Por Horacio Cárdenas Zardoni
Recordamos la anécdota recogida por Carlos Ramírez en su sección La política era así, que acompañaba su columna diaria. Según cuenta, alguna vez se celebró una junta entre Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, en la que discutieron cómo se iba a repartir el poder presidencial de allí en adelante, en un momento determinado le pregunta a Obregón a Calles ¿y qué hacemos con Fito?, Adolfo de la Huerta Marcor,que en ese momento era presidente, y que no entraba en los planes de la repartición, a lo que el otro respondió, no te preocupes, Fito sabe tocar el piano… Y concluye Carlos Ramírez su relación diciendo que efectivamente, Fito terminó dando clases de piano en la ciudad de Los Ángeles California, mientras los otros vivieron y murieron por el poder.
Difícil saber cuánto hay de verdad en la historia, y cuánto es licencia literaria, o periodística en este caso, pero funciona muy bien para enterarnos cómo funcionan n las cosas del poder en nuestro país, pensando además en aquella máxima, de que la realidad siempre supera la ficción.
Lo cierto es que el exilio en nuestro país, no es una figura extraña dentro del sistema político. Con diferentes nombres, y vale decir con diferentes disfraces, los presidentes en funciones han echado mano del exilio como medida, de deshacerse de sus predecesores, cuando estos comienzan a ser incómodos, por no llamarles una amenaza o un estorbo para su gobierno.
El exilio más famoso fue el de Porfirio Díaz, de hecho ahorita que lo pensamos, desconocemos que haya algún antecedente sobre alguna negociación entre el presidente Francisco I Madero, triunfador en aquella elección de 1910, y Porfirio Díaz perdedor, para que esté abandonara el país por las buenas, quizá ocurrió quizá no.
Menos famoso pero también muy significativo, el exilio de Plutarco Elías Calles porque estado por su sucesor, y supuesto hombre de todas sus confianzas Lázaro Cárdenas, que si no lo hubiera sido, simplemente no hubiera sido el candidato presidencial. Y esa es una realidad triste, dolorosa e innegable también, el de que en la mayoría de los casos, salvo el de Díaz y Madero, el sucesor le debe mucho o todo, a su antecesor, Sin embargo El ejercicio del poder manda que, haya que tomar decisiones difíciles, incluso algunas que pueden ser interpretadas como traición, a quien depositó en ellos la misión de cuidarles las espaldas, como también, Aunque menos aparente, la posibilidad de convertirse y desempeñarse como el poder tras el trono, posición de los más cómoda, pues es el que está enfrente el que se lleva las críticas y los cocolazos.
Lo mejor Claudia Sheinbaum está llegando al momento de tomar una decisión de este corte, la de verse obligada a exiliar a su mentor, al que le debe todo, el anterior presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se ha convertido en un auténtico cadillo, para usar la expresión coloquial, para su gobierno, Y quizá también para su persona.
Ya han sido muchas las ofensas, muchos los incidentes, como para pensar que se trata de casualidades o meros errores, se aprecia muy mala leche asuntos como el de la visa de Andy y su carta dirigida al presidente de Estados Unidos Donald Trump, el inesperado regreso de Rubén Rocha a la gubernatura de Sinaloa, asonadas en el congreso y en la suprema corte de justicia, que la presidenta ha tenido que sortear, pero ¿qué necesidad hay de apechugar, poner buena cara, hacerse la que tiene gripa, cuando todas esas cuestiones podrían simplemente no existir, si López Obrador no siguiera mandando tras bambalinas?
López Portillo mandó a Luis Echeverría de embajador a las Islas Fiji, no encontró sitio más lejano donde mandarlo, Ernesto Zedillo exilió en Europa a Carlos Salinas de Gortari, en fin esto del exilio no es ninguna novedad, Aunque probablemente sea la muestra de ejercicio del poder más dura que enfrenta un mandatario, es la verdadera ceremonia de pasaje, la consagración como el que manda. Si Sheinbaum exiliara a López Obrador, Los Duros de MORENA que ahorita le juegan las contras, tendrían que alinearse, o esperar un destino parecido si no lo hacen.
Sheinbaum se ha tardado, pero ni su paciencia ni su salud mental, ni el país tampoco, pueden seguir decisión indefinidamente.
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