El cine estadounidense nos ha vendido la idea de que los scouts se resumen en chapas y bandanas, herramientas y galletas. “Las preguntas más comunes que me suelen hacer es si me dan chapas por hacer fuego o si por las noches nos sentamos al fuego cantando y quemando nubes”, dice Carlos, miembro de esta centenaria organización
EFE REPORTAJES. – El origen de esta organización se remonta a 1907, un momento de lucha cuando comenzó esta historia por la paz. Robert Baden Powell, coronel del ejército británico que formó parte de la Segunda Guerra Boér (1899-1902) al ver las cualidades admirables que poseía la mayoría de adolescentes que le acompañaban en la batalla decidió, acabada la guerra, organizar el primer campamento scout que potenciara las habilidades de los chicos. Al año siguiente, publicó “Scouting for Boys”, en donde entre otras, animaba la idea de fraternidad universal con éxito.
En el inicio, fue un movimiento enfocado a la participación masculina, no obstante, tras el éxito del modelo se crearon las “Girl Guides” bajo el mandato de su hermana, Agnes Baden-Power.

CAMPAMENTO SCOUT.
Carlos es un joven de 22 años que participa en el movimiento del escultismo desde su infancia. Un día, sus ojos posaron la mirada en un punto fijo: los artefactos que sostienen los “niños grandes”: cuchillos, navajas, hachas y machetes. “Qué guay”, piensa con ansias de adelantar las agujas del tiempo y crecer para convertirse en uno de ellos. “Tardé poco en darme cuenta de que en los scouts hay mucho más que galletas y herramientas”.
Actualmente, hay 57 millones de scouts repartidos por el globo que ofrecen sus servicios de voluntariado en más de 16 millones de proyectos. Los boy scouts son una organización sin ánimo de lucro, plural y no partidista. “Ser boy scout es un estilo de vida trashumante y el deseo de construir un mundo mejor”, añade Carlos. Educación y desarrollo personal integran la misión del movimiento.
Caminata entre la profundidad de los bosques; parada, senderismo, parada. A veces el cielo teñido de claridad evoca sonrisas en los más pequeños, acompañadas de las bromas de los monitores. Otras, el sofoco de las temperaturas complica el buen humor, pero, ante todo, compañerismo. Ya sea cuando el grupo camina o bien entre paréntesis de movimiento, el compañerismo prevalece como uno de los valores inquebrantables del grupo. “El scout es amigo de todos y hermano de cualquier otro scout, es algo que compartes y te vincula”, dice Carlos.
A primera hora, los niños y jóvenes se visten con el uniforme representativo del grupo scout: polo, pantalón azul marino, calcetines grises, botas y pañoleta, de esta forma comienzan con las formaciones. En ellas, el grupo se esconde, los monitores pitan y empiezan a dar vueltas.

Posteriormente, forman un cuadrado con todas las unidades y estas cantan sus lemas. Los monitores hacen un plan del día en el que se detallan aspectos como el horario de duchas mientras los niños se despojan del uniforme. Después, un amplio repertorio de bollos, galletas, cereales y leche son la antesala de momentos felices que para algunos pasarán a ser una de sus memorias favoritas en el campamento. “Esos bollitos en forma de concha era uno de mis momentos favoritos”, alega Carlos.
Con el estómago satisfecho, a partir de las diez de la mañana empiezan las actividades. El juego en forma de yincanas orientadas a distintos objetivos se frena a las ocho, la hora de cenar. Por último, se cierra la jornada con una actividad de noche. “El año pasado, por ejemplo, propuse un trivial sobre drogas para concienciar. Al final es un tema tabú que no se suele enseñar en el colegio ni en casa”, comenta Carlos. El juego de la bandera con ambientación de superhéroes o el cine forum son también otras maneras de cumplir las metas establecidas para cada agrupación.
Una cara con matices rojos del sol descubre unas pecas que se arremolinan en la nariz de Ricky con cada sonrisa. Su pelo corto moreno está cubierto de un pañuelo rojo, que actúa de agente protector del sol y del sudor; y sus manos, inquietas juegan con el tapón de la cantimplora azul marino que sostiene entre sus piernas, dispuestas en posición de indio. “Subir, subir, subir y no bajar”, responde Ricky dirigiendo sus grandes ojos azules a los de Carlos, “eso es lo que hemos hecho hoy”, le espeta, el scout, cansado.
A continuación, una niña con el pelo en forma de molino, ojos marrones, pañoleta al cuello y gorra naranja a la cabeza coincide con Ricky y responde al monitor: “esta ruta cansa mucho”.
“Mal, horrible, hace un calor tremendo” son otros de los comentarios que azotan la actitud positiva del monitor. Sin embargo, todos esos comentarios van acompañados de sonrisas amplias y un brillo que no provocan únicamente los bloqueadores solares, sino también la ilusión en los ojos de un niño. Los más rezagados llegan entre los ánimos y aplausos de una monitora a la que avisan de que frene su emoción: “queda más gente”.
Como en el baile, el movimiento scout se divide en etapas, los niños se conocen como castores, crecen como lobatos y evolucionan como tropa, esculta y rover. Algunos alcanzan el último peldaño de la pirámide escultista convirtiéndose en scouters (monitores). Estas etapas están conformadas por franjas de edad y acorde a ellas, sus objetivos.

VALORES.
Rompiendo mitos, los scouts no son gente rara, tampoco una secta y no solo venden galletas. La mejor guía para conocer el conjunto de valores del escultismo no es otra que la Ley Scout basada en diez leyes que simbolizan abnegación, lealtad, cortesía, confianza, responsabilidad, trabajo, respeto, limpieza y amor por la naturaleza. Todo ello acompañado del sacrificio.
Hojas caídas provenientes de los árboles, matojos de hierba seca en contraste con zonas de pasto fresco, ríos con un hilo infinito de agua de una montaña imponente que les provee son algunos de los paisajes que definen las rutas de los scouts. También, hay terrenos más áridos y pedregosos y hay ocasiones en las que llueve en los momentos menos oportunos. Después de su paso por todas las etapas del grupo, Carlos siguió la evolución natural del movimiento y se convirtió en monitor. La oportunidad de tenerle como scouter significa tener un perchero personal. Mochila delante, saco a la espalda y sendero pedregoso. “Prefiero cargar yo con el peso a que los niños estén cargados en rutas que son largas y algunas un poco duras”.
También, provee de agua a falta de algún padre que se olvida que su hijo necesita más que una cantimplora de litro, ofreciendo su botella de cuatro litros a quien lo necesite.
Una vez llega al destino, reposa sudor y solidaridad y piensa: “las mandarinas es lo único que me queda”. La fuerza ya flaquea.
Amistad, refugio, valores humanos, amor por la naturaleza y habilidades de liderazgo, organización, superación y de trabajo por objetivos son principios que se lleva de los scouts, aunque es difícil elegir.
“Los scouts han forjado mi personalidad de forma total. No me podría imaginar dónde estaría ahora ni lo que estaría haciendo si no fuera por ellos”, comenta Carlos. Sus amistades más cercanas, los voluntariados realizados, su pasión por los debates, sus gustos e intereses se lo debe también a ellos. Así que sí, los scouts son mucho más que galletas.
Por Naiara Briones
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