Por Marco Campos Mena
Sesenta y nueve días. Ese fue el tiempo que Rubén Rocha Moya tardó en asomar la cabeza. Sesenta y nueve días de silencio absoluto, rotos apenas ayer con un mensaje en X donde jura que nunca se movió de su casa en Culiacán, que no tiene protección federal, que todo esto es un complot de la ultraderecha contra la Cuarta Transformación. El libreto es el mismo, lo nuevo es que cada vez le cree menos gente.
El gobernador con licencia (licencia que pidió el 1 de mayo, después de que Estados Unidos lo acusara formalmente de narcotráfico junto a otros nueve funcionarios sinaloenses) insiste en que nadie lo resguarda. La presidente lo respalda: está en su casa, está ubicable, nadie lo esconde… Y entonces una senadora del PRI publica un video de policías estatales haciendo guardia en la zona, y menciona que el operativo pasó de seis camionetas a tres. Alguien miente, o los dos están maquillando la misma verdad a su manera. Cualquiera de las dos opciones cuesta caro.
El problema nunca fue si Rocha tiene escoltas, el problema es que la explicación oficial cambia según quién la dé y según qué día se pregunte.
Primero fue el asalto en una gasolinera. Después la Fiscalía General de la República determinó que ese video era un montaje y que el verdadero crimen (el de Héctor Cuén, su rival por el control de la UAS) ocurrió horas antes, en el mismo rancho donde “El Mayo” Zambada dice que lo secuestraron para subirlo a un avión rumbo a El Paso. Ahí sí hubo sangre real, peritajes reales, una fiscal que renunció por las inconsistencias.
Lo que la Fiscalía no ha dicho, y conviene no adelantárselo, es que Rocha esté vinculado a ese homicidio. Ni siquiera lo han citado a declarar por ese caso. La sombra existe y el pueblo tiene más certezas que dudas.
Esa distinción parecería un detalle técnico, pero es justamente ahí donde se juega la credibilidad del relato oficial.
Cuando el gobierno reserva un expediente por cinco años y de pronto, el 8 de julio, anuncia que transparentará parte de él, uno no puede evitar preguntarse qué hay en la otra parte, la que sigue bajo llave. La comunicación política funciona así: lo que se calla dice tanto o más que lo que se declara, y cinco años de reserva dicen más que cualquier comunicado de la mañanera.
Estados Unidos ya pidió formalmente su detención con fines de extradición. México respondió que no hay pruebas suficientes. Puede ser cierto. También puede ser la fórmula más cómoda para ganar tiempo sin tener que decidir nada. Mientras tanto, las encuestas ya cobraron la factura: Morena pasó de 42.6% a 33.9% de preferencia en Sinaloa entre abril y junio, según La Encuesta MX, con el PRI subiendo en las cuatro casas encuestadoras que se revisaron. Ese no es un desliz menor ni una tormenta pasajera. Es el costo de sostener una narrativa que ni los propios simpatizantes logran tragar completa.
Y ahí está el otro flanco abierto, el que no ha cerrado desde julio de 2024: “El Mayo” Zambada, extraído de México en condiciones que el gobierno mexicano sigue sin poder determinar del todo, mientras insiste día tras día en que se trató de una violación a la soberanía, de un secuestro y exige su regreso (entre líneas al decir que debería ser procesado en México), alegando respeto a los tratados internacionales violados.
La pregunta que nadie contesta es simple: si la captura fue tan ilegal como dicen, ¿por qué el reclamo se sostiene en el discurso y nunca en un tribunal? Y si no es por eso, ¿entonces por qué tanta insistencia en que regrese un hombre que, se supone, ya no tiene nada que decir que no se sepa?
La consecuencia la estamos viviendo todos los días con una relación cada vez más deteriorada con nuestro vecino del norte y un T-MEC debilitado por la falta de confianza en el gobierno mexicano. Los Estados Unidos saben perfectamente y lo dicen mucho con sus acciones, que no pueden dar ese voto de confianza, en especial con el antecedente de Cienfuegos, a quien extraditaron de vuelta a México para que lo procesaran por los delitos de los que se le acusaba y terminó recibiendo reconocimiento y premio por parte del expresidente López Obrador
Lo cierto es que ninguna de las dos historias (la de Rocha y la del Mayo) se sostiene solo con comunicados y narrativas repetidas de culpar a la derecha. La política se paga con datos, y los datos reales, tarde o temprano, se abren paso, aún cuando digan que tienen otros y cuando eso ocurra, no hará falta que nadie lo anuncie con bombo y platillo, la gente ya sabrá leer entre líneas, y eso ya empezó a hacerse más común y trae consigo un alto costo político.
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