Razones
Jorge Fernández Menéndez
HEATHROW, GB.— Es una buena noticia que la presidenta Claudia Sheinbaum se reúna con el jefe de Estado español, el rey Felipe VI, cerrando una crisis ficticia creada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador y su esposa Beatriz Gutiérrez Müller con el país más cercano en casi todos los sentidos a nosotros y uno de nuestros más importantes socios comerciales.
Nadie comprendió la necedad, repetida en el intransitable libro Grandeza, de exigir disculpas a España por lo ocurrido hace cinco siglos durante la llegada de Hernán Cortés a lo que ahora es México, un país que, como tal, entonces no existía, como tampoco existía España.
Pero todo eso sirvió para tratar de reescribir sin éxito la historia y ajustar algunas cuentas políticas. El encono fue suficiente para que muchas empresas españolas dejaran el país, sobre todo las que habían llegado en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto y que habían invertido en muchos ámbitos, sobre todo en energía e infraestructura.
El Mundial, como ocurre tantas veces con el futbol, que puede unir o dividir mucho más que otros fenómenos sociales, ha brindado la excusa para que la presidenta Sheinbaum se pueda reunir con el monarca español. Ha dicho la mandataria que hablará con Felipe de Borbón de los pueblos originarios. Ojalá no lo haga: lo último que necesitamos es seguir pretendiendo dar clases de historia y aislándonos de los países de una Iberoamérica que nos resulta cada día más lejana. Con España hay que dar vuelta la página, hablar de objetivos comunes, que tenemos y muchos, hay que hablar de comercio, de inversiones, de turismo, de la relación con la Unión Europea, de lo que viene y aparcar el sinsentido y los rencores.
Porque, además, como hemos dicho muchas veces, nos estamos quedando solos: América Latina está girando hacia regímenes muy lejanos de la ideología lopezobradorista, y a la reciente derrota de Gustavo Petro e Iván Cepeda en Colombia, en octubre podría unirse Brasil, donde Lula está debajo del hijo de Bolsonaro en las encuestas. Venezuela y Cuba en los hechos se han rendido a las presiones de Trump y van encaminadas, les guste o no, hacia un cambio de régimen. Las relaciones con Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Ecuador son tan malas que con los tres últimos literalmente no las mantenemos. Lo mismo sucede con los países de Centroamérica, en forma notable con El Salvador.
La 4T reclama por la injerencia extranjera y en todos esos países ha tratado de intervenir política, y electoralmente y para colmo sus apuestas han sido derrotadas. En la propia España, Pedro Sánchez y el PSOE están a punto de sufrir una catástrofe con un gobierno que caerá, acosado por los casos de corrupción, desde los de Rodríguez Zapatero hasta los de la esposa de Sánchez. Dos de los principales colaboradores de Sánchez, José Luis Ábalos y Koldo García acaban de ser sentenciados, esta misma semana, a 24 y 19 años de prisión. Incluso por eso es buena la visita de Felipe VI y su encuentro con Sheinbaum, porque con el Partido Popular, que pronto terminará reemplazando al PSOE, la distancia de Morena es absoluta.
México debe reconfigurar su política exterior y su toma de decisiones políticas, porque a todo este escenario se suma otro de capital importancia: la relación con el gobierno de Trump que no cejará hasta ver que las redes de protección al crimen organizado sean desmanteladas y exista un realineamiento del gobierno de Sheinbaum en la agenda bilateral.
De eso dependerá la continuidad del T-MEC y sin él la economía nacional se derrumbará. No es catastrofismo: es un hecho. Podemos tener distintas opiniones, pero no podemos tener distintos hechos.
Un ejemplo de los costos que tienen las decisiones unilaterales y basadas en manipular las emociones, lo está viviendo en estos días Gran Bretaña, donde mientras se cumplen diez años del Brexit, que separó a este país de la Unión Europea, dimitió el primer ministro Keir Starmer, un abogado laborista de centro izquierda que había ganado las elecciones hace apenas dos años.
Es el sexto mandatario británico que debe renunciar desde el Brexit. Lo que fue presentado como una solución, la separación de los socios europeos, se ha convertido en un fracaso en términos económicos y sociales, que no ha generado ni riqueza ni inversión, tampoco un mayor control fronterizo o una reducción real de la migración ni mucho menos mayor peso e influencia internacional ni siquiera la alianza con Estados Unidos que algunos prometían.
Pero es mucho más fácil destruir que construir, es más fácil polarizar que unir y buscar consensos. Lo buscó Starmer y fracasó porque no pudo reconstruir las relaciones con Europa y con Estados Unidos ni tampoco ser determinante en la guerra de Ucrania, se quedó en todo a mitad de camino. Ahora será reemplazado por un político de nueva generación del partido laborista, el alcalde de Manchester, Andy Burnham que tiene la dificilísima tarea de impedir que un personaje populista y ultraderechista cercano a Trump, Nigel Farage (el gran impulsor del Brexit, ubicado en los extramuros de la política democrática) termine convirtiéndose en primer ministro en el futuro cercano.
Es hora de reconducir la política, la economía, la diplomacia, de reconocer errores, de cambiar perfiles, de entregar delincuentes a la justicia en lugar de protegerlos. Por lo pronto habrá que conformarse con una plática con Felipe VI.
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