Razones
Jorge Fernández Menéndez
Establecer en esta coyuntura y en estas condiciones aranceles compensatorios contra Estados Unidos, como muchos le piden a la presidenta Sheinbaum, sería un grave error que multiplicaría el daño que los propios aranceles, hasta ahora concentrados en el acero y el aluminio, le podrían hacer a la economía nacional.
No contamos con los instrumentos ni tiene sentido contraatacar con aranceles a los productos estadunidenses cuando la administración Trump no parece tener claridad alguna sobre cuál será su futura inserción comercial internacional. Y en una economía como la nuestra, con tendencias inflacionarias y casi nulo crecimiento, los aranceles recíprocos terminarían siendo un impuesto adicional para una sociedad ya castigada económicamente.
Creo que en este tema la presidenta Sheinbaum y su equipo han actuado con sensatez y están al tiempo y a los mercados para acomodar los escenarios. Hoy, Trump, al contrario de lo que hizo en su primer gobierno, no ha puesto, de inicio, la presión en sus adversarios, llámense China, Rusia o Irán (cuyas economías, por cierto, están cada vez más integradas), tampoco en los países del Pacífico con fuertes vínculos comerciales con China, como Vietnam y Malasia. O en potencias emergentes como India. Como explicaba un muy buen texto de Nicholas Mulder en Foreign Affairs de esta semana, ha puesto la presión en los aliados, en sus socios comerciales para, a partir de ellos, tratar de reestructurar sus relaciones globales. Paradójicamente, cuanto más cercano e integrado con la economía dominante (la de Estados Unidos), un país se torna más vulnerable a las demandas de ese “aliado” inestable. Los adversarios eso lo tienen ya asumido.
Tampoco es nueva, aunque lo es la irracional utilización de aranceles (que dañan a la propia economía estadunidense), la posición que ha tomado México respecto a ese tipo de amenazas. Estados Unidos utilizó distintos tipos de presión sobre sus aliados para “acomodar” el mundo global durante toda la posguerra (sigo, en parte, el texto de Foreign Affairs). En 1948 presionó con retirar el apoyo del Plan Marshall a los Países Bajos para que abandonaran la guerra contrainsurgente en Indonesia, porque consideraban que ese país, declarada su independencia, podría ser un aliado en la Guerra Fría. Los Países Bajos concedieron en apenas un año la independencia a Indonesia y cuando ésta estuvo a punto de ingresar a la órbita soviética no tuvieron problema en apoyar una represión terrible, mucho peor que la que habían ejercido los holandeses.
Años después, en 1956, amenazaron con quitar la ayuda de postguerra a Gran Bretaña, Francia y el naciente estado de Israel si no se retiraban del canal de Suez y lo dejaban en control de Egipto, porque, a su vez, Estados Unidos quería liberar ese estratégico paso comercial en su beneficio. La amenaza logró que los tres países se retiraran de Suez en unas pocas semanas y Gran Bretaña asumió esa derrota, una de las mayores de su historia (comprendió que ya no era una potencia), para salvar su economía.
En 1970, cuando Corea del Sur comenzó a intentar construir armas atómicas propias, las amenazas económicas estadunidenses disuadieron a ese país, todavía gobernado por un régimen autoritario y enfrentado en forma crucial con la absolutista Corea del Norte (que sí desarrollaba armas nucleares con apoyo chino y soviético), de abandonar ese intento. En retribución, el apoyo económico posterior detonó la economía de Corea del Sur con un crecimiento sin precedentes.
En los 80, Ronald Reagan usó presiones económicas y arancelarias para evitar lo que llamaban entonces “la invasión comercial japonesa” en el país. Japón no tomó represalias, buscó y logró acuerdos, incluso políticos y militares, que lograron reequilibrar la relación comercial y las sociedades empresariales.
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