Por Horacio Cárdenas Zardoni
Desde hace mucho que hemos escuchado aquella postura que dice: todos somos necesarios, pero nadie es imprescindible. La han utilizado infinidad de empresas y dependencias gubernamentales para decirle a la gente que trabaja en ellas: qué bueno que estás aquí, pero tampoco creas que eres indispensable.
No sabemos si el creador de tan elegante frase fue algún sádico que encontró su vocación como motivador de esos que escriben libros y dan conferencias, o alguien todavía más pegado a las líneas de producción donde medía tiempos y movimientos de los trabajadores para mantenerlos en condición de percibir un salario, por necesidad de los dueños del capital, por debajo de su valor real, y además deprimidos, con la consciencia de que al día siguiente de que lo despache o se despache, ya habrá quien lo sustituya y sea todavía más servil de lo que fue él o ella, el caso es que si la hubiera patentado, todavía a estas alturas estaría cobrando regalías por cada ocasión en la que ha sido usada la expresión para desmotivar a alguien que trata de hacer las cosas lo mejor que puede, en un ambiente si no agradable, que por lo menos que no lo desprecie.
Pero esto que se ha aplicado a todo y a todos, de presidente de la república o del consejo de administración para arriba y para abajo, no es tan parejo, porque afortunadamente hay aquí y allá gente que se encarga de decir y sobre todo, de tratar de convencer de lo contrario: a lo mejor ustedes sí son prescindibles, pero nosotros, los de acá, nosotros sí somos indispensables.
Antes de decir de quien se trata, o bueno, ya quemamos la sorpresa porque está en el encabezado, queremos recordar un claridoso cartón del genial caricaturista Abel Quezada, quien se preguntaba ¿cómo se resolvían las cosas cuando no había abogados?, que ya por allá en los años setenta consideraba él, como mucha gente, más parte de los problemas que de la solución de los mismos. En la viñeta aparecían un par de monigotes con los brazos abiertos, a punto de desenfundar sus pistolas para darse de balazos, y sí, el problema del que se tratara, un asunto de faldas, de predios, una “vieja rencilla” que dicen los periódicos, un “me viste feo”, lo que fuera, se resolvía allí mismo, antes que se pusiera el sol, que por supuesto también aparecía en el cartón.
¿Era mejor el mundo sin abogados, y sin todo lo que traen estos en sus portafolios, demandas, contrademandas, amparos, recursos, escritos, y cuanta cosa más?, por lo menos era más rápido, si la disputa no había quedado zanjada allí mismo, con la casi segura consiguiente septicemia, sí. Lo que se tardaba un segundo en resolverse, ahora puede tardarse años y hasta siglos, y si no, vea que siguen saliendo resoluciones presidenciales sobre peticiones de tierra, formuladas cuando el PRI era Partido Nacional Revolucionario.
Por lo pronto déjeme decirle que en su última colaboración periodística, el académico de la Academia (¿cómo podía ser de otra manera?) Interamericana de Derechos Humanos, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado de Coahuila de Zaragoza, Luis Efrén Ríos Vega dejó las cosas prístinamente claras: “El profesional del Derecho es una garantía fundamental para el acceso a la justicia. La identificación, solución y evaluación de los problemas de vivir en un estado de derecho, requiere de personas juristas que se encarguen de hacer, de manera profesional, leyes justas y de aplicarlas e interpretarlas de manera sensible, efectiva y razonable para resolver adecuadamente los casos concretos”. Nunca mejor dicho, y nunca faltando más a la verdad, porque si algo brilla por su ausencia en nuestra sociedad mexicana, de siglos para acá, es precisamente la falta de justicia. Es escandalosa la estadística de impunidad en nuestro país, que solo encuentra explicación en las personas encargadas de lo que dice Luis Efrén y que por repelús no repetimos.
Pero sigue “La abogacía, en efecto, es imprescindible para una sociedad justa. Si una persona es acusada por un delito, requiere de un abogado para defenderla. Una víctima, igualmente, necesita asesoría adecuada para defender sus derechos fundamentales”. Si alguien quiere sentirse indispensable, superar sus complejos de inferioridad, olvidarse de que no lo quiere nadie, dedíquese a la abogacía, donde a lo que vemos según la columna del magistrado, está la solución de los problemas del universo entero.
La cosa podría quedar allí, después de todo, cada quien tiene derecho a hablar como le ha ido en la feria, y a él, le ha ido soberanamente bien de feria en la ídem. Ahora sí que si uno entra en cualquier escuela de derecho teniendo como meta llegar a ser letrado, reconocido internacionalmente e impartir justicia entre los coahuilenses por unos emolumentos monumentales, con tatuarse el retrato de Luis Efrén Ríos, ya tiene andado medio camino. Pero no, todo lo que dice el magistrado en su colaboración es con al intención de que el incauto preparatoriano, el estudiante inscrito en cualquier universidad pato, ganso, pública o privada, se acerque al único camino bueno, ¿cuál?, pues el de la licenciatura en derecho con acentuación en derechos humanos que próximamente abrirá bajo sus necios auspicios la Academia Interamericana, que pronto será conocida, según él, como la única que valga la pena no digamos en Saltillo, en Coahuila, en México, y por supuesto en la Universidad Autónoma de Coahuila, el resto de las miles de escuelas y facultades de jurisprudencia, harían mejor en cerrar, pues los efrencitos y las irenitas se llevarán de calle a todos sus egresados, pasados presentes y futuros.
Lo que le venimos preguntando a Luis Efrén desde que esta magna idea germinó en su cerebro es ¿y porqué en los dos períodos que fingió (si fingió) como director de la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC en Saltillo no buscó un cambio en el plan de estudios, una transformación en el perfil de egreso, un todo lo que ahora trae entre manos para la AIDH?, la respuesta es sencilla, a él no le interesa ni la justicia, ni la ley, ni la formación, le interesa vengarse de la unidad académica que lo echó por malos manejos.
Con tal de lograrlo es capaz de destruir la facultad de donde egresó, desequilibrar, todavía más, la universidad en la que su academia es la favorita, con un régimen muy superior al del resto de la burocracia universitaria, es capaz de enfrentar a los abogados de las distintas facultades universitarias, convirtiéndolos en enemigos, en vez de fraternos universitarios. Lo que sea con tal de saciar su ansia de venganza.
Ya para cortar el rollo y regresando a lo de lo imprescindible de la profesión ¿por qué habrá escrito William Shakespeare en u obra «Enrique VI» «Lo primero que debemos hacer es matar a todos los abogados»?, las “personas juristas” que les dice Luis Efrén tienen 300 años preguntándoselo…
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