Por Enrique Abasolo
Sería escalofriante hacer el ejercicio comparativo entre el presente régimen lopezobradorista y el estado totalitario de la novela “1984” de George Orwell.
Pero a cualquiera que considere desmesurada mi analogía, lo invito a que nos reencontremos cuando realice dicho ejercicio que dejo pendiente para una mejor ocasión.
Con AMLO como la figura del Gran Hermano y la cantaleta del “yo tengo otros datos”, por Ministerio de la Verdad, anticipo que la relectura del texto de Orwell será particularmente reveladora y hasta divertida… de una manera estremecedora.
Tampoco estoy afirmando que la 4T, esa denominación que refiere al Gobierno de López, pero también a Morena y hasta a un supuesto movimiento ideológico, sea un calco del partido “Ingsoc” orwelliano, pero sí puedo decir que la orientación filosófica del Presidente apunta en esa dirección.
No creo que Orwell haya sido tan visionario como sí un buen observador de los regímenes estatistas y estatizadores, aquellos cimentados en la figura de un líder (carismático o no) que cree a pie juntillas que el Estado es el único capaz de administrar con eficiencia los recursos y -ya entrados en gastos- la narrativa social, la interpretación de la realidad, la moral y, en suma, todo el pensamiento, lo que otorga al Estado potestad plena sobre el ejercicio del poder y sobre el grado de participación que pueda tener un individuo en la toma de decisiones públicas que, sobra decir, será mínimo o inexistente.
Estoy seguro de que don Andrés se excita cuando lee o escucha relatos sobre la manera en que el camarada Putin ejerce un control casi absoluto sobre la información a la que tienen acceso los ciudadanos rusos.
Podría jurar que se frota sus partes cuando se entera que en la China de Xi Jinping, el Estado te puede caer en tu casa sin previo aviso ni orden girada para arrestarte nomás porque subiste un meme de Winnie Pooh comparándolo con el soberano.
Pero AMLO nació en el lado equivocado de la Tierra o en el hemisferio incorrecto, ya que se conformaría con ser un presidente “sudaca” de república bananera, una suerte de caudillo comandante eternizado en el poder.
Para su desgracia, estamos en lo que alguien decidió llamar “occidente” y demasiado cerca de Estados Unidos y Canadá y de sus tronchas, imperfectas y sietemesinas democracias, las que sin embargo desalientan la proliferación de dictaduras en su parcela inmediata… hasta ahora. Rogamos por que sigan conservando esta propiedad repelente.
Estaremos de acuerdo también en que habrá una brecha grande entre lo que AMLO llegue a ser y lo que le habría gustado ser, sin que ello obste para que en el recorrido dañe mucho las instituciones, la democracia, la economía y hasta la idiosincrasia de los individuos que componemos esta nación.
Uno de los rasgos más comunes de los regímenes de los dictadorzuelos socialistoides es el adjudicarse la producción, distribución y venta de bienes y servicios porque consideran que el libre mercado lo haría o lo hace de manera ineficiente. Ellos, el Estado, lo harán todo y desde luego, de una manera óptima, con mayor alcance y cobertura, con un menor costo para la población y hasta con un menor impacto para la ecología, porque el régimen en cuestión encara todas las bondades, todo el desinterés y el humanismo que le falta a las corporaciones privadas que sólo quieren hacer negocio a costa de la gente, del pueblo bueno.
Como bien sabemos, dichos sistemas productivos estatales en los que el Estado lo controla todo, desde la fabricación de lápices hasta la energía nuclear, jamás han resultado experimentos exitosos.
Y una vez más, no estoy diciendo que el régimen de AMLO sea eso; sólo afirmo que su corazón está puesto allí, en esa idea del Estado absoluto.
En “1984” Orwell habla de una cierta Ginebra de la Victoria, lo mismo que Cigarrillos de la Victoria y otros productos manufacturados por el partido gobernante, que básicamente tenía control sobre la producción de cualquier producto.
Y no pude evitar desde luego pensar en la marca Del Bienestar con la que el gobierno de la 4T se ha buscado posicionar en diferentes rubros: bancos, tandas, salud, educación superior, gas doméstico. Ninguno de los cuales lo bastante bien regulado y transparentado hasta ahora como para considerarse exitoso.
Pasa que como coahuilenses ya vimos esa película, cuando durante el sexenio del innombrable local, Humberto “El Bailador” Moreira invadió el Estado con insumos y servicios bajo la denominación de su gobierno: “De la Gente”.
Y hasta eso, lo hizo con mucho mayor eficiencia, ya que productos de la gente me tocó ver varios (lo que no significa que las adquisiciones y licitaciones estuvieran limpias o exentas de corrupción); mientras que, en la experiencia de la 4T, jamás he visto que alguien acá en el norte cocine con gas del Bienestar, por ejemplo.
Al final, luego del carnaval del reinado de Moreira Primero, sólo quedó devastación: las farmacias de la gente vacías y abandonadas, los artículos que prodigó a diestra y siniestra convertidos en basura.
Sin continuidad, sin ningún elemento que de verdad contribuyese a sacar a la gente de la marginación o le ayudase con la movilidad social, la marca De la Gente, antes omnipresente, cayó el olvido en el mejor de los casos, porque para los que tenemos memoria constituye un oprobioso recuerdo.
Y esa misma suerte correrá la denominación del Bienestar. Quizás de llegar al poder alguno de sus delfines, como la Sheinbaum o, en menor medida, el Secretario Adán Augusto, pudieran darle seguimiento a la marca con el fin de apuntalar su propia popularidad, pero aún así, en poco tiempo, el “branding” oficial de este régimen absurdo, habrá de ser sólo material de desecho para el llamado basurero de la historia, como la propia historia y la literatura nos han enseñado.
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