ha intensificado en los últimos años. Entre 2024 y 2025, la Ayuda Oficial al Desarrollo destinada a salud descendió un 21%, afectando de forma especialmente grave a regiones como África Oriental y el Sahel.
En Somalia, por ejemplo, el cierre de clínicas rurales tras la reducción de fondos ha provocado un aumento significativo de brotes de cólera, sarampión y malnutrición, factores que agravan la incidencia y letalidad de la malaria.
En este contexto, la financiación deja de ser un asunto técnico para convertirse en una cuestión de justicia.
«En última instancia, define quién tiene acceso a la prevención y al tratamiento, y quién queda expuesto a una enfermedad prevenible. La malaria, en este sentido, es también la enfermedad de un sistema internacional que no logra sostener sus propios compromisos» afirman desde Medicusmundi.
Esperanza científica frente a amenaza biológica
A pesar de todo, la ciencia ha dado pasos significativos. Por primera vez, el mundo dispone de dos vacunas eficaces contra la malaria: RTS,S y R21/Matrix-M. Ambas ya se han integrado en los programas nacionales de inmunización de 25 países africanos y protegen a más de 10 millones de niños cada año.
Junto a las vacunas, otras herramientas han demostrado su eficacia. Las nuevas mosquiteras con doble insecticida, diseñadas para superar la resistencia de los mosquitos, y la quimioprofilaxis estacional han contribuido a salvar millones de vidas. Estos avances confirman que la erradicación de la malaria no es una utopía científica.
Sin embargo, la biología responde. La resistencia a la artemisinina, el principal tratamiento contra el parásito, ya se ha detectado en ocho países africanos. Este fenómeno amenaza con reducir la eficacia de uno de los pilares terapéuticos más importantes.
En Uganda, estudios recientes han identificado mutaciones en el 50% de los parásitos analizados. Además, la expansión del mosquito Anopheles stephensi, una especie invasora capaz de prosperar en entornos urbanos, está complicando los esfuerzos de control en el Cuerno de África.
La OMS lo resume con una advertencia clara: la carrera entre la innovación científica y la evolución biológica se está equilibrando peligrosamente por lo que en cada retraso en la financiación o en la implementación de medidas puede traducirse en una pérdida de ventaja.
El clima como nuevo vector
El cambio climático ha dejado de ser un factor indirecto para convertirse en un actor central en la dinámica de la malaria.
Las alteraciones en los patrones de temperatura y precipitaciones están modificando la distribución geográfica de la enfermedad, extendiéndola a zonas que antes se consideraban relativamente seguras.
Inundaciones, ciclones y sequías no solo destruyen infraestructuras sanitarias, sino que generan condiciones ideales para la proliferación del mosquito y obligan a desplazamientos masivos de población.
Estas dinámicas incrementan la exposición y dificultan el acceso a servicios de prevención y tratamiento.
Un estudio publicado en la revista Nature en 2026 estima que los eventos climáticos extremos explican el 79% del aumento reciente de casos.
El mapa de la malaria ya no se define únicamente por factores biológicos, sino también por la vulnerabilidad climática. Allí donde el cambio climático golpea con más fuerza, la enfermedad encuentra nuevas oportunidades para expandirse.
La malaria como espejo ético
Más allá de las cifras, la malaria plantea una cuestión de fondo: qué valor se otorga a determinadas vidas en el sistema internacional. Su persistencia revela una jerarquía implícita, en la que las poblaciones más vulnerables quedan sistemáticamente relegadas.
El Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria advierte de que, con los niveles actuales de inversión, no solo se incumplirán los Objetivos de Desarrollo Sostenible, sino que aumentará la resistencia biológica, encareciendo aún más el control de la enfermedad.
Es un círculo vicioso: menos inversión hoy implica mayores costes —económicos y humanos— mañana. «Y, sin embargo, los avances demuestran que el cambio es posible. Desde el 2000, decenas de países han logrado eliminar la malaria. En 2024, Cabo Verde y Egipto fueron declarados libres de la enfermedad. En total, 47 países han conseguido erradicarla», dicen.
Estos éxitos evidencian que la malaria no es invencible. Lo que falta no es conocimiento, sino voluntad de extender esas condiciones a los territorios más afectados. El reto consiste en trasladar los logros a contextos marcados por la pobreza, la inestabilidad política y la vulnerabilidad climática.
La malaria, en última instancia, no persiste por la existencia del mosquito, sino por la persistencia de la desigualdad. Combatirla exige algo más que intervenciones médicas: requiere políticas sostenidas, cooperación internacional efectiva y un enfoque basado en derechos humanos.
En 2026, la malaria sigue siendo una prueba incómoda para la comunidad internacional. Mientras millones de personas sigan expuestas a una enfermedad prevenible y curable, el derecho a la salud seguirá siendo, para ellas, una promesa incumplida.
«Hay que entender que la prevención de la malaria no depende únicamente de laboratorios y vacunas, sino de las condiciones de vida de las personas», insisten desde la ONG internacional que aboga para que la sanidad llegue a todos los rincones del planeta y que fue Premio Príncipe de Asturias 1991.
Medicus Mundi Internacional (MMI) es una organización no gubernamental ong, centrada en el desarrollo de la medicina y de la promoción de la salud y de los servicios médicos en países pobres.
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