01/10/26
Por Juan Ciudadano
Ya nos acostumbramos
El año pasado fueron asesinadas en México 27 mil 989 personas, según las cifras preliminares del INEGI. Son más de 2 mil muertos al mes, alrededor de 538 cada semana y casi 77 todos los días. Saque usted la calculadora y luego trate de dimensionar la tragedia.
Nos hemos acostumbrado de tal manera a la violencia que un asesinato múltiple permanece unas horas en los portales informativos y después desaparece desplazado por la siguiente tragedia.
Ayer una turba de izquierda entró al complejo cultural de Los Pinos y decapitó la estatua del expresidente Felipe Calderón, era un objeto, pero la imagen tiene un significado muy claro: al enemigo se le corta la cabeza.
Desde hace años buena parte del debate público mexicano se convirtió en una pelea de cantina. Los adversarios ya no se equivocan, ahora son traidores; ya no tienen una opinión diferente, son enemigos; ya no se les responde, hay que destruirlos.
Ese lenguaje no es exclusivo de un partido, aquí cada quien carga con su costal.
El problema aparece cuando millones de personas escuchan todos los días que el otro es despreciable, corrupto, traidor o enemigo del pueblo y luego pretendemos que fuera de la política todos resolvamos nuestras diferencias como caballeros.
Se normaliza la violencia desde el discurso político de todos los días, hasta que un día por la mañana nos enteramos de que dos hermanos de 18 años, exalumnos de la Secundaria General número 13 del ejido La Unión, entraron al plantel armados con machetes y artefactos explosivos improvisados, mataron a la subdirectora y lesionaron a tres personas más. Las autoridades señalaron que los jóvenes guardaban resentimiento contra la escuela.
Está claro, dos muchachos llegaron a la conclusión de que su enojo justificaba entrar a una escuela con machetes.
Vaya usted a saber qué pasó por sus cabezas, eso tendrán que investigarlo especialistas y autoridades, pero la idea de arreglar agravios mediante la violencia ya estaba ahí.
Y nosotros vivimos rodeados de mensajes similares, se festeja que golpeen al ladrón, se celebra que humillen al adversario político, se aplaude que destruyan la estatua del personaje que nos cae mal.
Luego aparecen dos jóvenes con machetes en una secundaria y todos preguntamos ¿Por qué?
Los políticos podrían empezar bajándole dos rayitas al discurso de odio. Pueden pelearse, acusarse, denunciarse y decirse hasta de qué se van a morir, así ha sido siempre la política, pero deberían recordar que sus palabras llegan mucho más lejos que el salón de sesiones.
México ya tiene suficientes muertos.
No hace falta enseñar que al enemigo también hay que cortarle la cabeza.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
