Icono del sitio Más Información

El progreso no es para los débiles

Mto. Marco Campos Mena

“Los tiempos difíciles crean hombres fuertes. Los hombres fuertes crean tiempos fáciles. Los tiempos fáciles crean hombres débiles. Y los hombres débiles crean tiempos difíciles.”

— G. Michael Hopf, escritor de ciencia ficción postapocalíptica, en su novela Those Who Remain (2016).

Hoy vivimos en esa última etapa del ciclo.

La sociedad actual está rodeada de comodidades que antes ni siquiera se soñaban. Cualquier duda se resuelve con un clic, las direcciones se obtienen sin pensar, hay servicios para resolver casi cualquier necesidad sin mover un dedo… Pero lo que parece avance, puede ser una trampa.

Vivimos tiempos placenteros creados por generaciones que sí supieron lo que era el sacrificio. Las generaciones que construyeron las instituciones, las ciudades, los servicios públicos y las infraestructuras que ahora heredamos lo hicieron enfrentando la escasez, la guerra, la pobreza, el trabajo duro. Pero hoy, cuando el entorno se suaviza, también lo hace el carácter, y la debilidad que se está cultivando no es solo física o emocional, es cognitiva y moral.

En redes sociales es evidente: hay una exposición constante de ignorancia, de falta de sentido común, de personas que exhiben con orgullo su incompetencia como si fuera una bandera de autenticidad… No es coincidencia. El entorno cómodo produce una mente perezosa y por eso, aunque resulte increíble, vemos a adolescentes que no saben usar un exprimidor de limones o que necesitan un tutorial para hacer hielos.

El conocimiento antes era esencial para sobrevivir, hoy es opcional. En el pasado, cualquier joven debía valerse por sí mismo desde una edad temprana, hoy, muchos no saben cocinar, no saben resolver un trámite, no saben llegar a un lugar sin el mapa del celular, ni usar las matemáticas sin la calculadora.

¿Te parece exagerado? Aquí algunos datos duros:

Estudios de neurociencia han comprobado que leer en papel activa más zonas del cerebro asociadas a la comprensión profunda, la memoria a largo plazo y la concentración, en comparación con la lectura en pantallas.

Un ejemplo es el estudio publicado por Anne Mangen y Jean-Luc Velay en la revista Advances in Haptics, que concluye que el formato físico implica mayor implicación sensorial y fortalece la retención cognitiva.

Estamos atrofiando la mente, lo vemos en niños que no saben calcular distancias o interpretar planos visuales básicos, porque viven atrapados en las pantallas; Adultos que no pueden sostener una conversación sin mirar el celular, universitarios que no leen ni un libro completo en toda la carrera y que carecen de las competencias mínimas para ejercer su profesión.

Y aunque la inteligencia artificial podría ser una gran herramienta, también está siendo usada para evitar pensar, para copiar respuestas, para evadir el esfuerzo… No hay crecimiento sin esfuerzo, ni progreso sin reto.

En el trabajo, muchos han olvidado lo esencial: Se le contrata para resolver problemas, no para dar excusas del por qué no se hizo algo. El profesionalismo se ha diluido entre excusas, victimismo y la famosa frase de quienes no quieren asumir su responsabilidad:

“Es que…”

A lo que el jefe serio, como debe ser, contesta con una frase breve pero poderosa:

“¿Y eso a mí qué?”

La solución, aunque difícil, es clara: superación diaria, cambiar hábitos, fijar metas, redescubrir el valor del conocimiento, del trabajo, del sacrificio.

Hoy el mundo nos empuja hacia la procrastinación, hacia el ruido, la sobreestimulación y el confort que paraliza. Si no reconfiguramos nuestra mente, si no recuperamos el pensamiento crítico y el juicio racional, estaremos condenados a ser gobernados por los peores, porque, recordemos: los pueblos con pensamiento débil eligen gobiernos débiles.

Sí, los gobiernos tienen mucha culpa y sabemos que es porque se les permitió hacer y deshacer sin que les pusieran un alto por no pensar en la sociedad… Pero también hemos visto historias inspiradoras de personas que nacen en las peores condiciones y se levantan con fuerza, disciplina y enfoque. Así que, aunque el sistema esté podrido, el proceso de progresar comienza por uno mismo si eliminamos frases como:

“No me gusta leer”,

“No me gusta madrugar”,

“No quiero trabajar”,

“No me gusta esforzarme”,

…entonces habremos dado el primer paso.

Progresar significa cambiar primero nosotros, después influir en nuestro entorno cercano, luego en nuestra comunidad… Y solo así podremos construir una sociedad lo suficientemente pensante como para elegir líderes dignos de gobernar.

Porque entonces sí, como decía Joseph de Maistre:

“Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.”

Tenemos grandes herramientas y acceso a una gran cantidad de información y oportunidades para crecer y sobre salir…Y la pregunta es: ¿Qué estamos dispuestos a hacer, dejar de hacer o incluso sacrificar para tener un verdadero progreso? Por que también es importante reconocer que todo crecimiento no necesariamente es progreso.

Salir de la versión móvil